Comentario
Te quiero a las diez de la mañana de Jaime Sabines
En este poema en prosa, Jaime Sabines aparta el amor de cualquier pedestal idealizado y lo instala en el terreno movedizo de las horas, el cuerpo, el cansancio y las pequeñas preocupaciones cotidianas. La voz que habla no compone una declaración amorosa perfecta: confiesa, con una franqueza que puede resultar incómoda y a la vez profundamente humana, que amar también incluye aburrirse, distraerse, desear, irritarse y no pensar en la otra persona.
El comienzo organiza el afecto mediante una sucesión de horas: “Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día”. Esa precisión aparentemente sencilla convierte el tiempo en la medida del amor. No se ama en abstracto ni para siempre, sino en momentos concretos. La reiteración de “Te quiero” transmite insistencia y deseo de permanencia, pero queda pronto quebrada por un giro brusco: “me pongo a odiarte sordamente”. Así aparece una de las claves del texto: el amor no se presenta como un sentimiento puro, sino como una experiencia contradictoria, capaz de reunir apego y rechazo sin resolverlos.
La expresión “con la mitad del odio que guardo para mí” desplaza el conflicto hacia quien enuncia. La irritación contra la amada no nace únicamente de lo que ella hace o deja de hacer; se alimenta de una insatisfacción íntima, de un malestar propio que encuentra un destinatario cercano. El poema evita, por tanto, repartir culpas con facilidad. La relación amorosa funciona como un espejo en el que también se reconoce la fragilidad de quien ama.
Después, la intimidad corporal transforma de nuevo el tono. La “rodilla”, el “vientre” y las “manos” no son adornos idealizadores: son detalles físicos que sostienen una certeza momentánea. El cuerpo de la otra persona se vuelve refugio y lugar de encuentro, hasta que ambos “nos metemos en la boca de Dios”. La imagen, intensa y sorprendente, mezcla lo erótico con lo sagrado. No propone una religiosidad convencional, sino que da a la unión amorosa una dimensión de desaparición pasajera: durante un instante, los dos dejan de ser individuos separados. Sin embargo, la elevación se interrumpe con “tengo hambre o sueño”, y el poema regresa deliberadamente a las necesidades elementales. Esa caída no destruye la emoción; la hace más cercana y verosímil.
El texto está escrito como poema en prosa: no se divide en versos regulares ni busca una rima visible, pero conserva la concentración de imágenes, el ritmo de las repeticiones y la intensidad emocional propios de la poesía. La sintaxis avanza con naturalidad conversacional, como si se tratara de una confesión dicha sin preparación. Esa cercanía al habla cotidiana se relaciona con una vertiente coloquial de la poesía hispanoamericana: una escritura que prefiere palabras comunes y situaciones reconocibles antes que un lenguaje solemne o artificioso.
La frase “Todos los días te quiero y te odio irremediablemente” condensa el núcleo del poema. El adverbio “irremediablemente” sugiere que esa oscilación no es un accidente que pueda corregirse, sino una condición de la convivencia afectiva. También resuena, de forma renovada, una larga tradición literaria que ha entendido el amor como combate de contrarios: deseo y dolor, cercanía y extrañeza, entrega y pérdida. Sabines prescinde de la retórica amorosa más elevada para expresar ese conflicto con asuntos domésticos: “la comida”, “el trabajo diario”, “mis penas”.
El cierre convierte la aparente frialdad en una paradoja amarga: “¿Quién podría quererte menos que yo, amor mío?”. La pregunta parece negar el amor, pero su fuerza procede precisamente de que ha mostrado una relación sin idealizaciones. Quien habla no promete fidelidad sentimental a cada minuto; admite que la persona amada puede volverse “ajena como la mujer de otro”. En esa sinceridad radica la singularidad del poema: no celebra un amor impecable, sino la persistencia de un vínculo que sobrevive a la costumbre, al deseo, al desencuentro y a la conciencia de que nadie puede habitar por completo el pensamiento de otra persona.
Audio: Víctor Villoria. ✉️
Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día. Te quiero con toda mi alma y con todo mi cuerpo, a veces, en las tardes de lluvia. Pero a las dos de la tarde, o a las tres, cuando me pongo a pensar en nosotros dos, y tú piensas en la comida o en el trabajo diario, o en las diversiones que no tienes, me pongo a odiarte sordamente, con la mitad del odio que guardo para mí.
Luego vuelvo a quererte, cuando nos acostamos y siento que estás hecha para mí, que de algún modo me lo dicen tu rodilla y tu vientre, que mis manos me convencen de ello, y que no hay otro lugar en donde yo me venga, a donde yo vaya, mejor que tu cuerpo. Tú vienes toda entera a mi encuentro, y los dos desaparecemos un instante, nos metemos en la boca de Dios, hasta que yo te digo que tengo hambre o sueño.
Todos los días te quiero y te odio irremediablemente. Y hay días también, hay horas, en que no te conozco, en que me eres ajena como la mujer de otro. Me preocupan los hombres, me preocupo yo, me distraen mis penas. Es probable que no piense en ti durante mucho tiempo. Ya ves. ¿Quién podría quererte menos que yo, amor mío?
Jaime Sabines, Diario semanario y poemas en prosa, 1961
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Ver todas las entradasHola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente JUBILADO. Mi último destino fue la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.
Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!
