Comentario
Dime padre común de Bartolomé Argensola
La voz poética alza una pregunta dolorosa ante Dios: si su justicia gobierna el mundo, ¿por qué la inocencia soporta “prisiones” mientras la “fraude” asciende hasta un “tribunal augusto”? El poema de Bartolomé Leonardo de Argensola convierte esa inquietud, nacida al contemplar el triunfo de la injusticia, en una meditación sobre los límites de la mirada humana. La respuesta llega al final con la aparición de una “celestial ninfa”, que desmonta la desesperación mediante una pregunta decisiva: “¿es la tierra el centro de las almas?”.
El tema central es el problema de la justicia en un mundo aparentemente injusto. El hablante no formula una duda fría o abstracta, sino que interpela a Dios con vehemencia y acumula interrogaciones: “¿por qué ha de permitir tu providencia?”, “¿Quién da fuerzas al brazo…?”. La “providencia” es el gobierno divino del mundo; por eso la protesta adquiere una intensidad especial, pues parece imposible conciliar la bondad de Dios con la victoria visible de quienes obran mal. El poema recoge así una de las grandes preguntas de la tradición religiosa y moral: por qué sufren quienes obran bien y prosperan quienes merecerían castigo.
La oposición entre “inocencia” y “fraude”, entre “virtud” y “manos inicuas”, organiza todo el soneto. Son palabras que presentan el mundo como un espacio invertido: la virtud “gimiendo” queda sometida, mientras las manos culpables levantan “victoriosas palmas”, símbolo tradicional del triunfo. Esa imagen resulta amarga porque transforma un gesto de celebración en la prueba de un desorden moral. La repetición de términos vinculados al padecimiento —“arrastrando”, “gima”, “gimiendo”— sostiene un tono de indignación que no se resigna fácilmente ante lo que contempla.
En los ocho primeros, las preguntas se suceden sin encontrar alivio; en el primero de los tercetos, la voz presenta la escena de la injusticia como un hecho compartido mediante el verbo “vemos”. El giro llega entonces de forma teatral y luminosa: “cuando, riendo, / celestial ninfa apareció”. La risa de esa figura no expresa crueldad, sino la serenidad de quien contempla una realidad más amplia que la visible desde la tierra.
La “celestial ninfa” mezcla el imaginario clásico con la visión cristiana del más allá. Su apelación, “¡Ciego!”, no pretende humillar al hablante, sino señalar que su sufrimiento nace de una perspectiva incompleta: juzga el destino de las almas solo por lo que ocurre en la vida terrenal. El verso final propone que la justicia última no tiene por qué manifestarse de inmediato en los tribunales, las victorias o los fracasos del mundo. De ese modo, el poema no niega el dolor de la injusticia, pero invita a situarlo ante una esperanza que rebasa el tiempo presente.
La gravedad del asunto y el gusto por el contraste acercan estos versos al Barroco, movimiento especialmente atento a las apariencias engañosas, la inestabilidad de la fortuna y la fragilidad de los juicios humanos. También resuena en ellos la tradición bíblica de las quejas dirigidas a Dios, en particular la del libro de Job y la de los salmos, donde la fe no excluye la protesta ante el sufrimiento. Bartolomé Leonardo de Argensola convierte esa antigua pregunta en un final memorable: la aparente derrota de la virtud no equivale necesariamente a su derrota verdadera.
Audio: Víctor Villoria. ✉️
«Dime, Padre común, pues eres justo,
¿por qué ha de permitir tu providencia,
que, arrastrando prisiones la inocencia,
suba la fraude a tribunal augusto?
¿Quién da fuerzas al brazo, que robusto
hace a tus leyes firme resistencia,
y que el celo, que más las reverencia,
gima a los pies del vencedor injusto?
Vemos que vibran victoriosas palmas
manos inicuas, la virtud gimiendo
del triunfo en el injusto regocijo.»
Esto decía yo, cuando, riendo,
celestial ninfa apareció, y me dijo:
«¡Ciego!, ¿es la tierra el centro de las almas?»
Bartolomé Argensola,
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Autor
Ver todas las entradasHola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente JUBILADO. Mi último destino fue la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.
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