Comentario
Salmo IX de Quevedo
Titulado «Salmo IX», este poema moral de Francisco de Quevedo pertenece a su serie de salmos, composiciones religiosas y filosóficas donde el autor del Barroco español aborda los temas fundamentales de la existencia humana. El tema central es la fugacidad de la vida y la inevitabilidad de la muerte, presentados desde una perspectiva moral que combina el desengaño barroco con elementos del pensamiento estoico cristiano. El tono es grave y meditativo, con momentos de vehemencia que subrayan la urgencia del mensaje: la necesidad de vivir con conciencia de la propia mortalidad.
El poema se abre con una mirada retrospectiva: «Cuando me vuelvo atrás a ver los años / que han nevado la edad florida mía». La metáfora de la nieve para describir el paso del tiempo es extraordinaria: así como la nieve cubre y blanquea el paisaje, los años han cubierto de canas la juventud («edad florida») del poeta. Esta imagen visual del envejecimiento se complementa con la referencia a «las redes, los engaños» de los que el poeta logró escapar, probablemente alusiones a los peligros morales de la juventud: ambiciones vanas, pasiones desordenadas, ilusiones mundanas. El poeta confiesa que ahora se alegra más de haber salido de esas trampas que lo que en su momento le pesó sufrirlas, sugiriendo que el dolor fue pedagógico, un maestro que enseña verdades que la juventud ignorante no puede comprender.
Los versos siguientes presentan una serie de sentencias sobre la naturaleza del tiempo y la muerte: «Pasa veloz del mundo la figura, / y la muerte los pasos apresura; / la vida fugitiva nunca para, / ni el Tiempo vuelve atrás la anciana cara». Aquí Quevedo acumula afirmaciones que subrayan la irreversibilidad del tiempo. La «figura del mundo» (la apariencia, lo transitorio) pasa velozmente; la muerte acelera constantemente sus pasos acercándose a cada instante; la vida huye sin detenerse jamás; y el Tiempo, personificado como un anciano, no puede volver su rostro hacia atrás, es decir, no puede revertir su curso. Esta acumulación de imágenes crea un efecto de urgencia y fatalidad inevitable.
El poema introduce entonces la metáfora de la vida como jornada: «A llanto nace el hombre, y entre tanto / nace con el llanto / y todas las miserias una a una, / y sin saberlo empieza la jornada / desde la primer cuna / a la postrera cama rehusada». El ser humano nace llorando, y con ese llanto nacen también todas sus miserias. Sin darse cuenta, comienza un viaje («jornada») que va «desde la primer cuna» (el nacimiento) «a la postrera cama rehusada» (la tumba, el lecho de muerte que nadie desea). Esta imagen de la vida como camino entre dos lechos, uno de inicio y otro de fin, era común en la literatura moral del Barroco, pero Quevedo la intensifica con el detalle de que la «jornada» comienza «sin saberlo», es decir, el ser humano empieza a morir desde que nace sin tener conciencia de ello.
Los versos «y las más veces, ¡oh, terrible caso!, / suele juntarlo todo un breve paso / y el necio que imagina que empezaba / el camino, le acaba» introducen la idea de la muerte repentina. Con frecuencia («las más veces»), un solo paso breve basta para recorrer toda la distancia entre el nacimiento y la muerte. El «necio» (el insensato, el ignorante) cree que está apenas comenzando el camino de la vida cuando en realidad lo está terminando. Esta necedad consiste en vivir como si se fuera inmortal, en no comprender que cada momento podría ser el último. Quevedo llama «terrible caso» a esta situación común donde la muerte sorprende al desprevenido.
El poema entonces establece una distinción entre dos actitudes ante la vida: la del necio y la del sabio. «¡Dichoso el que dispuesto ya a pasalle, / le empieza a andar con miedo de acaballe!» declara feliz («dichoso») al que camina el camino de la vida ya preparado para atravesarlo completamente («pasalle») y que lo recorre «con miedo de acaballe», es decir, con conciencia constante de la muerte. Este «miedo» no es cobardía sino prudencia existencial, la actitud del que vive sabiendo que cada día podría ser el último y por tanto no desperdicia el tiempo en vanidades. Por el contrario, «Sólo el necio mancebo, / que corona de flores la cabeza, / es el que solo empieza / siempre a vivir de nuevo». El joven insensato («necio mancebo») que se corona de flores —símbolo de placer, juventud y despreocupación— es el que siempre cree estar comenzando a vivir, el que vive en un perpetuo presente sin aprender de la experiencia ni prepararse para el fin inevitable.
El poema concluye con una última bienaventuranza paradójica: «¡Dichoso aquel que vive de tal suerte / que él sale a recibir su misma muerte!». Feliz es quien vive de tal manera que cuando llega la muerte no lo sorprende desprevenido sino que él mismo «sale a recibirla», es decir, la enfrenta conscientemente, preparado espiritualmente y moralmente. Esta imagen de salir al encuentro de la propia muerte sugiere una vida vivida con tal rectitud y conciencia que la muerte no es enemiga sino culminación natural, casi bienvenida. Esta idea conecta con la tradición estoica cristiana que veía en la preparación para la muerte (memento mori, «recuerda que morirás») el fundamento de una vida virtuosa.
El «Salmo IX» pertenece a la vertiente moral y religiosa de la poesía quevedesca, donde el autor combina la filosofía estoica con la doctrina cristiana para construir una ética de la vida consciente de la muerte. A diferencia de sus poemas satíricos o amorosos, donde Quevedo puede ser mordaz o apasionado, aquí adopta el tono grave del moralista que medita sobre las verdades fundamentales de la condición humana. El poema desarrolla dos tópicos clásicos del Barroco: el tempus fugit (el tiempo huye) y el memento mori (recuerda que morirás), presentándolos no como mera descripción pesimista sino como fundamento de una ética de la prudencia existencial. La estructura del poema, que alterna descripciones de la fugacidad con exhortaciones morales, crea un ritmo que refuerza el mensaje: la meditación sobre la muerte no debe llevar a la desesperación sino a la sabiduría práctica de vivir cada día como si fuera el último, preparado siempre para el encuentro definitivo.
Audio: Víctor Villoria
Salmo IX de Quevedo
Cuando me vuelvo atrás a ver los años
que han nevado la edad florida mía;
cuando miro las redes, los engaños
donde me vi algún día,
más me alegro de verme fuera dellos
que un tiempo me pesó de padecellos.
Pasa Veloz del mundo la figura,
y la muerte los pasos apresura;
la vida fugitiva nunca para,
ni el Tiempo vuelve atrás la anciana cara.
A llanto nace el hombre, y entre tanto
nace con el llanto
y todas las miserias una a una,
y sin saberlo empieza la Jornada
desde la primer cuna
a la postrera cama rehusada;
y las más veces, ¡oh, terrible caso!,
suele juntarlo todo un breve paso
y el necio que imagina que empezaba
el camino, le acaba.
¡Dichoso el que dispuesto ya a pasalle,
le empieza a andar con miedo de acaballe!
Sólo el necio mancebo,
que corona de flores la cabeza,
es el que solo empieza
siempre a vivir de nuevo.
¡Dichoso aquel que Vive de tal suerte
que él sale a recibir su misma muerte!
Francisco de Quevedo, Heráclito cristiano
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Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.
Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!
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