Desmayarse, atreverse de Lope de Vega

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By Víctor Villoria

Desmayarse, atreverse de Lope de Vega

Este soneto de Lope de Vega, publicado en las Rimas humanas de 1609, es una de las composiciones más afortunadas de la poesía amorosa del Barroco español, donde el ingenio verbal se convierte en el instrumento perfecto para expresar la ambigüedad y la paradoja del sentimiento amoroso. La estructura del soneto actúa como un mecanismo de precisión donde cada verso acumula y contrasta emociones encontradas, creando una arquitectura de tensiones que reproduce el caos interior del enamorado. Lejos de pretender una resolución ordenada, el soneto deja al lector suspendido en la contradicción, reconociendo que el amor es precisamente esa capacidad de albergar simultáneamente lo opuesto.

El tema central del poema gira en torno a la paradoja como esencia definitoria del amor. Los primeros cuatro versos presentan una sucesión de antítesis verbales que establecen el patrón: «desmayarse, atreverse, estar furioso», «áspero, tierno, liberal, esquivo», «alentado, mortal, difunto, vivo», «leal, traidor, cobarde y animoso». Esta acumulación de contrarios no busca confundir, sino precisamente lo opuesto: construir un retrato veraz del estado amoroso mediante la yuxtaposición de sus componentes contradictorios. En lugar de ofrecer una definición abstracta, Lope muestra el amor a través de sus manifestaciones más concretas: gestos, comportamientos, contradicciones viscerales. La energía de estos versos iniciales revela una escritura que rechaza la pasividad descriptiva; cada palabra actúa, cada verso se mueve con dinamismo.

El segundo cuarteto profundiza en la paradoja mediante una serie de negaciones y comportamientos contradictorios: «no hallar fuera del bien centro y reposo» expresa la incapacidad de encontrar paz fuera del objeto amado, mientras que los versos siguientes —«mostrarse alegre, triste, humilde, altivo»— revelan cómo el enamorado se debate entre estados anímicos opuestos sin poder sosegarse en ninguno. La inclusión de «enojado, valiente, fugitivo, satisfecho, ofendido, receloso» mantiene el ritmo de contradicciones, pero ahora con matices de mayor intensidad emocional. El término «receloso» introduce un giro importante: la desconfianza, el miedo de quien ama y sabe que puede ser dañado. Estos versos capturan lo que la psicología posterior llamaría ambivalencia: no es que el enamorado sea capaz de sentir dos cosas seguidas, sino que ambas coexisten simultáneamente en su pecho.

El terceto final intensifica la paradoja hasta llevarla a sus consecuencias más extremas. «Huir el rostro al claro desengaño» expresa el mecanismo de negación mediante el cual el enamorado evita enfrentarse a la verdad dolorosa; «beber veneno por licor süave» convierte la metáfora petrarquista de la dulzura envenenada del amor en una afirmación de voluntaria automutilación. En este verso breve pero devastador, Lope reconoce que el enamorado elige conscientemente su propio daño, que bebe el veneno sabiendo que es veneno. El verso «olvidar el provecho, amar el daño» completa el cuadro: el enamorado abandona voluntariamente lo que le beneficiaría para perseguir lo que le destruye. Esta no es la pasión irracional de un loco; es un acto de voluntad donde la razón cede su trono al deseo.

Los dos últimos versos consuman la construcción paradójica del poema con una imagen de imposibilidad sublime: «creer que un cielo en un infierno cabe, dar la vida y el alma a un desengaño». La primera frase contiene una de las síntesis más brillantes de la poesía áurea: la coexistencia del cielo y del infierno en el mismo espacio, que es lo que representa el amor para quien lo experimenta. La segunda es aún más radical: «dar la vida y el alma a un desengaño» —entregar la totalidad del ser a aquello que se sabe que es falso, que es engaño. El desengaño aquí no es la cura del amor, sino su objeto. De manera audaz, Lope afirma que lo que alimenta el amor no es la esperanza de reciprocidad (como podría esperarse en la tradición petrarquista), sino la certeza del engaño.

El verso final, «esto es amor, quien lo probó lo sabe», funciona como un epigrama que sintetiza toda la reflexión precedente. La expresión «quien lo probó lo sabe» apela directamente a la experiencia vivida del lector, asumiendo que cualquiera que haya estado enamorado reconocerá la verdad de lo que se ha expuesto. No hay demostración lógica aquí, solo el reconocimiento de una verdad experiencial. El tono coloquial de esta conclusión contrasta significativamente con la complejidad metafórica de los versos anteriores, creando un efecto de repentina humanidad: después de tanta ornamentación verbal, la verdad se expresa en un lenguaje llano, casi de complicidad con el lector.

La influencia de la tradición petrarquista es evidente, pero Lope la transforma radicalmente. Donde Petrarca buscaba expresar el sufrimiento refinado del enamorado frustrado, Lope enfatiza la voluntariedad del dolor y la paradoja de elegir el tormento sabiendo que es tormento. El soneto se inscribe también en la tradición de la poesía conceptista, donde el ingenio verbal y la agudeza intelectual se convierten en instrumentos de profundidad emocional. Este soneto no narra una historia ni describe un paisaje del alma; construye una arquitectura de contradicciones que obliga al lector a pensar el amor desde sus propias tensiones internas.

Lo que hace perdurar este soneto es precisamente su negativa a resolver la paradoja que presenta. En una época donde la literatura barroca a menudo se complica hasta la preciosidad, Lope mantiene aquí un equilibrio notable entre la complejidad conceptual y la claridad emocional. El lector no necesita comentario erudito para sentir la verdad de lo que se expresa; basta con haber amado alguna vez. La paradoja del soneto es que su máxima complejidad intelectual produce su máxima accesibilidad emocional. El poema se dirige tanto al cortesano cultivado como al amante común, porque el amor, ese «cielo en un infierno», es una experiencia universal que todos reconocen una vez que la ven nombrada con tal precisión. Lope no nos dice cómo sentir o pensar sobre el amor; simplemente nos muestra con un espejo tan exacto que no podemos sino reconocernos en él.

Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor süave,
olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.

Rimas humanas, 1609

Autor

  • Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.

    Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!

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