Comentario
Al cumplir 23 años de Felipe Benítez Reyes
En este poema de Felipe Benítez Reyes, incluido en Los vanos mundos (1985), la voz poética se detiene ante una incertidumbre doble: no sabe con precisión qué ha perdido del pasado ni qué le aguarda en el porvenir. Esa ignorancia no nace de la indiferencia, sino de una conciencia dolorosamente despierta. Al intentar ordenar los recuerdos y reconciliarse con su “corto pasado”, descubre que la vida se resiste a ser comprendida como un relato claro y coherente.
El poema avanza desde una reflexión aparentemente cotidiana —“el orden trivial de aquellas cosas”— hacia una inquietud más profunda. Aquello que daba sentido a la existencia se presenta como algo difícil de identificar y de conservar. La vida es definida mediante una imagen muy sugerente: “ese halago cruel y delicado”. El “halago” nombra su capacidad de seducir y prometer plenitud; los adjetivos “cruel” y “delicado”, en cambio, expresan su fragilidad y su capacidad de herir. La existencia aparece como un bien precioso, pero también como una experiencia imposible de poseer plenamente.
La memoria ocupa el centro emocional del texto. No llega como un refugio cálido, sino como “la forma más fría” del tiempo. El pasado vuelve con una nitidez excesiva y obliga al hablante a contemplar aquello que ya no puede recuperar. La comparación con quien regresa “de un viaje marcado / por la degradación” convierte el paso de los años en una travesía de desgaste: el tiempo no solo acumula vivencias, también erosiona las ilusiones con las que se inició el camino. Por eso la edad recordada se percibe como “abstracta y ajena”, cercana por pertenecer al propio pasado, pero extraña porque ya no puede reconocerse del todo como propia.
El verso “Es invierno en el alma cuando el alma recuerda” condensa esa visión con una metáfora transparente y poderosa. El invierno simboliza el frío, la inmovilidad y la pérdida de vida aparente; trasladado al interior, describe una memoria que enfría el presente. No obstante, el poema no condena el recuerdo por completo. La memoria “aligera” los detalles del pasado “por miedo a enloquecernos”: selecciona, borra y atenúa para hacer soportable lo vivido. Así, recordar implica al mismo tiempo recuperar y perder, preservar unas imágenes mientras se deja desaparecer una parte incalculable de la experiencia.
La nostalgia sostiene un “tiempo espectral”, es decir, un pasado que parece conservar una presencia fantasmal. La imagen de la “nave que no vuelve” enlaza con una larga tradición literaria en la que el viaje representa el curso irreversible de la vida: el pasado se aleja como un barco que ha zarpado definitivamente. Frente a ese tiempo perdido, los “futuros posibles” resultan “ordinarios”; no ofrecen la grandeza imaginada en la adolescencia, sino cansancio, repetición y desencanto. El poema enfrenta el ideal juvenil de una “existencia noble” con la sospecha adulta de que la vida cotidiana rebaja incluso las aspiraciones más altas.
La composición se cierra retomando, casi literalmente, la incertidumbre del comienzo: “Lo que haya de venir yo no lo sé” y “Lo que habrá de venir yo no lo sé”. Esta repetición circular no resuelve la inquietud, sino que la vuelve más intensa. Entre ambas afirmaciones se alza una pregunta de tono dramático: “¿Y pagaré mi precio, y arrojaré mi alma / a los perros que aúllan en la noche sola de la vida?”. Los perros, asociados al aullido nocturno, encarnan una amenaza oscura e imprecisa; pueden leerse como símbolo del sufrimiento, del miedo o de la destrucción que acompaña a toda vida. El poema concluye sin respuestas, pero con una lucidez que convierte la incertidumbre en materia poética: ante un pasado incompleto y un futuro desconocido, solo permanece la conciencia de estar viviendo.
Audio: Víctor Villoria. ✉️
Lo que sin duda he perdido no lo sé.
Y debe de ser bastante, porque ahora que intento
poner en claro el orden trivial de aquellas cosas
que al parecer ostentan el raro privilegio
de dar algún sentido a la existencia,
ahora que intento, en fin, reconciliarme
con mi corto pasado, me asalta la sospecha
de que nunca he sabido qué es en verdad la vida,
ese halago cruel y delicado, esa miniatura
de excesivos detalles (que el recuerdo aligera
por miedo a enloquecernos).
Y como quien regresa de un viaje marcado
por la degradación, el tiempo a mí regresa
en su forma más fría: la memoria,
y así puedo alejarme hacia una edad mejor,
sentida como abstracta y como ajena.
Es invierno en el alma cuando el alma recuerda.
Y he recordado tantas cosas de pronto, con tanta nitidez,
que me obligo a pensar que hubo algo de vano en el vivir
si sólo la nostalgia ya sustenta
ese tiempo espectral, embarcado en la nave que no vuelve.
La ordinariez de todos los futuros posibles
desasosiega y cansa, destruye y trivializa
el sueño adolescente de una existencia noble.
Lo que haya de venir yo no lo sé.
¿Y pagaré mi precio, y arrojaré mi alma
a los perros que aúllan en la noche sola de la vida?
Lo que habrá de venir yo no lo sé.
Felipe Benítez Reyes, Los vanos mundos, 1985
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Autor
Ver todas las entradasHola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente JUBILADO. Mi último destino fue la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.
Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!









