En mi cuadragésimo sexto cumpleaños de Unamuno
Fechado en Salamanca el 29 de septiembre de 1910, este soneto de Miguel de Unamuno pertenece a su Rosario de sonetos líricos y fue escrito para conmemorar un momento biográfico preciso: el poeta cumplía cuarenta y seis años. Lejos de ser una simple celebración, el poema se convierte en una meditación profunda sobre el paso del tiempo, la proximidad de la vejez y la relación del ser humano con su propia finitud y con lo divino.
El tema central es el tránsito vital entendido como un camino que se recorre desde el nacimiento hasta la muerte, y la angustia existencial que produce la conciencia de haber alcanzado la cumbre de la vida para iniciar el descenso inevitable hacia el final. El tono es introspectivo, grave y profundamente religioso, con una cualidad de plegaria personal que distingue a este poema de otros sonetos más combativos o dialécticos del autor. Aquí Unamuno se presenta vulnerable, en diálogo directo con Dios, pidiendo consuelo y comprensión ante el misterio de su propia existencia.
La metáfora del camino ascendente y descendente estructura todo el poema. El poeta afirma haber ganado «la cumbre» —el punto más alto de la vida, tradicionalmente asociado con la madurez—, pero desde esa altura privilegiada descubre que «la niebla cubre el valle» y no puede distinguir hacia dónde va «la calle / de mi descenso». Esta imagen de la niebla como símbolo de la incertidumbre sobre el futuro es particularmente poderosa: el poeta no teme tanto la muerte como la imposibilidad de ver con claridad qué le espera, qué sentido tendrá ese descenso, cómo será ese camino final.
Esta metáfora del viaje vital evoca inevitablemente el inicio de la Divina Comedia de Dante Alighieri, donde el poeta florentino se encuentra «en medio del camino de nuestra vida» en una «selva oscura». Ambos poetas utilizan el momento de la madurez —la mitad del trayecto— como instante de crisis existencial y búsqueda de sentido. Sin embargo, mientras Dante emprende un viaje alegórico hacia la salvación guiado por Virgilio y Beatriz, Unamuno permanece solo con su incertidumbre, dialogando directamente con Dios sin intermediarios.
El segundo cuarteto introduce un vocabulario arcaizante y de gran riqueza expresiva. El poeta habla de volver «hacia la lumbre / que mengua la mirada», es decir, hacia la luz —posiblemente la luz de la juventud o de la vida— que va disminuyendo, debilitándose. La palabra «lumbre» evoca tanto el fuego del hogar como la luz vital. Luego aparece «la pesadumbre / de los agüeros»: la carga opresiva de los presagios, de las señales que anuncian el declive. Los agüeros son presagios o augurios, generalmente negativos, que pesan sobre el ánimo del poeta.
En este contexto de angustia, Unamuno dirige una súplica al Señor: «Que se acalle / te pido esta mi ansión y que tu dalle / siegue al cabo, Señor, toda mi herrumbre». Aquí el vocabulario se vuelve especialmente denso. La palabra «ansión» significa ansia o ansiedad; el poeta pide que se calme su inquietud existencial. El término «dalle» se refiere a la guadaña, la herramienta tradicional de segar asociada con la muerte (la Parca segadora), pero aquí Unamuno la atribuye a Dios mismo. Y pide que esa guadaña divina «siegue» —corte, elimine— su «herrumbre», es decir, el óxido, la corrosión, las imperfecciones que se han acumulado en su alma con el tiempo. Esta imagen es magistral: el paso del tiempo no solo desgasta el cuerpo sino que oxida el espíritu, y solo la intervención divina puede limpiar esa corrosión moral y existencial.
Los tercetos desarrollan la dimensión escatológica —relativa al destino final— del poema. El poeta imagina el momento en que «puesto ya el sol contra mi frente / me amaguen de la noche las tinieblas», una bella personificación de la muerte como el sol que se pone sobre la frente del moribundo y las tinieblas nocturnas que amenazan con envolverlo. La luz y la oscuridad funcionan aquí como símbolos tradicionales de vida y muerte, pero también de conocimiento e ignorancia, de fe y duda.
En ese momento crucial, el poeta invoca a Dios como «Señor de mis años, que clemente / mis esperanzas con recuerdos pueblas». Esta es una de las expresiones más hermosas del poema: Dios es presentado no como juez severo sino como señor misericordioso que llena (puebla) las esperanzas del poeta con recuerdos. Esta frase condensa una visión profunda de la memoria como fuente de esperanza y consuelo. Los recuerdos de lo vivido, de los momentos de fe, de las experiencias de sentido, se convierten en sustento para enfrentar el futuro incierto. Unamuno, como pensador de la Generación del 98, comprendía que la identidad personal se construye sobre la memoria, y que nuestras esperanzas se alimentan de lo que hemos sido.
La súplica final es directa y conmovedora: «confórtame al bajar de la pendiente», es decir, dame fortaleza, consuélame en el descenso. Y el verso final encierra una de las verdades más universales y poéticas del soneto: «de las nieblas salí, vuelvo a las nieblas». Esta afirmación expresa una visión circular de la existencia humana. Nacemos en la incertidumbre, en el misterio, sin saber de dónde venimos ni por qué; vivimos tratando de encontrar claridad y sentido; y finalmente regresamos al misterio de la muerte, a las nieblas de lo desconocido.
Esta estructura circular —nieblas-vida-nieblas— tiene resonancias filosóficas profundas. Evoca el concepto de que la vida humana está enmarcada por dos grandes incógnitas: el origen y el destino. Entre ambas nieblas, el ser humano busca luz, conocimiento, fe. Pero Unamuno reconoce con humildad que esa claridad es siempre provisional, que estamos rodeados por el misterio. Esta aceptación de la condición humana como radicalmente limitada y misteriosa es característica del existencialismo religioso de Unamuno, quien siempre mantuvo una relación atormentada pero profunda con la fe cristiana.
El lenguaje del poema merece atención especial. Unamuno emplea un vocabulario culto y a veces arcaizante («lumbre», «dalle», «ansión», «herrumbre», «amaguen») que confiere al poema una cualidad de oración antigua, de salmo personal. Este registro lingüístico elevado contrasta con la intimidad del tema y crea una tensión productiva: el poeta habla de sus miedos más personales, pero lo hace con la dignidad del lenguaje poético tradicional. No hay sentimentalismo ni autocompasión, sino una reflexión grave y contenida sobre la condición humana.
La religiosidad de este soneto es característica de Unamuno, quien mantuvo durante toda su vida una fe agónica —en el sentido etimológico de lucha—. No era una fe tranquila o dogmática, sino una fe atravesada por la duda, por el anhelo desesperado de inmortalidad personal y por la conciencia dolorosa de la incertidumbre. En este poema, sin embargo, la angustia se templa con la confianza: el poeta confía en que Dios lo acompañará en el descenso, en que no estará solo al volver a las nieblas.
El contexto biográfico añade significado al poema. En 1910, Unamuno era rector de la Universidad de Salamanca y una figura intelectual consolidada en España. Había vivido ya momentos de intensa crisis religiosa, especialmente a finales del siglo XIX, y había desarrollado su pensamiento filosófico en obras como Vida de Don Quijote y Sancho. A los cuarenta y seis años, se encontraba efectivamente en la cumbre de su vida profesional e intelectual, pero también consciente de que el tiempo comenzaba a correr en su contra. Este soneto autobiográfico captura ese instante de conciencia, ese vértigo que produce darse cuenta de que se ha pasado la mitad del camino.
La repetición de la palabra «nieblas» al comienzo y al final del poema crea una estructura circular perfecta que refuerza el contenido: la vida humana es un paréntesis entre dos misterios. Esta circularidad también sugiere que el poeta ha ganado una sabiduría: comprende ahora que el destino humano es volver al lugar del que se partió, pero enriquecido (o desgastado) por la experiencia del vivir. La herrumbre que pide a Dios que segue es, precisamente, el peso de todo lo vivido, lo que debe ser purificado antes del retorno final.
Este soneto de cumpleaños se convierte así en una meditación universal sobre el envejecimiento, la memoria, la esperanza y la muerte. Aunque parte de una circunstancia muy concreta —cumplir cuarenta y seis años—, trasciende lo anecdótico para tocar verdades profundas sobre la existencia humana. Cualquier lector que haya experimentado la sensación de haber llegado a la mitad de la vida, de mirar hacia atrás con nostalgia y hacia adelante con inquietud, encontrará en estos versos un reflejo de sus propias preocupaciones.
La belleza del poema reside también en su capacidad de combinar lo concreto y lo abstracto, lo personal y lo universal, lo temporal y lo eterno. La fecha y el lugar —Salamanca, 29 de septiembre de 1910— anclan el poema en un momento histórico preciso, pero las reflexiones que contiene son atemporales. La niebla que cubre el valle de Salamanca en ese día de septiembre de hace más de un siglo es la misma niebla existencial que envuelve a todo ser humano cuando toma conciencia de su mortalidad. Y la súplica al Señor de los años para que conforte al viajero en su descenso es una oración que cada generación debe pronunciar con sus propias palabras, pero que expresa un anhelo permanente de sentido, amparo y trascendencia.
Audio: Jesús Javier
Ahora que ya por fin gané la cumbre,
a mis ojos la niebla cubre el valle
y no distingo a dónde va la calle
de mi descenso. Con la pesadumbre
de los agüeros vuelvo hacia la lumbre
que mengua la mirada. Que se acalle
te pido esta mi ansión y que tu dalle
siegue al cabo, Señor, toda mi herrumbre.
Cuando puesto ya el sol contra mi frente
me amaguen de la noche las tinieblas,
Tú, Señor de mis años, que clemente
mis esperanzas con recuerdos pueblas,
confórtame al bajar de la pendiente:
de las nieblas salí, vuelvo a las nieblas.
Salamanca, 29-IX-1910.
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Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.
Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!
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