Comentario
A una mujer que se afeitaba de Bartolomé Argensola
Con una confidencia dirigida a “don Juan”, Bartolomé Leonardo de Argensola inicia una divertida reflexión sobre los engaños de la belleza. El hablante admite que el “blanco y color” de doña Elvira no procede enteramente de la naturaleza, sino que le ha “costado su dinero”: el maquillaje ha fabricado un rostro más hermoso. Sin embargo, lejos de condenar sin más aquel artificio, reconoce que su efecto resulta tan persuasivo que puede competir con una belleza auténtica.
El tono es irónico y admirado a la vez. La ironía aparece en la franqueza con que se nombra el gasto y la falsedad de los colores; la admiración, en el elogio de “la beldad de su mentira”. Esa aparente contradicción concentra la gracia del poema: el engaño no deja de ser engaño, pero posee una fuerza estética capaz de despertar deseo. El amor del hablante, que se declara “perdido”, no nace pese a la apariencia, sino precisamente ante una apariencia tan bien construida.
Los primeros ocho versos se ocupan de doña Elvira y de su belleza artificial; los seis últimos amplían de pronto la cuestión hasta alcanzar el universo. La pregunta “Mas ¿qué mucho que yo perdido ande / por un engaño tal?” sirve de puente entre ambos planos. Si la propia Naturaleza también engaña, parece decir el poeta, no hay motivo para asombrarse de que el artificio humano produzca fascinación. La exageración cómica del caso amoroso se convierte así en una meditación más amplia acerca de lo que los ojos creen conocer.
La conclusión se apoya en una observación que hoy puede leerse también desde la ciencia: “ese cielo azul que todos vemos, / ni es cielo ni es azul”. El azul no es una propiedad fija de una bóveda celeste, sino un efecto de la luz en la atmósfera y de la percepción visual. Pero el poema no pretende ofrecer una lección científica; utiliza esa idea para plantear una paradoja hermosa: aunque la realidad visible pueda ser engañosa, duele que una visión tan espléndida no posea la verdad sólida que se le atribuía. El lamento final, “¡Lástima grande / que no sea verdad tanta belleza!”, une humor, asombro y una leve tristeza.
El gusto por las apariencias inestables y por los contrastes entre verdad y engaño sitúa el poema en el horizonte del Barroco. La literatura barroca convirtió con frecuencia el mundo en un espacio de máscaras, espejos y perspectivas cambiantes, donde la mirada puede dejarse seducir por lo que no es exactamente como parece. Argensola ofrece esa inquietud filosófica con ligereza y agudeza: la belleza pintada de doña Elvira y el azul del cielo acaban formando parte de la misma pregunta sobre la seducción de las apariencias.
Audio: Víctor Villoria. ✉️
Yo os quiero confesar, don Juan, primero:
que aquel blanco y color de doña Elvira
no tiene de ella más, si bien se mira,
que el haberle costado su dinero.
Pero tras eso confesaros quiero
que es tanta la beldad de su mentira,
que en vano a competir con ella aspira
belleza igual de rostro verdadero.
Mas ¿qué mucho que yo perdido ande
por un engaño tal, pues que sabemos
que nos engaña así Naturaleza?
Porque ese cielo azul que todos vemos,
ni es cielo ni es azul. ¡Lástima grande
que no sea verdad tanta belleza!
Bartolomé Leonardo Argensola
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Autor
Ver todas las entradasHola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente JUBILADO. Mi último destino fue la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.
Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!


