Comentario
La ermita de San Simón
En Sevilla, según dicen, existe una ermita dedicada a San Simón, un lugar al que acuden las damas a hacer oración. Pero cuando una de ellas, descrita como la más hermosa de todas, entra en el templo, su presencia lo transforma todo. Lleva varias sayas superpuestas y un mantillo de tornasol, sus labios parecen endulzados, su rostro blanco está levemente coloreado y sus ojos garzos realzados con alcohol. Al entrar en la ermita, relumbra como el sol, y su belleza es tal que distrae completamente al abad que celebra la misa: no puede continuar con el oficio, los monacillos que le ayudan se equivocan en las respuestas y, en lugar de decir «amén», todos dicen «amor».
Este romance pertenece al romancero viejo, ese corpus de composiciones poéticas de transmisión oral que alcanzó gran popularidad en los siglos XV y XVI. Se trata de una pieza que explora con gracia y sutileza el choque entre lo sagrado y lo profano, un tema recurrente en la literatura medieval y renacentista que permitía reflexionar sobre las tensiones entre el deber religioso y los impulsos terrenales. El tono del poema es ligero y hasta ligeramente irónico, pues presenta una situación que, aunque aparentemente seria (la celebración de la misa), se ve completamente trastocada por la irrupción de la belleza femenina.
El tema principal es la fuerza perturbadora de la belleza y su capacidad para distraer incluso a aquellos que están dedicados a lo divino. La dama no hace nada deliberadamente provocador; simplemente existe, y su presencia física es tan impactante que interrumpe el orden ceremonial. Este motivo era frecuente en la tradición literaria medieval, donde la belleza femenina se describía a menudo como un poder casi sobrenatural capaz de desestabilizar el mundo masculino. Aquí, sin embargo, el tratamiento es especialmente juguetón: no hay condena moral explícita, sino más bien una observación divertida sobre la naturaleza humana y sus debilidades.
Desde el punto de vista formal, el romance emplea los recursos típicos del género: versos octosílabos con rima asonante en los pares, una métrica que facilita la memorización y la transmisión oral. La estructura del poema es esencialmente descriptiva y narrativa: primero se presenta el escenario (la ermita sevillana), luego se describe a la dama con gran detalle y, finalmente, se narran las consecuencias de su aparición. Esta progresión sencilla pero efectiva es característica del romancero tradicional.
La repetición es uno de los elementos más destacados del romance. La fórmula anafórica que se repite en varios versos —»en la su boca muy linda», «en la su cara muy blanca», «en los sus ojuelos garzos»— crea un efecto acumulativo que va intensificando el retrato de la dama. Este procedimiento, típico de la poesía oral, no solo ayuda a fijar el texto en la memoria, sino que también genera un ritmo hipnótico que refleja la fascinación que la mujer ejerce sobre quienes la contemplan. Cada repetición añade un nuevo detalle al retrato, construyendo paso a paso la imagen de una belleza idealizada según los cánones de la época: labios dulces, rostro blanco con ligero rubor, ojos claros (los «ojos garzos», es decir, de color entre azul y gris, eran especialmente valorados en la literatura medieval) y el uso de alcohol o kohol para realzarlos, un detalle que remite a prácticas de embellecimiento heredadas de la cultura árabe.
La mención de la vestimenta también es significativa. Las «sayas sobre sayas» y el «mantillo de un tornasol» —una tela que cambia de color según la luz— subrayan la riqueza y el refinamiento de la dama. No se trata de una mujer cualquiera, sino de alguien de cierta posición social, lo que añade otra capa de significado al poema: su presencia en la ermita puede interpretarse como un acto de devoción genuina, lo que hace aún más irónica la reacción de los clérigos.
El clímax humorístico se alcanza en los versos finales, cuando el abad no puede seguir con la misa, los monacillos se equivocan en sus respuestas y, en lugar de pronunciar el «amén» litúrgico, todos dicen «amor». Este juego de palabras —amén/amor— es el núcleo expresivo del poema. La sustitución de una palabra sagrada por otra profana simboliza perfectamente el desplazamiento que se ha producido: lo divino ha sido eclipsado por lo humano, el ritual religioso ha sido reemplazado por el sentimiento amoroso. La similitud fonética entre ambas palabras (ambas comienzan por «a» y tienen dos sílabas) refuerza la idea de que lo sagrado y lo profano están más cerca de lo que podría pensarse, y que la frontera entre ambos es frágil y permeable.
Este contraste entre el contexto religioso y la irrupción del deseo amoroso era un motivo recurrente en la literatura medieval y renacentista, que exploraba las tensiones entre la vida espiritual y las pasiones terrenales. Sin embargo, en este romance no hay dramatismo ni tragedia: el tono es más bien festivo y tolerante, como si el poeta —y su público— comprendieran y hasta simpatizaran con la debilidad de los clérigos. Esta actitud refleja una de las características del romancero tradicional: su capacidad para tratar temas serios con ligereza, combinando la crítica social (aquí, una suave burla de la fragilidad de los votos religiosos) con el entretenimiento.
En definitiva, «La ermita de San Simón» es un ejemplo brillante de cómo el romancero viejo podía conjugar sencillez formal y complejidad temática. Con recursos mínimos —repetición, descripción acumulativa, un ingenioso juego final de palabras— el poema logra crear una escena memorable que ha perdurado en la tradición oral durante siglos. Su encanto reside precisamente en esa mezcla de candidez aparente e ironía sutil, en su capacidad para hablar del poder del amor y la belleza sin solemnidad, pero también sin frivolidad, encontrando un equilibrio perfecto entre el humor y la reflexión sobre la condición humana.
Audio: Víctor Villoria
En Sevilla está una ermita
cual dicen de San Simón,
adonde todas las damas
iban a hacer oración.
Allá va la mi señora,
sobre todas la mejor,
saya lleva sobre saya,
mantillo de un tornasol,
en la su boca muy linda
lleva un poco de dulzor,
en la su cara muy blanca
lleva un poco de color,
y en los sus ojuelos garzos
lleva un poco de alcohol,
a la entrada de la ermita,
relumbrando como el sol.
El abad que dice misa
no la puede decir, no,
monacillos que le ayudan
no aciertan responder, no,
por decir: amén, amén,
decían: amor, amor.
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Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.
Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!
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