Desengaño de las mujeres de Quevedo

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By Víctor Villoria

Desengaño de las mujeres de Quevedo

En “Desengaño de las mujeres”, Francisco de Quevedo despliega una de esas composiciones en las que el ingenio verbal avanza como un vendaval: no busca la delicadeza amorosa, sino la sacudida, la sátira y el golpe de efecto, tan propios de la sensibilidad del Barroco, una época especialmente atraída por el contraste, la exageración expresiva y el arte de convertir el lenguaje en espectáculo. El poema convierte el desengaño amoroso en una escena verbal áspera y provocadora, donde la palabra “puto” y sus variantes se repiten hasta formar una auténtica maquinaria de insistencia, de modo que el lector no solo entiende la acusación, sino que la oye resonar con una violencia calculada.

El tema principal no es solo la censura de una mujer concreta, sino el desengaño como experiencia moral y afectiva: el yo poético parece denunciar una relación basada en el interés, en la apariencia y en la compra del afecto, y desde ahí transforma la queja íntima en invectiva satírica. Esa palabra “desengaño”, tan característica de la literatura barroca, remite a la pérdida de ilusiones y a la brusca comprensión de que bajo la máscara del placer o del amor puede esconderse una verdad mucho menos noble, idea muy presente también en otras obras del siglo XVII español, donde el mundo aparece como un territorio de apariencias, engaños y amargas revelaciones.

El tono resulta especialmente llamativo porque mezcla furia, burla y brillantez verbal. No se está ante una confesión sentimental, sino ante una pieza de agresividad ingeniosa en la que el poeta parece disfrutar exhibiendo su dominio del idioma: la repetición machacona de “puto”, “puta”, “putaril” o “putillas” funciona como un juego de variaciones que intensifica el sarcasmo y convierte una misma raíz léxica en una cadena casi obsesiva de significados.

Una de las claves de lectura más fértiles está precisamente en esa repetición. No se trata de una simple grosería acumulada, sino de una estrategia expresiva: al reiterar el término, el poema va contaminándolo todo, de modo que no solo queda señalada la mujer, sino también el hombre que paga, el gusto que consiente, la alegría que lo celebra y hasta el propio enamorado que participa en ese circuito degradado. El efecto es importante porque dibuja un universo moral corrompido en el que nadie sale limpio; esa ampliación de la culpa encaja muy bien con la mirada barroca, inclinada a mostrar la realidad como conflicto, desequilibrio y pérdida de certezas.

También ayuda a leer el poema la tradición de la sátira, género muy cultivado por Quevedo, donde la exageración no pretende ser ecuánime, sino eficaz. Aquí la hipérbole, es decir, la exageración deliberada, se ve en fórmulas tajantes como “y como puto muera yo quemado”, que no deben entenderse de forma literal, sino como una manera de intensificar la rabia y de teatralizar la protesta; en el fondo, el poema no busca el matiz psicológico, sino la descarga verbal, el relámpago de la agudeza y la sensación de que el lenguaje hiere.

Por eso mismo, el interés del poema no reside en compartir su visión moral o su violencia verbal, sino en advertir cómo convierte una experiencia de humillación amorosa en energía poética. En lugar de suavizar el conflicto, lo extrema; en lugar de ocultar la herida, la exhibe con una mezcla de comicidad amarga y crueldad verbal que vuelve inolvidables muchos de sus versos, y ahí aparece una de las grandes virtudes de la poesía barroca: hacer del exceso una forma de lucidez, y de la incomodidad, una forma intensa de arte.

Puto es el hombre que de putas fía,
y puto el que sus gustos apetece;
puto es el estipendio que se ofrece
en pago de su puta compañía.

Puto es el gusto, y puta la alegría 
que el rato putaril nos encarece;
y yo diré que es puto a quien parece
que no sois puta vos, señora mía.

Mas llámenme a mí puto enamorado,
si al cabo para puta no os dejare; 
y como puto muera yo quemado

si de otras tales putas me pagare;
porque las putas graves son costosas,
y las putillas viles, afrentosas.

Francisco de Quevedo

Autor

  • Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.

    Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!

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