Intelijencia de Juan Ramón Jiménez

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By Víctor Villoria

Intelijencia de Juan Ramón Jiménez

La obra de Juan Ramón Jiménez constituye uno de los momentos más luminosos de la poesía española contemporánea, especialmente a través de su búsqueda incesante de una expresión lírica depurada y esencial. En Eternidades, poemario publicado en 1917, el poeta andaluz presenta una reflexión profunda sobre la naturaleza del lenguaje poético y su poder transformador. Este breve texto que nos ocupa, titulado «Intelijencia, dame», sintetiza de manera ejemplar una de las obsesiones fundamentales de la poesía juanramoniana: la conquista de la palabra exacta, ese vocablo perfecto capaz de designar las cosas no como mero ejercicio nominal, sino como un acto de recreación íntima a través del cual la realidad se rehace en la conciencia del poeta.

El poema constituye un diálogo apasionado entre el poeta y su propia capacidad cognoscitiva, personificada en la «Intelijencia». Esta invocación no es meramente retórica; implica una confabulación entre la razón y la sensibilidad, entre el pensamiento lúcido y la experiencia poética. Juan Ramón no suplica caprichosamente por el nombre de las cosas, sino que reconoce en esa nominación exacta un acto de creación fundamental. Cuando afirma que su palabra sea «la cosa misma, / creada por mi alma nuevamente», está formulando una poética de la esencialidad característica del novecentismo español, movimiento que privilegia el rigor formal y la depuración estilística frente a los excesos ornamentales del modernismo anterior. No se trata, con todo, de un rechazo radical a la herencia modernista, sino de una evolución natural hacia formas más severas y concentradas.

La estructura del poema revela una arquitectura cuidadosamente pensada, basada en la repetición como mecanismo fundamental de intensificación lírica. Los primeros versos plantean la petición inicial: «Inteligencia, dame / el nombre esacto de las cosas». A continuación, se despliegan dos estrofas casi idénticas que comienzan con la fórmula «Que por mí vayan todos», dirigida a distintos tipos de sujetos: los que no conocen las cosas, los que las han olvidado y finalmente los que ya las aman. Esta anáfora —la repetición deliberada de palabras al inicio de los versos— no es un simple artificio formal, sino que marca el ritmo de una letanía casi religiosa en la que el poeta se erige como intermediario entre la realidad y quienes la contemplan. La repetición genera un efecto de plegaria, de ruego intenso que crece con cada invocación.

La conclusión del poema intensifica aún más la demanda inicial mediante una nueva anáfora: «¡Inteligencia, dame / el nombre esacto, y tuyo, / y suyo, y mío, de las cosas!». Aquí, la acumulación de posesivos introduce una dimensión ontológica decisiva. El nombre no pertenecería únicamente al poeta, sino que sería simultáneamente propiedad de la inteligencia (como facultad universal), del lector (potencial portador de la verdad expresada) y del propio poeta. Esta multiplicidad de sujetos poseedores del nombre exacto sugiere que la verdad poética no es privilegio de una conciencia aislada, sino un bien común susceptible de ser compartido. La exclamación final, marcada por el signo de admiración, rompe con el tono meditativo anterior para instaurar un momento de intensidad apasionada.

Desde una perspectiva simbólica más amplia, el poema reflexiona sobre la capacidad del lenguaje poético. Juan Ramón Jiménez concibe la poesía no como ornamentación de la realidad, sino como su verdadera aprehensión. Nombrar exactamente equivale a conocer en profundidad, a revelar la esencia oculta tras la apariencia de las cosas. Esta búsqueda de lo esencial, de lo que permanece más allá de las contingencias, conecta el pensamiento del poeta con tradiciones filosóficas platónicas y, en el contexto inmediato, con la preocupación intelectual de su generación por acceder a verdades universales depuradas de lo accesorio.

Intelijencia, dame
el nombre esacto de las cosas!
Que mi palabra sea
la cosa misma,
creada por mi alma nuevamente.
Que por mí vayan todos
los que no las conocen, a las cosas;
que por mí vayan todos
los que ya las olvidan, a las cosas;
que por mí vayan todos
los mismos que las aman, a las cosas…
¡Intelijencia, dame
el nombre esacto, y tuyo,
y suyo, y mío, de las cosas!

Juan Ramón Jiménez, Eternidades, 1917

Autor

  • Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.

    Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!

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