Comentario
A Dafne huyendo de Apolo de Quevedo
La parodia mitológica constituye uno de los terrenos más fértiles y desafiantes de la poesía barroca española. En este soneto, Francisco de Quevedo toma el célebre mito clásico de Apolo y Dafne, narrado magistralmente por Ovidio en las Metamorfosis y recreado con delicada melancolía por Garcilaso de la Vega en su Soneto XIII, para someterlo a una transformación radical que convierte la tragedia amorosa en una descarnada sátira social. Mientras el relato original presenta la persecución de la ninfa Dafne por el dios Apolo como una historia de amor imposible que culmina en la metamorfosis de ella en laurel, Quevedo despoja a los personajes divinos de toda su grandeza y los arrastra al lodazal de la sociedad más prosaica y corrupta de su tiempo.
El tema central del poema es la desmitificación paródica del amor cortés y la crítica mordaz a las relaciones venales que caracterizaban la sociedad del Barroco español. Quevedo convierte la célebre persecución divina en un encuentro entre un cliente y una prostituta, donde el dinero se convierte en el verdadero protagonista. El tono del soneto es inequívocamente burlesco y satírico, plagado de un humor corrosivo que no escatima en recursos del conceptismo más característico del autor: metáforas degradantes, juegos de palabras ingeniosos, antítesis hirientes y un lenguaje deliberadamente prosaico que contrasta violentamente con la nobleza del tema mitológico.
La clave de lectura fundamental reside en comprender que Quevedo opera mediante una doble degradación: por un lado, rebaja a Apolo de su condición de dios luminoso de las artes y la belleza a una sucesión de oficios vulgares y mercantiles. Le llama «alquimista» (aquel que pretendía convertir metales viles en oro, asociado aquí con el sol pero también con la charlatanería), «buhonero» (vendedor ambulante de baratijas) y le atribuye una tacañería vergonzosa al señalar que «su aljaba suena, está su bolsa muda». Esta expresión, de una agudeza conceptista magistral, juega con el contraste entre el ruido de las flechas (símbolo tradicional del dios del amor) y el silencio de la bolsa vacía, sugiriendo que Apolo no está dispuesto a pagar por los favores de Dafne. Por otro lado, degrada a Dafne presentándola como una mujer que huye de la luz (la llama «murciégalo», animal nocturno asociado con la oscuridad y lo siniestro) y que finalmente se transforma en laurel no por una intervención divina salvadora, sino como una estratagema para protegerse de las «tretas» del perseguidor tacaño.
Resulta particularmente significativa la estructura narrativa del poema. Los dos cuartetos y el primer terceto adoptan la forma de un discurso directo que el propio poeta dirige a Dafne, advirtiéndole de las intenciones y miserias de su perseguidor. Esta estrategia permite a Quevedo insertarse como personaje en el mito mismo, convirtiéndose en testigo y comentarista burlón de la escena. Solo en el último terceto el poeta recupera la voz narrativa para describir el desenlace: la transformación de Dafne en laurel y la consecuente frustración de Apolo, expresada mediante un juego verbal brillante y corrosivo. La frase «en escabeche, el Sol se quedó a escuras» concentra toda la potencia del ingenio quevedesco. El «escabeche» alude simultáneamente a la preparación culinaria que utiliza hojas de laurel y al tinte oscuro de dicha conserva, generando así una imagen grotesca donde el luminoso dios solar queda literalmente sumido en la oscuridad, tanto física como metafórica, al no conseguir su objetivo.
El soneto se inscribe plenamente en la corriente del conceptismo barroco, caracterizada por la condensación de múltiples significados en expresiones breves y por el uso sistemático de figuras retóricas que apelan a la inteligencia del lector. La metáfora continuada que identifica elementos astrológicos y mitológicos con realidades sórdidas («buhonero de signos y planetas», «cargado de bochornos y cometas») ejemplifica perfectamente este procedimiento. El término «bochornos», por ejemplo, funciona en varios niveles: designa el calor sofocante asociado al sol, pero también alude a la vergüenza y el ridículo que sufre Apolo. Las antítesis abundan: luz/oscuridad, sonido/silencio, divinidad/vulgaridad. La elipsis y el zeugma, recursos predilectos del conceptismo, permiten una expresión concentrada y sentenciosa que obliga al lector a completar los significados implícitos.
Más allá del virtuosismo formal, este soneto encierra una crítica social punzante. Quevedo, escritor profundamente inmerso en las contradicciones de su época, utiliza la parodia mitológica como vehículo para censurar la corrupción de valores, la venalidad de las relaciones humanas y la hipocresía de una sociedad que mantenía las apariencias de grandeza imperial mientras se hundía en la decadencia. La conversión de los dioses olímpicos en personajes mezquinos y ridículos refleja el desengaño barroco, esa conciencia aguda de que las apariencias engañan y de que bajo la superficie dorada de la mitología clásica (tan venerada en el Renacimiento) se esconden las mismas miserias humanas que en cualquier callejón madrileño del siglo XVII.
La intertextualidad es otro elemento clave. Quevedo dialoga simultáneamente con Ovidio y con Garcilaso de la Vega, pero su aproximación es radicalmente opuesta. Donde Garcilaso veía una ocasión para la introspección melancólica y la expresión del dolor amoroso del poeta mismo (identificándose con el sufrimiento de Apolo por un amor inalcanzable), Quevedo ve una oportunidad para el escarnio y la risa. Esta operación de desmitificación no implica necesariamente un rechazo de la cultura clásica, sino más bien una demostración de dominio y libertad creativa: Quevedo conoce perfectamente las fuentes que parodia y precisamente ese conocimiento profundo le permite subvertirlas con mayor eficacia. La degradación burlesca de los mitos constituía, en el Barroco, un género literario en sí mismo, con sus propias convenciones y su público entendido.
En definitiva, este soneto representa una de las manifestaciones más logradas del genio satírico-burlesco de Quevedo. Bajo la apariencia de un simple juego literario, se esconde una visión profundamente crítica de la realidad social y una reflexión sobre la naturaleza engañosa de las apariencias.
Audio: Víctor Villoria
A Dafne huyendo de Apolo
«Tras vos un alquimista va corriendo,
Dafne, que llaman Sol, ¿y vos tan cruda?
Vos os volvéis murciégalo sin duda,
pues vais del Sol y de la luz huyendo.
Él os quiere gozar, a lo que entiendo,
si os coge en esta selva tosca y ruda:
su aljaba suena, está su bolsa muda;
el perro, pues no ladra, está muriendo.
Buhonero de signos y planetas,
viene haciendo ademanes y figuras,
cargado de bochornos y cometas».
Esto la dije; y en cortezas duras
de laurel se ingirió contra sus tretas,
y, en escabeche, el Sol se quedó a escuras.
Francisco de Quevedo, El Parnaso español, 1648
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Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.
Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!
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