Comentario
Soneto de la dulce queja de Lorca
En el «Soneto de la dulce queja», se despliega una voz poética que abraza la angustia del amor vulnerable. El poema, integrado en la colección de Sonetos del amor oscuro (1924-1936), representa uno de los momentos más íntimos y paradójicos de la creación lorquiana: la expresión velada de un deseo apasionado que oscila entre la admiración y el sufrimiento. Aunque Lorca pertenece a la Generación del 27, movimiento literario que caracterizó a la lírica española del siglo XX por su búsqueda del equilibrio entre la tradición y la vanguardia, este poema en particular demuestra cómo el granadino superó las fórmulas generacionales para crear un lenguaje propio, no exento de ternura.
El tema principal del soneto gira en torno a la posesión amorosa y su amenaza de pérdida. El sujeto lírico expresa reiteradamente miedo y pena: «Tengo miedo a perder» y «Tengo pena de ser». Esta acumulación de sentimientos no es casual, sino que constituye el nervio temático del poema. La voz poética se debate entre la maravilla de lo amado y la conciencia de su propia insuficiencia para retenerlo. No se trata de un lamento romántico convencional, sino de una introspección que descentra el yo lírico, colocándolo en una posición subordinada respecto a «tus ojos de estatua». Esta inversión de poderes es fundamental: quien debería ser el sujeto activo del amor se descubre a sí mismo como dependiente, casi vasallo de la belleza ajena. El tono resultante es confesional, íntimo, con momentos que revelan la imposibilidad de la correspondencia.
Las claves de lectura simbólica del poema están tejidas con especial densidad en sus imágenes naturales. Los «ojos de estatua» del amado no son descritos en términos de humanidad sino de materialidad pétrea: la estatua es objeto inerte, bella pero inasequible, eterna pero también carente de vida. Este oxímoron —belleza sin alma, perfección sin respuesta— establece el antagonismo central del poema. La «rosa de tu aliento» combina la fragilidad floral con la vitalidad del soplo vital, pero introducida en la soledad nocturna («de noche»), sugiere la fugacidad de todo encuentro. Estas imágenes naturales participan de una tradición que se remonta a la poesía petrarquista, donde los clásicos del Renacimiento español —especialmente Garcilaso— ofrecían modelos de sublimación amorosa mediante la naturaleza.
El segundo cuarteto introduce una mutación simbólica crucial. El sujeto lírico se ve a sí mismo como «tronco sin ramas», despojado, estéril. La imagen del árbol desgajado refuerza la sensación de estar incompleto sin el amado. Después el simbolismo se radicaliza: «no tener la flor, pulpa o arcilla, para el gusano de mi sufrimiento». El gusano, criatura asociada a la putrefacción y la muerte, deviene aquí metáfora del dolor que consume internamente. Lo singular es que Lorca no otorga al gusano entidad externa, sino que lo nombra como propio de sí mismo: es «el gusano de mi sufrimiento». Esta apropiación convierte la degradación en una especificidad identitaria del yo lírico.
La estructura jerárquica del poder amoroso alcanza su expresión más explícita en los tercetos. Las series —«eres el tesoro oculto mío, / si eres mi cruz y mi dolor mojado, / si soy el perro de tu señorío»— acumulan posiciones de subordinación que intensifican el efecto de la confesión. El paralelismo sintáctico subraya la obsesión, y la repetición de «si» genera una atmósfera de condicionalidad donde todo depende de la voluntad ajena. La última imagen, «el perro de tu señorío», introduce una relación de vasallaje explícita: el amante es un animal doméstico, leal e incondicional, cuya existencia se define por su sumisión a otro. Este posición de sumisión deliberada no es ausencia de dignidad sino, paradójicamente, forma de dignificación del sufrimiento.
Asimismo, la repetición obsesiva de construcciones gramaticales y léxicas articula una coherencia temática que excede lo meramente formal. El verso «Tengo miedo» y «Tengo pena» se refuerzan mutuamente, creando una resonancia emocional que actúa como eje del poema. Este procedimiento, común en Lorca, particularmente visible en sus obras de temática amorosa y erótica, busca materializar mediante el lenguaje la intensidad del sentimiento. No es ornamentación sino construcción fundamental del sentido: la repetición es el ritmo del sufrimiento mismo, su pulsación interna.
El verso final —«con hojas de mi otoño enajenado»— ofrece una conclusión que transforma la lógica del poema. Si en las estrofas anteriores el sujeto lírico se presenta como carente, ahora posee algo valioso: el otoño propio. Las hojas caídas, signo de decadencia y vejez, devienen ofrenda. El otoño es, además, símbolo de la madurez erótica en la tradición poética española, especialmente en la obra de Lorca. La palabra «enajenado», con su doble sentido de «desposeído» y «loco», resume la paradoja central: quien ha perdido su plenitud ofrece desde la privación. La preposición «con», que cierra el soneto, nunca resuelve sintácticamente: ¿con qué decora las aguas? La ambigüedad final mantiene abierta la herida, impidiendo cualquier cierre consolador.
Los Sonetos del amor oscuro han sido frecuentemente analizados en relación con la influencia de poetas clásicos como San Juan de la Cruz, cuyos versos místicos Lorca transmutó en registro erótico. Sin embargo, este soneto en particular dialoga también con una tradición de poesía erótica que reconoce la vulnerabilidad como marca de autenticidad. La «dulce queja» del título sugiere que el dolor mismo es un objeto de deleite. Esto vincula el poema con ciertos procedimientos del Surrealismo, que Lorca asimiló en sus obras tardías, donde la contradicción lógica y el flujo del deseo inconsciente se despliegan sin necesidad de coherencia racional. El soneto, forma heredada del Renacimiento, se convierte así en recipiente para una modernidad que desestructura los significados convencionales.
Lejos de ser un documento autobiográfico, que podría sin duda serlo, el poema construye un sujeto lírico universal en su particular degradación: aquel que ama sin poder poseer, que ofrece desde la ausencia, que encuentra en el sufrimiento su única verdad posible.
Audio: Víctor Villoria
Tengo miedo a perder la maravilla
de tus ojos de estatua y el acento
que de noche me pone en la mejilla
la solitaria rosa de tu aliento.
Tengo pena de ser en esta orilla
tronco sin ramas; y lo que más siento
es no tener la flor, pulpa o arcilla,
para el gusano de mi sufrimiento.
Si tú eres el tesoro oculto mío,
si eres mi cruz y mi dolor mojado,
si soy el perro de tu señorío,
no me dejes perder lo que he ganado
y decora las aguas de tu río
con hojas de mi otoño enajenado.
Federico García Lorca, Sonetos del amor oscuro (1924-36)
Te gustará también
Autor
-
Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.
Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!
Ver todas las entradas










