Ciego que apuntas y atinas de Góngora

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By Víctor Villoria

Ciego que apuntas y atinas de Góngora

Esta letrilla de Luis de Góngora, compuesta hacia 1580 cuando el poeta contaba apenas diecinueve años, constituye una de las más tempranas y brillantes manifestaciones del desengaño amoroso en la poesía española del Barroco. La composición desarrolla el tema de la liberación del yugo amoroso mediante una originalísima personificación de Cupido como tirano al que el yo poético dirige una súplica desesperada de paz. El poema anticipa ya, con extraordinaria precocidad, las claves temáticas que definirán la sensibilidad barroca: el desengaño existencial, la percepción del amor como esclavitud y la conciencia del tiempo perdido como pérdida irrecuperable. Esta letrilla se convertirá en una de las composiciones más populares del autor cordobés, alcanzando nueva vida en el siglo XX gracias a la musicalizacion de Paco Ibáñez.

El tema principal del poema gira en torno al desengaño amoroso desarrollado mediante una brillante prosopopeya que convierte al dios Cupido en protagonista de un diálogo dramático con el yo poético. Góngora construye su alegato contra el amor partiendo de las características tradicionales del dios romano: su ceguera (que simboliza la irracionalidad de la pasión), su condición de niño (que representa la inmadurez del sentimiento amoroso), su naturaleza alada (que expresa la inconstancia) y su carácter armado (que alude a la violencia inherente a la experiencia amorosa). La paradoja central del poema reside en presentar a Cupido como «ciego que apuntas y atinas», expresión que condensa la contradicción fundamental del amor: su capacidad para herir certeramente a pesar de su naturaleza irracional. El estribillo «Déjame en paz, Amor tirano» funciona como lamento obsesivo que estructura toda la composición y expresa la desesperación de quien se siente esclavizado por una pasión que ya no desea experimentar.

El tono del poema resulta amargamente desengañado, caracterizado por esa mezcla de dolor y sarcasmo que permitirá al poeta transformar el sufrimiento personal en materia de reflexión estética. La acumulación de reproches dirigidos contra Cupido crea un efecto de catarsis liberadora que convierte la queja en instrumento de conocimiento. Las preguntas retóricas de la tercera estrofa («¿qué buena guía / podéis de un ciego sacar?») introducen una dimensión intelectual que transforma la elegía amorosa en ejercicio de lucidez crítica. El poeta no se presenta como víctima patética sino como observador lúcido que ha comprendido la naturaleza engañosa de la experiencia amorosa. Esta actitud prefigura ya la postura barroca ante la vida como escuela de desengaño donde el sufrimiento se convierte en fuente de sabiduría.

La estructura de la letrilla sigue el esquema tradicional de estrofas de ocho versos octosílabos con rima asonante que se alternan con el estribillo de vuelta, forma métrica que permite la combinación de registro narrativo y lírico. Las cinco estrofas desarrollan una progresión argumental que va de la caracterización del dios (primera estrofa) hasta la descripción de las consecuencias devastadoras del amor (última estrofa), pasando por el balance de pérdidas (cuarta estrofa) y la advertencia a otros enamorados (tercera estrofa). Esta arquitectura cíclica, reforzada por la repetición del estribillo, crea un efecto de lamento obsesivo que reproduce musicalmente la naturaleza repetitiva y torturante de la pasión amorosa. La metáfora militar que presenta al amor como «forajido capitán» cuyos soldados siguen «inquietas banderas» conecta con la tradición del amor cortés, pero invierte su sentido al presentar el servicio amoroso como experiencia degradante.

Desde el punto de vista estilístico, la letrilla exhibe una perfecta síntesis entre sencillez formal y complejidad conceptual. El lenguaje mantiene la transparencia del registro popular sin renunciar a la densidad metafórica característica del arte gongorino. La imagen del poeta como «labrador de Amor» que «aré un alterado mar, / sembré una estéril arena, / cogí vergüenza y afán» constituye una de las metáforas más logradas de toda la poesía amorosa española: el trabajo agrícola simboliza el esfuerzo invertido en la conquista amorosa, mientras que la esterilidad del mar y la arena representa la imposibilidad de obtener frutos de un terreno inadecuado. La referencia bíblica a la Torre de Babel («mayor que la de Nembrot / y de confusión igual») eleva el fracaso amoroso personal a categoría universal: como los constructores bíblicos que quisieron alcanzar el cielo, el enamorado ha edificado castillos en el aire que se desploman por su propia desmesura.

La originalidad de la letrilla reside en su capacidad para transformar la tradición petrarquista desde una perspectiva genuinamente española que anticipa las claves del Barroco. Mientras la poesía amorosa renacentista idealizaba el sufrimiento como prueba de nobleza espiritual, Góngora introduce una visión crítica que desnuda la naturaleza ilusoria de la experiencia amorosa. La serie final de antítesis («gloria llamaba a la pena, / a la cárcel, libertad, / miel dulce al amargo acíbar, / principio al fin, bien al mal») resume magistralmente la inversión de valores característica del amor: todo en él es engaño, confusión de contrarios que impide el juicio recto. Esta letrilla se convierte así en una de las primeras manifestaciones de la literatura del desengaño que definirá la sensibilidad barroca, pero lo hace desde una perspectiva que, lejos del patetismo, opta por la lucidez intelectual como forma de liberación existencial y creación artística.

Ciego que apuntas y atinas,
caduco dios, y rapaz,
vendado que me has vendido
y niño mayor de edad:
por el alma de tu madre,
que murió, siendo inmortal,
de envidia de mi señora,
que no me persigas más.
Déjame en paz, Amor tirano,
déjame en paz.

Baste el tiempo mal gastado
que he seguido, a mi pesar,
tus inquïetas banderas,
forajido capitán;
perdóname, Amor, aquí,
pues yo te perdono allá,
cuatro escudos de paciencia,
diez de ventaja en amar.
Déjame en paz, Amor tirano,
déjame en paz.

Amadores desdichados,
que seguís milicia tal,
decidme, ¿qué buena guía
podéis de un ciego sacar?
De un pájaro, ¿qué firmeza?
¿Qué esperanza, de un rapaz?
¿Qué galardón, de un desnudo?
De un tirano, ¿qué piedad?
Déjame en paz, Amor tirano,
déjame en paz.

Diez años desperdicié,
los mejores de mi edad,
en ser labrador de Amor
a costa de mi caudal;
como aré y sembré, cogí:
aré un alterado mar,
sembré una estéril arena,
cogí vergüenza y afán.
Déjame en paz, Amor tirano,
déjame en paz.

Una torre fabriqué,
del viento en la raridad,
mayor que la de Nembrot
y de confusión igual;
gloria llamaba a la pena,
a la cárcel, libertad,
miel dulce al amargo acíbar,
principio al fin, bien al mal.
Déjame en paz, Amor tirano,
déjame en paz.

Autor

  • Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.

    Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!

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