A un olmo seco de Antonio Machado

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By Víctor Villoria

A un olmo seco de Antonio Machado

En Antonio Machado, la emoción más honda suele avanzar disfrazada de paisaje. En “A un olmo seco”, incluido en Campos de Castilla, la contemplación de un árbol viejo y dañado acaba revelando algo mucho más íntimo: la necesidad de aferrarse a un signo de vida cuando la enfermedad y la pérdida amenazan con imponer su silencio.

Leído a la luz de la biografía del poeta, el poema cobra una intensidad especial por su relación con la enfermedad de Leonor Izquierdo, esposa de Machado, que enfermó gravemente de tuberculosis en 1911 y murió en 1912. Esa cercanía de la muerte ayuda a entender por qué la rama que reverdece no aparece solo como un detalle natural, sino como una imagen cargada de anhelo, casi como una súplica contenida ante la posibilidad de un milagro. El poema no menciona a Leonor de forma explícita, pero su sombra emocional atraviesa los versos y les da una hondura dolorosamente humana.

El tema principal es, así, la tensión entre la destrucción y la esperanza. El olmo está “hendido por el rayo”, “podrido”, “carcomido y polvoriento”: todo en él parece anunciar un final próximo. Sin embargo, “algunas hojas verdes” bastan para alterar por completo el sentido del poema, porque introducen la idea de que la vida puede abrirse paso incluso en aquello que parecía definitivamente vencido.

Ese contraste da forma al tono, que mezcla serenidad descriptiva, melancolía y una emoción contenida que solo al final se declara abiertamente. Machado no exagera el dolor ni convierte el poema en una confidencia desgarrada; prefiere demorarse en la visión del tronco, en el musgo, en las hormigas, en las arañas, como si necesitara mirar de frente la degradación para poder conceder valor verdadero a ese brote inesperado. La sobriedad expresiva vuelve más conmovedor el desenlace, porque la esperanza no nace de una ilusión fácil, sino del reconocimiento pleno de la ruina.

También resulta muy significativa la repetición de “antes que”, que encadena los posibles finales del olmo: el hacha, el fuego, el torbellino, la corriente del río. Esa repetición funciona como una cuenta atrás y da al poema una sensación de urgencia, como si el tiempo se estrechara. En ese contexto, “anotar en mi cartera / la gracia de tu rama verdecida” equivale a salvar un instante frágil, a fijar por escrito una posibilidad de vida antes de que desaparezca.

Por eso los últimos versos son tan decisivos: “Mi corazón espera / también, hacia la luz y hacia la vida, / otro milagro de la primavera”. Ese “también” une al poeta con el árbol y convierte el paisaje en confidencia. Lo que se había presentado como descripción se revela entonces como símbolo: el olmo representa una existencia amenazada que, pese a todo, todavía puede reverdecer; y en esa esperanza late con claridad la angustia amorosa de Machado ante la enfermedad de Leonor, así como el deseo, tan humano como imposible de medir, de que la vida desmienta por una vez su desenlace más temido.

A la vez, el poema encaja muy bien en la sensibilidad de la Generación del 98, donde el paisaje castellano deja de ser un fondo inmóvil para convertirse en espejo de una conciencia. En Machado, esa operación tiene una delicadeza singular: la naturaleza no ilustra una idea previa, sino que la despierta. El olmo del Duero, humilde y casi desahuciado, termina siendo una de las imágenes más memorables de la poesía española precisamente porque en él se cruzan la belleza sobria del mundo real, la herida biográfica del poeta y la obstinada fe en que aún pueda llegar “otro milagro de la primavera”.

Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.

¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.

No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.

Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas de alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.

Antonio Machado, Campos de Castilla, 1912

Autor

  • Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.

    Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!

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