Comentario
El último brindis de Nicanor Parra
En “El último brindis”, Nicanor Parra medita sobre el tiempo: alguien alza la copa no para celebrar una plenitud, sino para pensar, con ironía y lucidez, en lo único que parece quedar al alcance, ese “mañana” que siempre se anuncia y nunca termina de llegar. Publicado en Canciones rusas, el poema avanza con la naturalidad de una conversación inteligente y deja desde el principio una impresión muy característica de la antipoesía: la gran reflexión filosófica no aparece envuelta en solemnidad, sino en una voz cercana, razonadora y aparentemente sencilla.
El tema principal es el tiempo humano y, más en concreto, la extraña fragilidad de aquello que se cree poseer. El poema empieza ordenando la experiencia en tres posibilidades, “el ayer, el presente y el mañana”, pero enseguida desmonta esa seguridad inicial. Ahí está una de sus claves más atractivas: el texto parece construir una verdad estable y, al momento siguiente, la corrige. Esa forma de avanzar, basada en afirmaciones que se revisan y se reducen, produce un efecto muy expresivo, porque imita el pensamiento cuando piensa de verdad, cuando duda, rectifica y vuelve a empezar. El tono combina humor filosófico y melancolía: hace sonreír por su lógica casi de demostración casera, pero al mismo tiempo deja un poso serio al recordar que “el presente no existe” y que la juventud, como ese presente, se escapa en cuanto parece vivirse.
Una de las imágenes más felices del poema aparece en la rosa: “a la rosa que ya se deshojó / no se le puede sacar otro pétalo”. La metáfora es muy clara y no necesita oscuridad para resultar profunda. Lo perdido no puede recuperarse, y el pasado, por mucho que siga vivo en la memoria, ya no está disponible para la acción. También el brindis final funciona como símbolo. Normalmente se brinda por algo presente o alcanzable; aquí, en cambio, se brinda por “ese día que no llega nunca”. El gesto conserva su apariencia festiva, pero encierra una paradoja, es decir, una unión de ideas que chocan entre sí y, sin embargo, revelan una verdad. Se celebra lo que nunca se posee del todo. Esa tensión entre celebración y carencia le da al poema una vibración muy particular.
También importa mucho la repetición. Expresiones como “Y ni siquiera tres” y “Y ni siquiera dos” van estrechando el horizonte, como si el poema desmontara, peldaño a peldaño, las ilusiones con las que se organiza la vida. Esa estructura repetitiva no pesa: al contrario, crea ritmo y refuerza la sensación de que la voz poética piensa en voz alta. En lugar de ofrecer una sentencia grandilocuente, el poema prefiere el razonamiento escalonado, casi conversacional, tan propio de Nicanor Parra. Por eso el texto puede recordar, de lejos, ciertos poemas meditativos que reflexionan sobre el paso del tiempo, pero aquí esa tradición aparece pasada por un filtro desacralizador: no hay ornamento elevado, sino una dicción sobria, irónica y muy viva.
Esa manera de hablar de asuntos decisivos con palabras corrientes es una de las grandes virtudes del poema. La reflexión filosófica, en vez de separarse de la experiencia diaria, nace de ella. El “filósofo” al que se alude no aparece como una autoridad distante, sino como una voz incorporada a un discurso que mezcla saber y habla común. Ahí se reconoce bien la operación literaria de Parra: rebajar la altura retórica de la poesía para que el pensamiento entre con más libertad. Lo que queda al final no es una moraleja cerrada, sino una intuición inquietante y fértil: se vive sostenido por el porvenir, aunque ese porvenir sea siempre aplazado. En ese último alzar la copa resuenan a la vez la esperanza, la ironía y una forma muy humana de aceptar que la vida transcurre entre lo que ya no está y lo que todavía no llega.
Audio: Víctor Villoria. ✉️
Lo queramos o no
sólo tenemos tres alternativas:
el ayer, el presente y el mañana.
Y ni siquiera tres
porque como dice el filósofo
el ayer es ayer
nos pertenece sólo en el recuerdo:
a la rosa que ya se deshojó
no se le puede sacar otro pétalo.
Las cartas por jugar
son solamente dos:
el presente y el día de mañana.
Y ni siquiera dos
porque es un hecho bien establecido
que el presente no existe
sino en la medida en que se hace pasado
y ya pasó…,
como la juventud.
En resumidas cuentas
sólo nos va quedando el mañana:
yo levanto mi copa
por ese día que no llega nunca
pero que es lo único
de lo que realmente disponemos.
Nicanor Parra, Canciones rusas, 1967
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Ver todas las entradasHola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente JUBILADO. Mi último destino fue la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.
Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!
