Soneto de la guirnalda de rosas de Lorca

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By Víctor Villoria

Soneto de la guirnalda de rosas de Lorca

“Soneto de la guirnalda de rosas” pertenece al ciclo de los Sonetos del amor oscuro, escritos por Federico García Lorca en la década de 1920 y mediados de los años treinta y publicados de forma póstuma, como culminación de una trayectoria poética cada vez más intensa y desgarrada. Dentro de la estética de la Generación del 27, este soneto aúna con gran naturalidad una forma clásica —el soneto— con imágenes modernas y audaces, y convierte un motivo aparentemente delicado, la guirnalda de rosas, en centro de una experiencia amorosa límite, vivida al borde mismo de la muerte.

El poema se abre con una exclamación que funciona casi como un grito escénico: “¡Esa guirnalda! ¡pronto! ¡que me muero!”. La voz poética ordena, suplica y acelera la acción con una cadena de imperativos —“¡Teje deprisa! ¡canta! ¡gime! ¡canta!”— que marcan desde el inicio un ritmo entrecortado y urgente. El soneto, forma tradicional de catorce versos endecasílabos con rima consonante, no aparece aquí como un molde frío, sino como un pequeño “teatro de la pasión” donde se mezclan canto, gemido y prisa mortal. Esa tensión entre la medida clásica y el desbordamiento emocional es una de las señas de identidad de la poesía amorosa de Lorca en estos años.

El núcleo temático del soneto es el cruce radical entre amor y muerte, lo que la crítica ha descrito como la presencia simultánea de Eros y Tánatos: el impulso erótico y el impulso destructor que se abrazan hasta hacerse indistinguibles. Las palabras de campo semántico violento —“me muero”, “herida”, “sangre vertida”, “boca rota de amor”, “alma mordida”, “destrozados”— conviven con otras de plenitud vital y luminosa —“guirnalda”, “rosas”, “aire de estrellas”, “fresco paisaje”—, componiendo un tejido en el que amar es, a la vez, gozar y desgarrarse. La propia “guirnalda de rosas” funciona como símbolo doble: corona festiva y, a la vez, círculo de espinas y sangre, heredero de una larga tradición literaria en la que las rosas, las espinas y la sangre se cargan de resonancias eróticas y sacrificiales.

Esa ambigüedad se refuerza con las imágenes de la naturaleza, que no se describen como simple fondo, sino como proyección del cuerpo y del sentimiento. Entre “lo que me quieres y te quiero” se alza un “aire de estrellas y temblor de planta”, y una “espesura de anémonas” gime durante “un año entero”; la herida se convierte en “fresco paisaje”, los juncos se quiebran, los arroyos son “delicados”, el “muslo de miel” derrama “sangre vertida”. El cuerpo amado se vuelve paisaje y el paisaje se humaniza, en una metáfora sostenida donde la sensualidad de la carne y la frescura del mundo natural se confunden, reforzando la idea de un amor que ocupa, literalmente, todo el espacio y todo el tiempo.

En la arquitectura del soneto pueden distinguirse tres movimientos que ayudan a su lectura. Los primeros cuartetos concentran la llamada desesperada y la invocación a tejer la guirnalda mientras “la sombra” enturbia la garganta y regresa, multiplicada, “la luz de enero”: sombra y luz, muerte y renovación del tiempo, se contraponen en un inicio casi dramático. El segundo cuarteto expande el universo simbólico entre el “me quieres” y el “te quiero”, levantando esa espesura de anémonas que parece encerrar a los amantes durante un año completo de deseo y sufrimiento. Los tercetos, por su parte, pasan del reclamo a la ofrenda: se invita a “gozar el fresco paisaje de mi herida”, a “beber” la sangre en el muslo, y culminan en el ruego vertiginoso: “Pero ¡pronto! Que unidos, enlazados… el tiempo nos encuentre destrozados”. La irregularidad final de las rimas y la acumulación de participios (“unidos, enlazados, destrozados”) intensifican la sensación de ruptura y de exceso.

Desde el punto de vista de las referencias literarias, el soneto dialoga con varias tradiciones. Se percibe la huella de los grandes sonetistas del Siglo de Oro, pero el tono de súplica casi mística y la imaginería amorosa que mezcla dolor y éxtasis acercan estos versos a la tradición de San Juan de la Cruz, con cuya voz se ha relacionado en numerosos estudios el conjunto de los Sonetos del amor oscuro. Al mismo tiempo, la manera de llevar el desamor y la imposibilidad amorosa hasta la frontera de la muerte recuerda la sensibilidad de Gustavo Adolfo Bécquer, cuya presencia en estos sonetos ha sido analizada como un eco modernizado y radicalizado de sus Rimas. No obstante, Lorca va más lejos en la explicitud corporal y en la violencia de las imágenes, y carga esa tradición con la densidad simbólica y la energía visionaria propias de la poesía de la vanguardia del 27.

Además, el adjetivo “oscuro” que da título al ciclo permite leer este amor como una pasión clandestina, socialmente prohibida, tal como ha subrayado la crítica al estudiar el trasfondo homoerótico de los Sonetos del amor oscuro y su “deseo diferente”. En ese contexto, la insistencia en la velocidad (“pronto”, “deprisa”), en el año entero de gemido y en la necesidad de que el tiempo “encuentre” a los amantes ya juntos y “destrozados” cobra un matiz de urgencia vital: no solo se teme a la muerte biológica, sino también al tiempo social que puede separar, silenciar o destruir un amor no aceptado. El soneto convierte así el acto de amar en una especie de pacto extremo: mejor ser hallados rotos por la pasión que intactos por la renuncia.

¡Esa guirnalda! ¡pronto! ¡que me muero!
¡Teje deprisa! ¡canta! ¡gime! ¡canta!
que la sombra me enturbia la garganta
y otra vez viene y mil la luz de enero.

Entre lo que me quieres y te quiero,
aire de estrellas y temblor de planta,
espesura de anémonas levanta
con oscuro gemir un año entero.

Goza el fresco paisaje de mi herida,
quiebra juncos y arroyos delicados.
Bebe en muslo de miel sangre vertida.

Pero ¡pronto! Que unidos, enlazados,
boca rota de amor y alma mordida,
el tiempo nos encuentre destrozados.

Federico García Lorca, Sonetos del amor oscuro, 1924-36

Autor

  • Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.

    Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!

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