Comentario
¿Con quién haré el amor? de Francisco Brines
En este poema, Francisco Brines deja caer una escena nocturna de aparente intimidad que, sin embargo, está atravesada por una soledad radical: el vaso de ginebra, la música, la madrugada y el cuerpo aparecen como señales de una experiencia muy concreta, pero también como emblemas de una conciencia que se mide con el deseo, con el paso del tiempo y con la dificultad de encontrar calor verdadero. El poema avanza desde una circunstancia casi narrativa hacia una meditación más honda, y ahí reside buena parte de su fuerza: lo que parecía una noche cualquiera acaba revelando una verdad interior en la que el erotismo no conduce a la plenitud, sino al reconocimiento de una carencia.
El tono se mueve entre la confesión contenida y una serenidad desengañada muy característica de la poesía de Brines, asociada con frecuencia a la llamada Generación del 50. No hay aquí retórica aparatosa: la emoción se sostiene en una dicción limpia, en imágenes precisas y en una voz que no necesita exagerar para transmitir desamparo. Por eso resultan tan expresivas formulaciones como “la mercenaria compañía” o “el estéril tiempo”, donde el poema condensa una visión amarga de la compañía fingida y del tiempo vivido sin plenitud, pero lo hace con una elegancia verbal que evita el exceso sentimental.
Una de las claves de lectura más fecundas está en su red simbólica. La bebida no funciona solo como detalle realista: en “este vaso de ginebra bebo / los tapiados minutos de la noche”, el licor parece convertirse en una forma de consumir el tiempo, de tragarse unas horas cerradas, sin salida. También la noche tiene un valor doble: es escenario del deseo y, al mismo tiempo, espacio de intemperie moral. Frente a esa oscuridad, la “luz” reaparece varias veces y adquiere un relieve especial en la obra de Brines, donde suele rozar lo revelador; aquí, sin embargo, no ilumina una salvación, sino una conciencia desnuda de sí misma, una pausa en la que solo quedan “el silencio en la casa” y “yo”.
También importa mucho la manera en que el poema modula sus repeticiones. La vuelta de “Vuelve la hora feliz” y “Volvió la hora feliz” introduce una ironía conmovedora: la llamada “hora feliz” no remite a una dicha expansiva, sino a un instante de suspensión en el que el sujeto parece reconciliarse, de forma provisional, con lo perdido y con lo olvidado. Esa repetición no es un adorno; funciona como un pequeño estribillo íntimo que reorganiza el sentido del texto y lo desplaza desde la frustración erótica inicial hacia una aceptación más compleja. Brines convierte así la repetición en una forma de pensamiento poético, es decir, en una manera de volver sobre una experiencia para descubrir en ella un matiz nuevo.
El centro del poema podría formularse como la tensión entre el deseo y el tiempo. La carne desea, pero la conciencia sabe; el cuerpo todavía “no ha ardido aún / hasta la consunción de la propia ceniza”, y en esos versos se percibe una reflexión sobre la vida no consumada, sobre lo que aún no se ha vivido del todo aunque ya se sienta el peso de las cenizas. Esa imagen final del desgaste antes de la consumación enlaza muy bien con la veta elegíaca y metafísica del autor: elegíaca porque mira lo vivido y lo perdido con gravedad melancólica; metafísica porque, más allá de la anécdota, se interroga por la condición humana, por la identidad y por la nada que asoma detrás de la experiencia.
Leído en relación con otros textos de Francisco Brines, y en especial con el libro Aún no, el poema participa de un mundo reconocible: la conciencia del tiempo, el cuerpo como lugar de verdad, la soledad, la memoria y esa mezcla tan suya de sensualidad y pensamiento. No busca explicar una experiencia, sino hacerla vivir en su complejidad. Por eso su lectura deja una impresión tan perdurable: bajo la aparente sencillez verbal late una intensa meditación sobre lo que queda cuando la noche, el deseo y las ilusiones pasajeras se retiran y solo permanece, con extraña lucidez, la compañía de uno mismo.
Audio: Víctor Villoria
A Juan Luis Panero
En este vaso de ginebra bebo
los tapiados minutos de la noche,
la aridez de la música, y el ácido
deseo de la carne. Sólo existe,
donde el hielo se ausenta, cristalino
licor y miedo de la soledad.
Esta noche no habrá la mercenaria
compañía, ni gestos de aparente
calor en un tibio deseo. Lejos
está mi casa hoy, llegaré a ella
en la desierta luz de madrugada,
desnudaré mi cuerpo, y en las sombras
he de yacer con el estéril tiempo.
Vuelve la hora feliz. Y es que no hay nada
sino la luz que cae en la ciudad
antes de irse la tarde,
el silencio en la casa y, sin pasado
ni tampoco futuro, yo.
Mi carne, que ha vivido en el tiempo
y lo sabe en cenizas, no ha ardido aún
hasta la consunción de la propia ceniza,
y estoy en paz con todo lo que olvido
y agradezco olvidar.
En paz también con todo lo que amé
y que quiero olvidado.
Volvió la hora feliz.
Que arribe al menos
al puerto iluminado de la noche.
Francisco Brines, Aún no, 1971
Te gustará también
Autor
Ver todas las entradasHola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.
Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!








