Umbrío por la pena de Miguel Hernández

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By Víctor Villoria

Umbrío por la pena de Miguel Hernández.

En este soneto de Miguel Hernández, que forma parte de El rayo que no cesa (1936), el poeta construye un universo completamente dominado por el sufrimiento amoroso, donde la pena se convierte en la única realidad posible. La voz lírica se presenta como el hombre más apenado de todos, sumido en una oscuridad que lo ha transformado hasta en su aspecto físico, mientras que el amor imposible lo persigue con la tenacidad de un perro fiel.

El tema central es la pena amorosa como experiencia existencial absoluta que invade todas las dimensiones de la vida del poeta. Hernández desarrolla esta idea mediante una construcción circular obsesiva: la palabra «pena» se repite once veces en catorce versos, creando un efecto hipnótico que refleja la imposibilidad de escapar del dolor. El tono es sombrío y desesperado, aunque la expresión resulta paradójicamente contenida gracias a la forma clásica del soneto, una estructura poética de catorce versos distribuidos en dos cuartetos y dos tercetos que aquí funciona como un molde que intenta contener una emoción desbordante. Esta tensión entre forma clásica y contenido desgarrado es característica del petrarquismo moderno que practica Miguel Hernández, heredero de la tradición áurea española pero con una intensidad personal que trasciende los códigos literarios.

Los símbolos principales articulan una visión trágica del amor. Los «cardos» aparecen dos veces como imagen de dolor físico que atraviesa la carne, conformando una «corona» que remite inevitablemente a la pasión cristiana y convierte al amante en una figura sacrificial. Esta fusión entre experiencia amorosa y sufrimiento religioso conecta con la tradición mística española, aunque despojada de toda dimensión trascendente. El «perro» del verso séptimo resulta especialmente revelador: es «fiel» pero también «importuno», es decir, una pena que acompaña sin descanso pero que resulta molesta incluso para quien la padece. Esta personificación del dolor como animal que «ni me deja ni se calla» transmite la naturaleza obsesiva de un sufrimiento que no permite tregua.

El color constituye otro elemento significativo. El poema abre con una transformación cromática: «umbrío» y «casi bruno» sugieren que la pena ha oscurecido literalmente al poeta, como si el dolor interior hubiera teñido su aspecto externo. El verbo «tizna» refuerza esta idea al evocar el hollín que mancha y ensucia «cuando estalla», como si la pena fuera una explosión que deja residuos permanentes. Esta materialización del sufrimiento recorre todo el texto, alcanzando su expresión más contundente en el segundo cuarteto donde la pena se convierte en colchón, en estado de ánimo, en compañera constante y en lucha perpetua.

La estructura sintáctica del poema reproduce la sensación de encierro. Los dos cuartetos desarrollan la idea de que el poeta está completamente poseído por la pena, sin que exista espacio alguno para otra realidad. Los tercetos intensifican esta situación mediante imágenes más violentas: los «leopardos» que siembran cardos sugieren una amenaza salvaje e incontrolable, mientras que la afirmación «no me dejan bueno hueso alguno» expresa la devastación física que produce el sufrimiento. El verso final, con su exclamación «¡cuánto penar para morirse uno!», condensa toda la tragedia en una paradoja amarga: el proceso de morir por amor resulta más doloroso y largo que la muerte misma.

Hernández logra en esta composición algo extraordinariamente difícil: convertir la repetición en virtud poética. Donde otros poetas buscarían la variedad léxica, él insiste machaconamente en la misma palabra hasta convertirla en un martilleo que reproduce en el lector la experiencia del poeta. Esta decisión formal revela la madurez de un autor que, con apenas veinticinco años cuando escribió estos versos, ya dominaba los recursos necesarios para transformar el dolor biográfico en construcción estética de primer orden. El resultado es un soneto que, inscrito en la tradición del petrarquismo y del Siglo de Oro español, alcanza una expresión de autenticidad desgarradora que anticipa la voz única de uno de los poetas más importantes de la literatura española del siglo XX.

Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.

Sobre la pena duermo solo y uno,
pena es mi paz y pena mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.

Cardos y penas llevo por corona,
cardos y penas siembran sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.

No podrá con la pena mi persona
rodeada de penas y cardos:
¡cuánto penar para morirse uno!

Miguel Hernández, El rayo que no cesa, 1934-35

Autor

  • Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.

    Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!

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