Comentario
Romance del enamorado y la muerte.
El Romance del enamorado y la muerte es una de las composiciones más conmovedoras y dramáticas del romancero viejo. El tema central es la lucha desesperada del amor contra la muerte, o más precisamente, el intento imposible de burlar el destino cuando este ya ha sido fijado. El romance plantea una situación límite: un joven recibe el aviso de que va a morir en una hora, y en ese brevísimo plazo intenta llegar hasta su amada para despedirse o, quizá, para encontrar junto a ella alguna forma de salvación. Pero todos sus esfuerzos son inútiles: los obstáculos se acumulan y, finalmente, la Muerte cumple su palabra.
El romance comienza con un sueño, un «soñito del alma mía», expresión que subraya la intimidad y la ternura del momento. En ese sueño, el joven tiene a su amor entre los brazos, una imagen de plenitud y felicidad. Pero esa felicidad es interrumpida bruscamente por la aparición de una figura blanca «más que la nieve fría». El color blanco, lejos de simbolizar pureza o inocencia, se asocia aquí con la muerte, con la palidez de los cadáveres y con el frío de la ausencia de vida. La pregunta del joven —¿cómo has entrado si todo está cerrado?— revela su perplejidad y su negación inicial de lo que está sucediendo.
La respuesta de la Muerte es directa y terrible: «No soy el amor, amante: / la Muerte que Dios te envía». Esta personificación de la Muerte como un ser que habla, que tiene voluntad y que puede negociar (aunque solo hasta cierto punto) es un recurso frecuente en la literatura medieval y renacentista. La Muerte no es aquí una fuerza abstracta, sino una figura concreta que aparece, dialoga y finalmente cumple su cometido. El hecho de que sea enviada por Dios añade una dimensión teológica: no se trata de un accidente o de una injusticia, sino de una determinación divina contra la cual no hay apelación posible.
El joven intenta negociar: pide un día, pero la Muerte solo le concede una hora. Esta negociación fallida subraya la urgencia absoluta que domina todo el romance. A partir de ese momento, cada verso cuenta: el joven se calza y se viste «muy deprisa», «más deprisa», y sale corriendo hacia la casa de su amada. La repetición de «deprisa» y el uso de verbos de movimiento rápido crean una sensación de apremio que mantiene al oyente en tensión.
Al llegar a la casa de su amor, el joven se encuentra con un nuevo obstáculo: la puerta está cerrada y la joven no puede abrirla porque su padre no ha salido y su madre no está dormida. Este detalle refleja las convenciones sociales de la época, que prohibían a las mujeres recibir visitas nocturnas de hombres sin la supervisión familiar. Pero aquí esas convenciones se convierten en una barrera insuperable en el momento más crítico. El joven insiste con palabras que revelan su desesperación: «Si no me abres esta noche, / ya no me abrirás, querida». La Muerte lo busca, y solo junto a ella encontraría vida. Esta paradoja —encontrar vida junto a la amada cuando la Muerte acecha— expresa la creencia en el poder redentor del amor.
La respuesta de la joven es una de las imágenes más hermosas y simbólicas del romance. Le propone que vaya bajo su ventana, donde ella borda y cose (actividades tradicionalmente femeninas que subrayan su reclusión doméstica), y le echará un cordón de seda para que suba. Y si el cordón no alcanza, añadirá sus propias trenzas. Este gesto tiene un valor simbólico profundo: las trenzas son uno de los atributos más personales e íntimos de una mujer, y ofrecerlas como medio de salvación es un acto de entrega total. El cabello, en muchas tradiciones, simboliza la fuerza vital, la identidad y la feminidad; cortarlo o arrancarlo es un sacrificio.
Pero el intento fracasa: «La fina seda se rompe». Esta ruptura es el momento culminante de la tragedia. Todos los esfuerzos del joven, toda la generosidad de la joven, toda la urgencia y la pasión, resultan inútiles ante el poder inexorable de la Muerte. La seda, símbolo de delicadeza y refinamiento, no puede sostener el peso del cuerpo ni detener el destino. La Muerte, que ha estado esperando (el romance dice «que allí venía», sugiriendo que la Muerte ha seguido al joven hasta ese lugar), pronuncia entonces su sentencia final: «Vamos, el enamorado, / que la hora ya está cumplida».
El romance termina aquí, sin describir la muerte misma ni la reacción de la joven. Este final abrupto es característico de muchos romances viejos y refuerza el impacto emocional: el oyente queda con la imagen del joven siendo llevado por la Muerte, sin saber qué sucedió después, sin consuelo ni redención.
La estructura del romance sigue la forma tradicional del romancero viejo: versos octosílabos con rima asonante en los pares. El ritmo es rápido, acorde con la urgencia de la acción, y el uso del diálogo directo —entre el joven y la Muerte, entre el joven y la amada— da vivacidad y dramatismo a la narración. El romance alterna narración y diálogo de manera fluida, manteniendo el interés y la tensión en todo momento.
Estamos, pues, ante una meditación poética sobre la inevitabilidad del destino y sobre los límites del amor humano. Por intenso que sea el sentimiento, por generoso que sea el sacrificio, hay realidades —la muerte, el tiempo, el destino— que no pueden ser vencidas. El romance no ofrece consuelo ni esperanza de trascendencia; simplemente narra, con una economía expresiva admirable, una tragedia en la que el amor y la muerte se enfrentan, y la muerte vence. Pero en ese enfrentamiento, el amor revela su grandeza: el joven no se resigna, lucha hasta el último momento; la joven está dispuesta a darlo todo, incluso sus trenzas, por salvar a su amado. Esa lucha, aunque inútil, dignifica a los personajes y convierte al romance en un testimonio conmovedor de la condición humana.
Audio: Víctor Villoria
Un sueño soñaba anoche
soñito del alma mía,
soñaba con mis amores,
que en mis brazos los tenía.
Vi entrar señora tan blanca,
muy más que la nieve fría.
“¿Por dónde has entrado, amor?
¿Cómo has entrado, mi vida?
Las puertas están cerradas,
ventanas y celosías”.
“No soy el amor, amante:
la Muerte que Dios te envía”.
“¡Ay, Muerte tan rigurosa,
déjame vivir un día!”
“Un día no puede ser,
una hora tienes de vida”.
Muy deprisa se calzaba,
más deprisa se vestía;
ya se va para la calle,
en donde su amor vivía.
“¡Ábreme la puerta, blanca,
ábreme la puerta, niña! “.
“¿Cómo te podré yo abrir
si la ocasión no es venida?
Mi padre no fue a palacio,
mi madre no está dormida”.
“Si no me abres esta noche,
ya no me abrirás, querida;
la Muerte me está buscando,
junto a ti vida sería”.
“Vete bajo la ventana
donde labraba y cosía,
te echaré cordón de seda
para que subas arriba,
y si el cordón no alcanzare,
mis trenzas añadiría”.
La fina seda se rompe;
la Muerte que allí venía:
“Vamos, el enamorado,
que la hora ya está cumplida”.
Anónimo, versión de Menéndez Pidal, Flor nueva de romances viejos.
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Ver todas las entradasHola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.
Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!











