Comentario
Dactilógrafo de Mario Benedetti
En “Dactilógrafo”, Mario Benedetti convierte una escena aparentemente gris de oficina en un territorio sorprendentemente vivo: mientras las fórmulas de una carta comercial avanzan con su mecánica precisión, irrumpen los recuerdos de una infancia montevideana, “absolutamente verde y con tranvías”. El poema pertenece a Poemas de la oficina, libro escrito entre 1953 y 1956, y propone una mirada muy característica de Benedetti: la atención a las vidas corrientes, a los trabajos repetitivos y a todo aquello que, incluso dentro de la rutina, se resiste a quedar reducido a un expediente.
El tema central es el choque entre la rutina burocrática y la vida interior. Por un lado, aparecen expresiones impersonales y administrativas como “muy señor nuestro por la presente”, “hemos efectuado por su cuenta” o “rogámosle acusar recibo”; por otro, esas frases se ven atravesadas por recuerdos, miedos infantiles, juegos y sensaciones de la ciudad. El dactilógrafo no logra —o quizá no desea— separar por completo ambas zonas. Sus dedos pueden seguir una carta de negocios, pero su conciencia viaja hacia la casa, la madre que enciende la luz, las sombras nocturnas, el Prado y el olor de los eucaliptos.
La forma del poema hace visible ese conflicto. No hay puntuación que ordene con claridad las voces ni versos regulares que impongan una música estable; los fragmentos de la carta se mezclan con el monólogo íntimo. Ese procedimiento produce una especie de montaje, es decir, una composición hecha mediante cortes y aproximaciones entre materiales distintos, como si la máquina de escribir hubiera dejado pasar al papel no solo el texto que debía copiarse, sino también lo que el empleado piensa mientras trabaja. La sintaxis administrativa, rígida y convencional, queda así alterada por una memoria que no obedece a los mismos horarios.
La repetición de “verde / absolutamente verde y con tranvías” funciona como un estribillo de la memoria. El verde no es únicamente un color: concentra una experiencia de plenitud, movimiento y promesa. Frente al lenguaje abstracto de los “trescientos doce pesos”, de la “cuenta corriente” y de las “órdenes”, Montevideo surge como un lugar sensorial: tiene tranvías, calles que bajan, hojas secas, eucaliptos y una hora temprana. La ciudad recordada aparece iluminada por la infancia, aunque el poema no la idealiza de un modo ingenuo: también estaban el miedo, las sombras y la inquietud de la noche.
En ese recuerdo infantil destaca una imagen especialmente poderosa: el niño teme “caer como piedra en un pozo”, es decir, desaparecer o perder el sostén de lo que le da identidad. Sin embargo, las sombras que imagina —“caballos / y elefantes y monstruos casi hombres”— resultan preferibles a pensarse “sin la savia del miedo”. La expresión sugiere que incluso el miedo forma parte de estar vivo: es una savia, una energía que circula por dentro. El adulto que escribe en la oficina parece comprender que una existencia enteramente protegida de la emoción, sometida solo a trámites y fórmulas, corre el riesgo de volverse más vacía que aquellas antiguas noches de terror.
También llama la atención el juego del niño con los números de las puertas: si una calle terminaba en “cuatro o trece o diecisiete”, podía significar “reír o perder o morirme”. La imaginación transforma el espacio urbano en una apuesta secreta. Más tarde, esa misma ciudad queda enfrentada al mundo de la contabilidad, donde los números ya no abren posibilidades imaginarias, sino que registran pagos y deudas. El poema contrapone así dos maneras de relacionarse con la realidad: la infancia convierte los números en señales de destino; la oficina los convierte en cifras de una operación comercial.
El tono combina melancolía, ternura y una ironía muy discreta. La solemnidad del lenguaje empresarial resulta casi cómica cuando se incrusta entre evocaciones íntimas, pero la sonrisa no elimina el desasosiego. Bajo la carta mecanografiada se percibe la distancia entre el presente laboral y una ciudad que parece alejarse con los años. El cierre, “y desde allí los años y quién sabe”, no ofrece una conclusión tranquilizadora: deja abierta la pregunta por el tiempo transcurrido, por lo que se conserva y por lo que se pierde.
Situado en el ambiente cultural de la Generación del 45, a la que suele vincularse Benedetti, “Dactilógrafo” se aleja de la poesía grandilocuente para encontrar materia poética en una oficina, una carta rutinaria y una conciencia distraída. Su logro consiste en demostrar que la vida cotidiana nunca es del todo rutinaria: bajo cada fórmula aprendida, cada trámite y cada golpe de tecla pueden persistir una ciudad verde, una infancia llena de sombras y una pregunta íntima que ningún documento administrativo consigue archivar.
Correo: Víctor Villoria. ✉️
Montevideo quince de noviembre
de mil novecientos cincuenta y cinco
Montevideo era verde en mi infancia
absolutamente verde y con tranvías
muy señor nuestro por la presente
yo tuve un libro del que podía leer
veinticinco centímetros por noche
y después del libro del que podía leer
y yo quería pensar en cómo sería eso
de no ser de caer como piedra en un pozo
comunicamos a usted que en esta fecha
hemos efectuado por su cuenta
quién era ah sí mi madre se acercaba
y prendía la luz y no te asustes
y después la apagaba antes que no durmiera
el pago de trescientos doce pesos
a la firma Menéndez & Solari
y sólo veía sombras como caballos
y elefantes y monstruos casi hombres
y sin embargo aquello era mejor
que pensarme sin la savia del miedo
desaparecido como se acostumbra
en un todo de acuerdo con sus órdenes
de fecha siete del corriente
eran tan diferente era verde
absolutamente verde y con tranvías
y qué optimismo tener la ventanilla
sentirse dueño de la calle que baja
lugar con los números de las puertas cerradas
y apostar consigo mismo en términos severos
rogámosle acusar recibo lo ante posible
si terminaba en cuatro o trece o diecisiete
era que iba a reír o a perder o a morirme
de esta comunicación a fin de que podamos
y hacerme tan sólo una trampa por cuadra
registrarlo en su cuenta corriente
absolutamente verde y con tranvías
y el Prado con caminos de hojas secas
y el olor a eucaliptus y a temprano
saludamos a usted atentamente
y desde allí los años y quién sabe.
Mario Benedetti, Poemas de la oficina, 1953-56
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Ver todas las entradasHola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente JUBILADO. Mi último destino fue la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.
Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!



