Comentario
Recuerdo de un olvido de Manuel Altolaguirre
En estos versos de Manuel Altolaguirre, publicados en 1927 dentro del clima creativo de la Generación del 27, la experiencia amorosa aparece transformada en una escena casi soñada, donde el yo poético avanza por un espacio deformado y extraño, como si el dolor interior alterara también las proporciones del mundo. El poema se deja leer como una pequeña pesadilla sentimental: las puertas “se agrandaban”, las estancias se vuelven difíciles de atravesar y la conciencia carga “con el recuerdo de mi olvido dentro”, una fórmula tan paradójica como reveladora, porque expresa muy bien la lucha entre querer olvidar y no poder hacerlo.
El tema principal es la persistencia dolorosa del amor ausente. No se trata solo de una separación, sino de una memoria que oprime, crece y desfigura todo lo que toca. Por eso el tono oscila entre la extrañeza, la angustia y una forma de melancolía visionaria: el hablante aparece “gigante”, “agigantado” y “loco”, no como héroe, sino como alguien agrandado por dentro por un sufrimiento que ya no cabe en medida humana. Esa exageración de tamaño funciona como símbolo de una emoción desbordada, y da al poema una intensidad muy característica de la poesía que, en aquellos años, empezaba a acercarse a una expresión más irracional e imaginativa.
Una de las claves de lectura más sugestivas está en las imágenes interiores. El “collar interior en mi garganta” convierte la dificultad de hablar en una imagen física, casi táctil: las palabras no salen, se amontonan, “se estorbaban”, como si el sufrimiento hubiera bloqueado la voz. Esa forma de trasladar un estado anímico a una imagen material es muy propia de la poesía moderna, y en Altolaguirre adquiere una delicadeza especial, porque no busca la oscuridad por sí misma, sino una manera más honda de nombrar lo que cuesta decir de forma directa. También la repetición de “con el recuerdo de mi olvido dentro” actúa como un estribillo obsesivo: vuelve para mostrar que el poema gira sobre una herida que no se cierra.
Frente al yo desbordado, “ella” aparece inmóvil, distante y casi convertida en visión. “Siempre ella en su ventana. / Su ventana entre dos nubes / —una y ella— siempre.” La ventana es aquí mucho más que un detalle decorativo: funciona como frontera entre cercanía y lejanía, entre lo vivido y lo inaccesible. La mujer queda suspendida en una estampa casi celeste, entre nubes, como si ya perteneciera más al recuerdo idealizado que a la realidad. Esa imagen dialoga muy bien con cierta poesía amorosa de la tradición, desde Bécquer hasta algunos momentos de Luis Cernuda o Pedro Salinas, donde la figura amada se vuelve presencia lejana, más poderosa por recordada que por poseída.
También impresiona el final, en el que el dolor adopta forma de naufragio. El alma pesa por “su naufragio” y todo termina en “un espeso mar de cielos grises”, una imagen muy hermosa porque mezcla dos espacios, mar y cielo, hasta volverlos una sola materia sombría. Ese cruce de planos refuerza la sensación de pérdida de orientación, como si el sujeto ya no pudiera distinguir entre dentro y fuera, entre memoria y presente, entre realidad y sueño. Ahí asoma una sensibilidad muy cercana a las búsquedas de la Generación del 27: atención extrema a la imagen, vínculo entre emoción e invención verbal, y una voluntad de convertir el sentimiento en una pequeña escena de gran potencia visual. El poema, en conjunto, no cuenta una historia amorosa completa; deja, más bien, el temblor de una conciencia atrapada en su propio recuerdo, y por eso sigue resultando tan intenso y tan fácil de sentir.
Audio: Víctor Villoria
Se agrandaban las puertas. Yo gigante,
con el recuerdo de mi olvido dentro,
atravesaba las estancias,
golpeando las paredes sordas.
¡Qué collar interior en mi garganta
de palabras en germen, de lamentos
que no podían salir, que se estorbaban
en su gran muchedumbre!
¡Cuánto tiempo de olvido incomprensible!
Siempre ella en su ventana.
Su ventana entre dos nubes
—una y ella— siempre.
Y yo distante, agigantado, loco,
con el recuerdo de mi olvido dentro,
pesándome en el alma su naufragio,
agarrándose, hundiéndome,
en un espeso mar de cielos grises.
Manuel Altolaguirre, Ejemplo, 1927
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Ver todas las entradasHola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.
Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!











