Comentario
Brindis de Gerardo Diego
En “Brindis”, de Gerardo Diego, la poesía entra en una celebración amistosa con una naturalidad encantadora: nace como un discurso de agradecimiento y, casi sin que se note, se convierte en una pequeña escena de vocación, humor y esperanza. El poema pertenece a Versos humanos, libro premiado en 1925 y muy representativo de esa manera tan característica del autor de unir cercanía expresiva, cultura literaria y una emoción que nunca necesita volverse solemne para resultar honda.
Su tema principal es la vocación del maestro, entendida no como rutina profesional, sino como confianza en que la enseñanza puede dejar una huella viva en otra persona. El hablante imagina primero el lado menos brillante del oficio —los alumnos distraídos, los “cursos monótonos y prolijos”, la distancia respecto a “este Santander mío”—, pero esa perspectiva gris se ilumina de pronto con la aparición de “un verdadero discípulo”, figura que concentra el deseo más íntimo del poema: formar a alguien sin copiarse en él, ayudarle a ser “distinto de mí y de todos: él mismo”, una idea especialmente moderna y generosa del magisterio.
El tono se mueve con mucha gracia entre lo conversacional y lo lírico. Desde el arranque, cuando se anuncia que podría limitarse a decir “muchas gracias” y sentarse “pero sin ripios”, aparece un humor ligero y culto: “ripios” son los versos de relleno, los que se añaden solo para completar la rima o el metro, y al mencionarlos el poema juega con la idea de improvisar una intervención poética sin caer en la falsa grandilocuencia. Esa soltura enlaza muy bien con la estética de la Generación del 27, grupo al que pertenece el autor y que se caracterizó, entre otras cosas, por combinar tradición y renovación, cultura literaria y frescura expresiva.
También resulta muy reveladora la red de referencias culturales que atraviesa el poema. Cuando el futuro profesor enumera que hablará de “versos y de hemistiquios”, de Dante, de Shakespeare y de Moratín, no está exhibiendo erudición por adorno, sino dibujando el mundo de la literatura como una tradición viva que quiere transmitir. “Hemistiquio”, por ejemplo, es cada una de las dos mitades en que puede dividirse un verso largo, y su presencia junto a “pluscuamperfectos” y “participios” mezcla la música de la poesía con la precisión de la gramática, como si enseñar lengua y enseñar literatura formaran parte de una misma pasión.
Una de las claves más hermosas de lectura está en las repeticiones. La insistencia en “amigos”, en “discípulo” y, sobre todo, en “el hijo, / el hijo” va estrechando el poema hasta conducirlo a un remate afectuoso e inesperado: el brindis no se alza por una abstracción, sino por la posibilidad de que ese alumno ideal surja precisamente del círculo de amistad que celebra al poeta. Así, la escena pública del homenaje termina convertida en algo casi familiar, y la enseñanza aparece como un legado que une amistad, tiempo y futuro.
Hay además un delicado simbolismo en imágenes como “moldearé su alma de niño”, “mis dedos rígidos” o “mi llama lírica prenda en su corazón virgíneo”. No conviene leerlas de forma enfática, sino como metáforas muy claras del acto educativo: “moldear” no significa imponer una forma cerrada, porque el propio poema corrige esa posibilidad al desear que el discípulo llegue a ser “él mismo”; y la “llama lírica” sugiere la transmisión de una pasión interior, una chispa creadora que pasa de una conciencia a otra sin dejar de pertenecer del todo a ninguna.
Por eso “Brindis” se disfruta tanto: bajo su apariencia ocasional, casi improvisada, guarda una pequeña poética de la enseñanza y de la literatura. En un libro como Versos humanos, asociado a la vertiente más tradicional y cercana de Gerardo Diego, el poema resume muy bien una de sus virtudes mayores: convertir la experiencia cotidiana en emoción verbal limpia, inteligente y hospitalaria, de modo que la cultura no pesa, sino que acompaña.
Audio: Víctor Villoria. ✉️
A mis amigos de Santander que festejaron
mi nombramiento profesional.
Debiera ahora deciros: —«Amigos,
muchas gracias», y sentarme, pero sin ripios.
Permitidme que os lo diga en tono lírico,
en verso, sí, pero libre y de capricho.
Amigos:
dentro de unos días me veré rodeado de chicos,
de chicos torpes y listos,
y dóciles y ariscos,
a muchas leguas de este Santander mío,
en un pueblo antiguo,
tranquilo
y frío,
y les hablaré de versos y de hemistiquios,
y del Dante, y de Shakespeare, y de Moratín (hijo),
y de pluscuamperfectos y de participios,
y el uno bostezará y el otro me hará un guiño.
Y otro, seguramente el más listo,
me pondrá un alias definitivo.
Y así pasarán cursos monótonos y prolijos.
Pero un día tendré un discípulo,
un verdadero discípulo,
y moldearé su alma de niño
y le haré hacerse nuevo y distinto,
distinto de mí y de todos: él mismo.
Y me guardará respeto y cariño.
Y ahora os digo:
amigos,
brindemos por ese niño,
por ese predilecto discípulo,
por que mis dedos rígidos
acierten a moldear su espíritu,
y mi llama lírica prenda en su corazón virgíneo,
y por que siga su camino
intacto y limpio,
y porque este mi discípulo,
que inmortalice mi nombre y mi apellido,
… sea el hijo,
el hijo
de uno de vosotros, amigos.
Gerardo Diego, Versos humanos, 1925
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Autor
Ver todas las entradasHola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.
Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!






