Comentario
Infancia y confesiones de Gil de Biedma
Jaime Gil de Biedma presenta en el poema «Infancia y confesiones» una reflexión adulta sobre los años juveniles, pero lejos de recrearse en la nostalgia pura, el poeta barcelonés ejecuta una operación curiosa y sofisticada: cuenta la propia infancia como si la estuviera desarmando en tiempo real. La dedicatoria a Juan Goytisolo no es casual; ambos comparten una generación marcada por preguntas sobre la identidad, el exilio interior y la imposibilidad de retornar. El poema comienza con lo que parece una anécdota menor—el recuerdo de «cuando yo era más joven»—pero se convierte rápidamente en un interrogatorio sobre qué significa recordar, qué significa mitificar, y cómo la memoria transforma lo que fuimos en algo que nunca fuimos realmente.
La infancia descrita es la de una familia acomodada, rica y provinciana: «Mi familia era bastante rica y yo estudiante.» Pero aquí comienza el juego literario que define toda la obra de Gil de Biedma. El poeta no idealiza esta prosperidad; la describe con una frialdad que roza la crítica social. La casa familiar con «escuela y despensa y llave en el ropero» es un microcosmos de la vida burguesa española, con sus protecciones y sus cerraduras. Las villas de verano—»Villa Estefanía o la Torre del Mirador»—funcionan en el poema no como paraísos perdidos, sino como símbolos de lo que la investigadora llama una «(des)mitificación» de la infancia. El poeta es consciente de su propia tendencia a idealizar el pasado, pero esa conciencia hace que la idealización se desmorone antes de consolidarse.
Lo fascinante del poema es cómo equilibra dos impulsos contradictorios: por un lado, la seducción de los recuerdos agradables—los «senderos de grava», las «hortensias pomposas», la atmósfera de un jardín edénico; por otro lado, una desconfianza radical de esos mismos recuerdos, expresada en la advertencia de que todo aquello era «ligeramente egoísta y caduco». La palabra «caduco» es especialmente reveladora: sugiere no solo que esa vida era pasajera, sino que era moralmente envejecida incluso en su momento. El lujo y la comodidad, así reconocidos, revelan su propia muerte interior. El poeta nació, dice entre paréntesis—»Yo nací (perdonadme)»—»en la edad de la pérgola y el tenis», un detalle que suena banal pero que en el contexto del poema se convierte en una confesión de culpa.
El giro crucial ocurre cuando se introduce un elemento de inquietud: «La vida, sin embargo, tenía extraños límites / y lo que es más extraño: una cierta tendencia / retráctil.» Esta retracción, esta contracción de la vida hacia adentro, es donde el poema abandona la superficie de la memoria nostálgica. Surgen entonces los sótanos, las historias penosas, las «caras tristes», y esa amenaza de quedar «ciego de un escalofrío». La estructura del poema sugiere que bajo la prosperidad burguesa hay un silencio, algo que nadie nombra pero todos conocen. Los sótanos son fríos «como templos», una comparación que convierte lo oscuro en sagrado, lo reprimido en religioso.
Gil de Biedma pertenece a una generación de poetas que rechazaron tanto las vanguardias estériles como la retórica grandilocuente. Su poesía se inscribe en lo que la crítica literaria denomina poesía de la experiencia, una corriente que buscaba recuperar la voz humana, la narratividad, la reflexión sobre la propia vida, sin abandonar la sofisticación formal. En ese sentido, «Infancia y confesiones» es un ejemplo magistral del método: el lenguaje es accesible, casi coloquial en sus virajes («bueno, en realidad, será mejor decir»), pero la arquitectura del pensamiento es compleja. El poeta hace que el lector acompañe su propia duda, su propio desencanto ante los recuerdos. No hay un «yo» omnisciente que explique la infancia desde una distancia segura; hay un «yo» que tiembla, que se corrige a sí mismo, que pide disculpas.
El final del poema es particularmente significativo. De su «pequeño reino afortunado» quedan dos cosas: «esta costumbre de calor / y una imposible propensión al mito.» La «costumbre de calor» es casi ridícula en su modestia—es todo lo que la prosperidad burguesa ha dejado en su alma, un hábito corporal, quizá una preferencia por los climas agradables. Pero lo decisivo es la segunda herencia: la «imposible propensión al mito», es decir, la incapacidad de escapar de la tendencia a idealizar, a mitificar, incluso cuando somos conscientes de que lo estamos haciendo. Así, el poema completa su circuito: comenzó admitiendo la propia mitificación de la infancia, y termina reconociendo que esa mitificación es constitutiva, imposible de evitar. No se puede vivir la memoria sin transfigurarla, pero tampoco se puede fingir que esa transfiguración no sucede.
Audio: Víctor Villoria
A Juan Goytisolo
Cuando yo era más joven
(bueno, en realidad, será mejor decir
muy joven)
algunos años antes
de conoceros y
recién llegado a la ciudad,
a menudo pensaba en la vida.
Mi familia
era bastante rica y yo estudiante.
Mi infancia eran recuerdos de una casa
con escuela y despensa y llave en el ropero,
de cuando las familias
acomodadas,
como su nombre indica,
veraneaban infinitamente
en Villa Estefanía o en La Torre
del Mirador
y más allá continuaba el mundo
con senderos de grava y cenadores
rústicos, decorado de hortensias pomposas,
todo ligeramente egoísta y caduco.
Yo nací (perdonadme)
en la edad de la pérgola y el tenis.
La vida, sin embargo, tenía extraños límites
y lo que es más extraño: una cierta tendencia
retráctil.
Se contaban historias penosas,
inexplicables sucedidos
dónde no se sabía, caras tristes,
sótanos fríos como templos.
Algo sordo
perduraba a lo lejos
y era posible, lo decían en casa,
quedarse ciego de un escalofrío.
De mi pequeño reino afortunado
me quedó esta costumbre de calor
y una imposible propensión al mito.
Jaime Gil de Biedma, Compañeros de viaje, 1959
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Autor
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Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.
Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!
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