Comentario
El ciprés de Silos de Gerardo Diego
Pocas veces un árbol ha dado lugar a una imagen tan intensa y tan memorable como la de “El ciprés de Silos”, poema de Gerardo Diego incluido en Versos humanos, libro publicado en 1925. Nacido de una experiencia muy concreta, el poema fue escrito en la noche del 3 de julio de 1924, durante una visita al monasterio benedictino de Santo Domingo de Silos, y quedó además consignado en el libro de visitas del propio monasterio. En ese origen casi inmediato se percibe ya una de sus mayores virtudes: la de transformar una impresión real y momentánea en una visión poética de alcance duradero.
El tema principal del poema es esa aspiración de elevación que nace ante la contemplación de la belleza y de lo sagrado. El ciprés, erguido y “señero”, despierta en el alma del poeta un deseo de ascenso, de desmaterialización y de unión con una dimensión más pura, como muestran expresiones tan reveladoras como “qué ansiedades sentí de diluirme” o “ascender como tú”.
El tono combina admiración, fervor y una emoción interior muy contenida. No hay desahogo sentimental ni confesión arrebatada, sino una intensidad depurada que encaja muy bien con la vertiente clasicista de la poesía de Gerardo Diego, figura central de la Generación del 27.
Una de las claves de lectura más atractivas está en la poderosa adjetivación del poema, que no se limita a precisar rasgos visibles, sino que carga de sentido espiritual cada imagen. Palabras como “enhiesto”, “dulce”, “firme”, “señero”, “negra” o “mudo” van modelando un ciprés que es al mismo tiempo presencia física y emblema interior; no describen solo cómo es, sino qué irradiación suscita. Esa selección de adjetivos contribuye a que el árbol aparezca como una figura singular, aislada, casi sagrada, suspendida entre la tierra y el cielo.
También resulta muy sugerente la red de efectos sonoros que recorre los versos. La aliteración del fonema /s/, perceptible en secuencias como “surtidor de sombra y sueño”, “casi alcanza” o “mudo ciprés en el fervor de Silos”, crea un rumor suave y envolvente que parece imitar tanto el silencio del claustro como una respiración recogida. Esa repetición de un mismo sonido —eso es, precisamente, una aliteración— da al poema una música sutil que acompaña su clima de contemplación.
A esa musicalidad se suma la rima consonante del soneto, en la que coinciden vocales y consonantes a partir de la última sílaba acentuada. Gracias a ese tipo de rima, tan perceptible en pares como “sueño” y “empeño”, “lanza” y “esperanza” o “filos” y “Silos”, el poema gana en firmeza acústica y en sensación de cierre. No se trata solo de un adorno formal: la trabazón sonora refuerza la impresión de equilibrio, elevación y armonía que recorre toda la composición.
En ese sentido, el poema dialoga con una tradición literaria en la que la contemplación de la naturaleza conduce a una experiencia interior. Pero esa herencia aparece filtrada por la sensibilidad moderna de un autor que supo unir forma clásica y audacia imaginativa, en sintonía con corrientes como el creacionismo. De ahí que el poema resulte tan claro en su emoción y tan rico en sus imágenes.
La repetición del “como tú” en los tercetos merece también atención, porque convierte la admiración en deseo de identificación. El alma quisiera parecerse al ciprés, compartir su verticalidad, su pureza y su ímpetu ascensional, de modo que la contemplación del árbol acaba revelando una aspiración íntima del propio sujeto poético. Por eso “El ciprés de Silos” no solo describe un paisaje o una emoción, sino que levanta, con asombrosa naturalidad, una figura de la búsqueda interior.
Audio: Víctor Villoria. ✉️
Enhiesto surtidor de sombra y sueño
que acongojas el cielo con tu lanza.
Chorro que a las estrellas casi alcanza
devanado a sí mismo en loco empeño.
Mástil de soledad, prodigio isleño,
flecha de fe, saeta de esperanza.
Hoy llegó a ti, riberas del Arlanza,
peregrina al azar, mi alma sin dueño.
Cuando te vi señero, dulce, firme,
qué ansiedades sentí de diluirme
y ascender como tú, vuelto en cristales,
como tú, negra torre de arduos filos,
ejemplo de delirios verticales,
mudo ciprés en el fervor de Silos.
Gerardo Diego, Versos humanos, 1925
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Ver todas las entradasHola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente JUBILADO. Mi último destino fue la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.
Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!


