Comentario
Lo eterno de Blas de Otero
En “Lo eterno”, Blas de Otero levanta desde los primeros versos un paisaje quebrado, casi como si el mundo hubiera perdido de golpe su centro: “un árbol desgajado”, “una generación desarraigada”, “unas ruinas” que apenas se sostienen. La presentación del poema deja ver, así, una voz de gran intensidad que convierte una inquietud muy humana —la necesidad de durar, de no desaparecer del todo— en una experiencia verbal de enorme fuerza, inscrita además en la primera etapa del autor, vinculada a la poesía de raíz existencial de la posguerra y al clima del Existencialismo.
El tema principal gira en torno al choque entre el deseo humano de perdurar y la certeza de la muerte. Ahí está el corazón del poema: mientras la naturaleza parece seguir un ritmo inmenso, casi sagrado, “sólo el hombre está solo”, porque sabe que vive y que ha de morir; ese saber lo convierte en un ser desgarrado, consciente de que el tiempo corre “hacia la muerte” y, al mismo tiempo, empeñado en “subir, a contramuerte, hasta lo eterno”. Esa palabra, “contramuerte”, resulta especialmente expresiva: no es un tecnicismo, sino una invención poética que condensa una rebelión íntima, una manera de nombrar la resistencia del ser humano frente a su final.
El tono oscila con mucha habilidad entre lo visionario y lo angustiado. Hay momentos de gran belleza sensorial —“las estrellas crepitan”, “los árboles moviendo el verde aire”, “la nieve en llamas de la luz en vilo”— que abren una percepción casi deslumbrada del mundo; pero esa belleza no tranquiliza, sino que subraya todavía más la intemperie del hombre. En ese contraste reside una de las claves de lectura más fértiles: la naturaleza no aparece como refugio sentimental, sino como una realidad poderosa y continua frente a la fragilidad humana.
También importa mucho la red de símbolos. El mar, repetido y ampliado en la imagen “como un himen inmenso”, sugiere origen, misterio, límite e incluso una suerte de umbral sagrado que el ser humano contempla sin llegar a poseer del todo; los árboles y las estrellas, por su parte, remiten a una vida cósmica que continúa más allá de la conciencia individual. Frente a ellos, el hombre aparece definido no por su fuerza, sino por su conciencia: sabe, teme, cierra los ojos, quiere permanecer. Esa oposición entre la plenitud del mundo y la vulnerabilidad de quien la piensa enlaza muy bien con la atmósfera de Ángel fieramente humano, libro en el que la crítica reconoce una intensa exploración del desgarro existencial y religioso del primer Otero.
Otro rasgo decisivo es la repetición. La anáfora —es decir, la reiteración de una misma estructura al comienzo de varios versos o frases— da al poema un pulso obsesivo muy eficaz: “Es que se sabe”, “Es que se siente”, “Es que quiere”. Más adelante, la triple insistencia de “Pero la muerte, desde dentro…” convierte la muerte en una presencia interior, vigilante, inevitable; no llega desde fuera como un accidente, sino que habita ya en lo vivo. Esa cadencia machacona no sólo refuerza el sentido, sino que hace sentir físicamente la presión del pensamiento, como si la idea golpeara una y otra vez hasta imponerse.
Leído en relación con otros textos literarios, “Lo eterno” dialoga con una tradición muy antigua: la de las preguntas sobre la fugacidad de la vida y el anhelo de permanencia. Resuenan, al fondo, ecos de la meditación clásica sobre el tiempo y la muerte, pero transformados por la sensibilidad de la España de posguerra, donde la conciencia individual aparece herida, desnuda y sin amparo. Por eso el poema no ofrece consuelo fácil: su grandeza está en convertir una angustia radical en lenguaje de altísima intensidad, y en hacer que esa lucha entre lo mortal y lo eterno se vuelva imagen, música y pensamiento al mismo tiempo.
Audio: Víctor Villoria
Un mundo como un árbol desgajado.
Una generación desarraigada.
Unos hombres sin más destino que
apuntalar las ruinas.
Rompe el mar
en el mar, como un himen inmenso,
mecen los árboles el silencio verde,
las estrellas crepitan, yo las oigo.
Sólo el hombre está solo. Es que se sabe
vivo y mortal. Es que se siente huir
—ese río del tiempo hacia la muerte—.
Es que quiere quedar. Seguir siguiendo,
subir, a contramuerte, hasta lo eterno.
Le da miedo mirar. Cierra los ojos
para dormir el sueño de los vivos.
Pero la muerte, desde dentro, ve.
Pero la muerte, desde dentro, vela.
Pero la muerte, desde dentro, mata.
…El mar —la mar—, como un himen inmenso,
los árboles moviendo el verde aire,
la nieve en llamas de la luz en vilo…
Ángel fieramente humano, 1950
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Autor
Ver todas las entradasHola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.
Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!











