Romance del infante Arnaldo

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By Víctor Villoria

Romance del infante Arnaldo

Una mañana de San Juan, el infante Arnaldos sale a cazar con su halcón cuando presencia algo extraordinario: una galera que se acerca a tierra, con velas de seda, jarcia de oro torzal, áncoras de plata y tablas de fino coral. El marinero que la guía viene cantando una canción tan prodigiosa que calma el mar, amaina los vientos, hace subir a los peces del fondo y atrae a las aves hasta el mástil. Fascinado, Arnaldos le ruega que le enseñe ese cantar, pero el marinero responde con una negativa tajante: solo canta su canción para quienes van con él. Y ahí termina el romance, dejando al oyente con la misma inquietud y deseo insatisfecho que debió sentir el propio infante.

El romancero viejo nos legó muchas obras maestras, pero pocas tan misteriosas y sugestivas como esta. El Romance del Infante Arnaldos es una de esas composiciones que, precisamente por no decirlo todo, consigue decir mucho más. La fecha elegida para el encuentro no es casual: la mañana de San Juan, el día del solsticio de verano, estaba asociada en la cultura tradicional española con la magia, los encantamientos y los fenómenos prodigiosos. Era el momento del año en que las fronteras entre el mundo ordinario y el extraordinario se volvían más permeables, cuando podían suceder cosas imposibles.

El tema central del romance es el encuentro con lo maravilloso y la imposibilidad de acceder a ciertos conocimientos. La galera no es un barco cualquiera: sus materiales preciosos (oro, plata, coral, seda) la sitúan en un plano que trasciende lo cotidiano. No se trata de una embarcación comercial ni militar, sino de un símbolo de riqueza soñada, de un objeto que parece proceder de otro mundo. Y el marinero que la conduce posee un poder aún más extraordinario: su canto ejerce un dominio absoluto sobre la naturaleza. No se limita a entretener o emocionar; transforma el orden natural de las cosas, sometiendo el mar, el viento y los animales a su voluntad.

Esta idea del canto mágico tiene profundas raíces en la tradición literaria occidental. Desde Orfeo en la mitología griega hasta las sirenas de la Odisea, el canto que modifica la realidad ha sido un motivo recurrente para expresar el poder del arte y del lenguaje. Aquí, sin embargo, el elemento mágico no se presenta como amenaza, sino como revelación de un saber oculto: el marinero conoce algo que está fuera del alcance común, algo que solo puede compartirse con quienes han sido iniciados o han aceptado emprender el viaje con él.

La estructura del romance es especialmente interesante. Está compuesto en versos octosílabos con rima asonante en los pares, la forma métrica característica del romancero tradicional. Los primeros versos establecen el tono mediante una fórmula que destaca la excepcionalidad del momento: «¡Quién hubiera tal ventura…!», una expresión que subraya lo extraordinario de lo que está a punto de narrarse. Luego, el poema avanza de manera gradual y acumulativa: primero describe al infante saliendo de caza, después la aparición de la galera con sus materiales preciosos (en una enumeración que se extiende varios versos), a continuación el poder del canto del marinero sobre la naturaleza (de nuevo con varios ejemplos paralelos), y finalmente el breve diálogo entre Arnaldos y el marinero.

Esa acumulación de detalles maravillosos crea un efecto de crescendo que prepara el momento crucial: la petición del infante y la respuesta del marinero. El diálogo es conciso pero cargado de significado. Arnaldos formula su ruego con cortesía («Por tu vida, el marinero, / dígasme ora ese cantar»), pero la respuesta es terminante y establece una frontera infranqueable: «Yo no canto mi canción / sino a quién conmigo va». Esta negativa final es lo que convierte al romance en una obra fragmentaria en sentido profundo: no porque el texto esté incompleto (aunque algunos críticos han especulado con esa posibilidad), sino porque el conocimiento al que apunta permanece inaccesible.

El final abierto ha generado múltiples interpretaciones a lo largo de los siglos. Algunos han visto en el romance una alegoría del conocimiento místico o esotérico, que solo se revela a quienes están dispuestos a emprender el viaje iniciático. Otros lo han leído como una reflexión sobre la naturaleza del arte y la poesía: el canto del marinero sería entonces una metáfora del saber poético, que no puede transmitirse mediante explicaciones racionales, sino que exige una experiencia directa, una entrega total. Sea cual sea la lectura que se privilegie, lo cierto es que el romance plantea una cuestión fundamental: hay realidades, saberes o experiencias que no pueden poseerse desde fuera, que requieren una participación activa, un compromiso existencial.

La figura del infante Arnaldos también merece atención. No es un personaje pasivo: sale a cazar, es decir, está en actitud de búsqueda, aunque no sabe todavía qué va a encontrar. Su reacción ante el prodigio es inmediata y humana: pide conocer el secreto. Pero su petición no es correspondida. Arnaldos queda en la orilla, contemplando algo que no puede alcanzar. Esta situación de deseo insatisfecho es precisamente lo que da al romance su fuerza emocional y su capacidad de sugerencia. El lector o el oyente se identifica con Arnaldos: también él ha presenciado el prodigio, también él querría conocer el cantar, y también a él se le niega el acceso.

En definitiva, el Romance del Infante Arnaldos es una de las piezas más logradas del romancero tradicional porque consigue expresar, con medios mínimos, una experiencia que muchos poetas posteriores han tratado de capturar: el encuentro con lo inefable, con aquello que se resiste a ser poseído o explicado. El romance no cierra su significado; al contrario, lo deja abierto, suspendido, como la galera que se aleja sin revelar su secreto. Y en esa apertura radica su misterio y su perdurable fascinación.

Audio: Jesús Javier

¡Quién hubiera tal ventura
sobre las aguas del mar
como hubo el infante Arnaldos
la mañana de San Juan!
Yendo a buscar la caza
para su falcón cebar,
vio venir una galera
que a tierra quiere llegar;
las velas trae de sedas,
la ejarcia de oro torzal,
áncoras trae de plata,
tablas de fino coral.
Marinero que la guía,
diciendo viene un cantar,
que la mar ponía en calma,
los vientos hace amainar;
los peces que andan al fondo,
arriba los hace andar;
las aves que van volando,
al mástil vienen posar.
Allí habló el infante Arnaldos,
bien oiréis lo que dirá:
—Por tu vida, el marinero,
dígasme ora ese cantar.
Respondiole el marinero,
tal respuesta le fue a dar:
—Yo no canto mi canción
sino a quién conmigo va.

Autor

  • Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.

    Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!

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