Comentario
Está en penumbra el cuarto de Francisco Brines
En este poema de Francisco Brines, la escena inicial ya anuncia un mundo de recogimiento y de tiempo detenido: “Está en penumbra el cuarto”. La penumbra no es solo una atmósfera física, sino también una forma de mirar la vida desde la madurez, cuando la memoria pesa más que el impulso. El poema se mueve entre la contemplación y la melancolía, con un tono sereno pero atravesado por la conciencia del desgaste, de modo que lo íntimo acaba volviéndose una reflexión sobre el paso del tiempo y la pérdida de la energía juvenil.
La clave principal está en la oposición entre el pasado y el presente. El personaje recuerda que antes “conquistaba la aventura”, mientras ahora “no vive la esperanza”, y esa caída marca el eje emocional del texto. Brines construye así una poesía elegíaca, es decir, una poesía de tono dolido y meditativo que mira hacia lo que ya no vuelve. El cuarto en penumbra funciona como símbolo de una conciencia que ha ido quedándose sin luz, y la mesa, las fotografías, los libros o la casa húmeda se convierten en señales de una existencia que se va cerrando sobre sí misma.
También resulta muy importante la presencia de la memoria, porque el poema no recuerda de forma neutra, sino que transforma lo vivido. Cuando afirma que “no repite / los hechos como fueron, de otro modo / los piensa, más felices”, aparece una idea muy humana: recordar es reescribir. Ese pequeño engaño no borra el dolor, pero sí revela la necesidad de hacer soportable la vida mediante una versión más habitable del pasado. En ese sentido, la memoria se convierte en refugio y también en trampa, porque devuelve rostros queridos, “los amigos / más jóvenes y amados”, pero lo hace desde una distancia que ya no puede repararse.
Entre las imágenes más significativas destaca la oposición entre ciudad e isla. La ciudad aparece como un espacio de multitud y anonimato, donde “una mirada allí es como un beso”, porque hasta el gesto mínimo adquiere valor entre desconocidos. La isla, en cambio, representa la intimidad, la repetición del sueño y la pertenencia afectiva. Esa dualidad dialoga con una tradición literaria muy amplia, en la que la ciudad suele asociarse a la despersonalización y el refugio natural a la identidad más profunda. Brines no plantea una elección simple, sino una tensión entre lo colectivo y lo propio, entre el mundo exterior y el lugar interior al que vuelve la conciencia.
El final acentúa la sensación de abandono con una delicadeza contenida. La partida “en un extraño buque” no se presenta como un gesto heroico, sino como una deriva sin emoción, casi silenciosa. La casa queda sola, los rincones se cubren de “flor de verdín” y, al final, la cerradura se llena de polvo: una imagen sencilla, pero muy eficaz, para expresar la desaparición lenta de una vida. El poema, en conjunto, deja la impresión de una despedida sin estruendo, donde la belleza nace precisamente de esa sobriedad y de esa lucidez triste con que se mira lo que ya empieza a volverse recuerdo.
Audio: Víctor Villoria. ✉️
Está en penumbra el cuarto, lo ha invadido
la inclinación del sol, las luces rojas
que en el cristal cambian el huerto, y alguien
que es un bulto de sombra está sentado.
Sobre la mesa los cartones muestran
retratos de ciudad, mojados bosques
de helechos, infinitas playas, rotas
columnas: cuántas cosas, como un muelle,
le estremecieron de muchacho. Antes
se tendía en la alfombra largo tiempo,
y conquistaba la aventura. Nada
queda de aquel fervor, y en el presente
no vive la esperanza. Va pasando
con lentitud las hojas. Este rito
de desmontar el tiempo cada día
le da sabia mirada, la costumbre
de señalar personas conocidas
para que le acompañen, y retornan
aquellas viejas vidas, los amigos
más jóvenes y amados, cierta muerta
mujer, y los parientes. No repite
los hechos como fueron, de otro modo
los piensa, más felices, y el paisaje
se puebla de una historia casi nueva
(y es doloroso ver que aún con engaño,
hay un mismo final de desaliento).
Recuerda una ciudad, de altas paredes,
donde millones de hombres viven juntos,
desconocidos, solitarios; sabe
que una mirada allí es como un beso.
Mas él ama una isla, la repasa
cada noche al dormir, y en ella sueña
mucho, sus fatigados miembros ceden
fuerte dolor cuando apaga los ojos.
Un día partirá del viejo pueblo
y en un extraño buque, sin pensar,
navegará. Sin emoción la casa
se abandona, ya los rincones húmedos
con la flor de verdín, mustias las vides,
los libros amarillos. Nunca nadie
sabrá cuándo murió, la cerradura
se irá cubriendo de un lejano polvo.
Francisco Brines, Las brasas, 1960
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Autor
Ver todas las entradasHola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente JUBILADO. Mi último destino fue la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.
Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!









