Madrigal de Baltasar de Alcázar

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By Víctor Villoria

Madrigal de Baltasar de Alcázar

En estos versos, Baltasar del Alcázar se sitúa dentro de una tradición muy reconocible de la poesía amorosa: la de quien vuelve los ojos a la naturaleza para preguntarle por la persona amada. Ese gesto enlaza bien con la herencia de Petrarca y del petrarquismo, que convirtió el paisaje en una caja de resonancia del deseo, del recuerdo y de la ausencia, y cuya influencia fue decisiva en la lírica renacentista hispánica.

La pregunta insistente a la “fuente clara”, al “verde prado” o a las aves recuerda ese modo de poetizar en el que el mundo natural no es un fondo inmóvil, sino un interlocutor afectivo. En Petrarca, y después en tantos poetas del Renacimiento, la naturaleza sirve para exteriorizar lo que siente el amante; aquí sucede algo semejante, pero con un matiz especialmente doloroso, porque la consulta al paisaje desemboca no en la esperanza, sino en la certidumbre de la muerte.

La cercanía con Garcilaso resulta aún más clara, sobre todo por el aire pastoril del poema y por esa fusión entre sentimiento amoroso y espacio natural que define buena parte de su poesía. La mención final a la “pastora” no describe una escena realista, sino que lleva el texto hacia ese territorio idealizado de églogas y canciones donde los árboles, las fuentes y las sombras parecen guardar memoria del amor vivido, de un modo muy afín al universo garcilasiano.

También puede leerse en relación con San Juan de la Cruz, especialmente por ese impulso de preguntar al mundo por el ser amado. En el Cántico espiritual, la voz poética recorre la creación buscando al “Amado” ausente; en Baltasar del Alcázar, aunque el horizonte no es místico sino amoroso y elegíaco, reaparece esa misma intuición de que la naturaleza ha visto algo, sabe algo o conserva un rastro que puede guiar a quien busca.

La diferencia es muy hermosa y muy reveladora. En San Juan de la Cruz, la búsqueda del Amado abre un camino de ascenso espiritual; aquí, en cambio, la respuesta “Murió” cierra el paisaje y lo transforma en lugar de duelo, de modo que la naturaleza ya no conduce al encuentro, sino a la conciencia dolorosa de la pérdida. Por eso el poema puede disfrutarse como una pieza donde confluyen la delicadeza petrarquista, la atmósfera pastoril de Garcilaso y, a cierta distancia, ese temblor de interrogación a la naturaleza que también late en la gran poesía sanjuanista.

Decidme, fuente clara,
hermoso y verde prado
de varias flores lleno y adornado,
decidme, alegres árboles heridos
del fresco y manso viento,
calandrias, ruiseñores,
en las quejas de amor entretenidos,
sombra do yo gocé de algún contento,
¿dónde está ágora aquella que solía
pisar las flores tiernas y suaves,
gustar el agua fría?
Murió. ¡Dolor cruel! ¡Amarga hora!
Árboles, fuente, prado, sombra y aves,
no es tiempo de vivir: quedá en buen hora;
que el alma ha de ir buscando a su pastora.

Baltasar de Alcázar

Autor

  • Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.

    Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!

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