Aunque sea un instante de Gil de Biedma.

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By Víctor Villoria

Aunque sea un instante de Gil de Biedma

«Aunque sea un instante» de Jaime Gil de Biedma, incluido en Compañeros de viaje (1959), aborda el tema del desengaño existencial ante la propia vocación. El poeta reflexiona sobre cómo el deseo de descansar de la vida lleva a idealizar un pasado que nunca existió, y culmina con el reconocimiento doloroso de que aquello que se consideraba vocación profunda era en realidad solo un deseo de esconderse de la realidad.

El poema comienza expresando un deseo universal de tregua: «Aunque sea un instante, deseamos / descansar. Soñamos con dejarnos». El verbo «dejarnos» sugiere abandono, relajación de la tensión vital, cesar de mantener las defensas. Este deseo se formula sin condiciones específicas: «No sé, pero en cualquier lugar / con tal de que la vida deponga sus espinas», es decir, con tal de que la vida deponga (deje, abandone) sus «espinas» (sufrimientos, dificultades). Pero inmediatamente el poeta reconoce que este deseo de refugio en el pasado es ilusorio: «Un instante, tal vez. Y nos volvemos / atrás, hacia el pasado engañoso cerrándose / sobre el mismo temor actual, que día a día / entonces también conocimos». El pasado es «engañoso» porque se cierra «sobre el mismo temor actual», revelando que el miedo presente ya estaba allí entonces. No hubo época sin temor, aunque la memoria tienda a idealizarla.

El poeta reflexiona sobre la facilidad del olvido: «Se olvida / pronto, se olvida el sudor tantas noches, / la nerviosa ansiedad que amarga el mejor logro». Se olvida el esfuerzo («sudor tantas noches») y la ansiedad que acompaña incluso los logros. Esta ansiedad nos lleva al éxito «de antemano rendidos / sin más que ese vacío de llegar», es decir, ya agotados, experimentando solo el vacío de haber llegado a la meta sin verdadera satisfacción. El resultado es «la indiferencia extraña de lo que ya está hecho»: una vez conseguido, lo logrado produce extraña indiferencia, no la plenitud esperada.

Ante este vacío, cada vez que «este temor, / el eterno temor que tiene nuestro rostro / nos asalta», la reacción es buscar refugio en la memoria idealizada: «gritamos invocando el pasado / –invocando un pasado que jamás existió–». Este pasado inventado sirve «para creer al menos que de verdad vivimos / y que la vida es más que esta pausa inmensa, / vertiginosa». La vida se percibe como «pausa inmensa» y «vertiginosa», es decir, como detención angustiosa más que como movimiento vital.

El poema concluye con un reconocimiento devastador. En esos momentos de lucidez dolorosa, se descubre que «la propia vocación, aquello / sobre lo cual fundamos un día nuestro ser, / el nombre que le dimos a nuestra dignidad» no era lo que creíamos. La vocación, ese fundamento sobre el cual se construyó la identidad y a la que se dio «el nombre» de «dignidad», resulta ser «no más / que un desolador deseo de esconderse». Lo que se consideraba proyecto vital auténtico y digno era simplemente una forma de evasión, un refugio contra la realidad. Este poema, característico de la poesía de la experiencia de la Generación del 50, explora con honestidad brutal la desilusión respecto a las propias ilusiones fundamentales. La conexión con experiencias universales radica en que muchos han sentido que sus proyectos vitales, examinados con lucidez, revelan componentes de huida más que de afirmación auténtica.

Aunque sea un instante

Aunque sea un instante, deseamos
descansar. Soñamos con dejarnos.
No sé, pero en cualquier lugar
con tal de que la vida deponga sus espinas.

Un instante, tal vez. Y nos volvemos
atrás, hacia el pasado engañoso cerrándose
sobre el mismo temor actual, que día a día
entonces también conocimos.

                                                            Se olvida
pronto, se olvida el sudor tantas noches,
la nerviosa ansiedad que amarga el mejor logro
llevándonos a él de antemano rendidos
sin más que ese vacío de llegar,
la indiferencia extraña de lo que ya está hecho.

Así que a cada vez que este temor,
el eterno temor que tiene nuestro rostro
nos asalta, gritamos invocando el pasado
–invocando un pasado que jamás existió–

para creer al menos que de verdad vivimos
y que la vida es más que esta pausa inmensa,
vertiginosa,
cuando la propia vocación, aquello
sobre lo cual fundamos un día nuestro ser,
el nombre que le dimos a nuestra dignidad
vemos que no era más
que un desolador deseo de esconderse.

Jaime Gil de Biedma, Compañeros de viaje, 1959

Autor

  • Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.

    Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!

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