Una cena jocosa de Baltasar de Alcázar

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By Víctor Villoria

Una cena jocosa de Baltasar de Alcázar

Con este poema, Baltasar del Alcázar se aparta del tono grave o idealizado que a menudo se asocia a la poesía áurea y lleva la literatura a un terreno deliciosamente cotidiano: una cena contada casi al calor de la mesa, entre interrupciones, exclamaciones y brindis. La anécdota que parecía anunciarse al principio queda desplazada por el verdadero centro del poema, que no es otro que el placer de comer y beber, convertido aquí en materia poética con una naturalidad tan viva que casi parece improvisada.

El tema principal no es solo la alabanza de una cena abundante, sino también la celebración festiva de los sentidos y de la conversación. Todo gira en torno a un pequeño banquete doméstico en el que el vino, la morcilla, el queso o las aceitunas van ocupando el lugar que, en otros poemas, tendrían los grandes asuntos heroicos o amorosos; y ahí está una de las gracias mayores del texto, porque eleva lo humilde sin dejar de mirarlo con ironía. Esa mezcla de cercanía, humor y gusto por lo concreto encaja muy bien en el clima literario del Siglo de Oro, un periodo en el que convivieron la idealización renacentista y una poderosa vena satírica, festiva y realista.

El tono es abiertamente jocoso, pero no por eso simple. El poema avanza como una escena hablada, casi teatral, y buena parte de su encanto nace de esa sensación de oralidad: “Pero cenemos, Inés, / si te parece, primero”, “No eches agua, Inés, al vino”, “Pues haz, Inés, lo que sueles…”. La repetición del nombre de “Inés”, las preguntas, los comentarios espontáneos y los cambios de asunto construyen una voz muy expresiva, como si el poema se fuera haciendo delante de la propia cena, entre bocados y tragos, y eso le da una frescura extraordinaria.

Una clave de lectura especialmente sabrosa está en el contraste entre el inicio y el desarrollo. Al comienzo se promete una historia “más brava” sobre don Lope de Sosa y su criado portugués, pero el relato queda aplazado una y otra vez porque la cena lo invade todo; así, la digresión —es decir, el desvío respecto al asunto principal— se convierte en el verdadero motor del poema. Ese retraso continuo produce comicidad, porque lo que en apariencia era secundario, la comida, termina imponiéndose por completo a lo que parecía importante.

También merece atención la forma en que los alimentos aparecen descritos con una hipérbole constante, es decir, con exageraciones deliberadas que buscan divertir y admirar al mismo tiempo. La morcilla es “gran señora”, “digna de veneración”; el vino es “alto licor celestial”; el queso es “extremo”. Gracias a ese lenguaje desmesurado, la cena adquiere una categoría casi épica o ceremonial, y precisamente ahí reside buena parte del ingenio: en tratar lo doméstico como si fuera una materia sublime.

Leído con calma, el poema deja ver además un gusto muy fino por el detalle sensorial. No solo se nombran los platos: se perciben el “tufo”, la “suavidad”, el “olor”, el “paladar” o el color del vino, de modo que la experiencia entra por todos los sentidos. Esa atención a lo material da al texto un aire casi costumbrista antes de que exista propiamente el costumbrismo como movimiento, y muestra hasta qué punto la poesía puede encontrar belleza y gracia en lo aparentemente menor.

Al final, cuando por fin parece que va a retomarse la historia anunciada —“volver al cuento pasado”—, el sueño pone punto final y todo queda “para mañana”. Ese cierre no decepciona: al contrario, redondea la broma y confirma que el poema no quería contar una anécdota ejemplar, sino convertir la dilación, el apetito y la sobremesa en un pequeño espectáculo verbal. En ese juego tan bien medido entre conversación, deseo y demora se reconoce una de las facetas más simpáticas y originales de Baltasar del Alcázar, capaz de hacer memorable una simple cena gracias al ritmo, la exageración y el placer de la palabra.

En Jaén, donde resido,
vive don Lope de Sosa,
y direte, Inés, la cosa
más brava d’él que has oído.

Tenía este caballero
un criado portugués…
Pero cenemos, Inés,
si te parece, primero.

La mesa tenemos puesta;
lo que se ha de cenar, junto;
las tazas y el vino, a punto;
falta comenzar la fiesta.

Rebana pan. Bueno está.
La ensaladilla es del cielo;
y el salpicón, con su ajuelo,
¿no miras qué tufo da?

Comienza el vinillo nuevo
y échale la bendición:
yo tengo por devoción
de santiguar lo que bebo.

Franco fue, Inés, ese toque;
pero arrójame la bota;
vale un florín cada gota
d’este vinillo aloque.

¿De qué taberna se trajo?
Mas ya: de la del cantillo;
diez y seis vale el cuartillo;
no tiene vino más bajo.

Por Nuestro Señor, que es mina
la taberna de Alcocer:
grande consuelo es tener
la taberna por vecina.

Si es o no invención moderna,
vive Dios que no lo sé,
pero delicada fue
la invención de la taberna.

Porque allí llego sediento,
pido vino de lo nuevo,
mídenlo, dánmelo, bebo,
págolo y voyme contento.

Esto, Inés, ello se alaba;
no es menester alaballo;
sola una falta le hallo:
que con la priesa se acaba.

La ensalada y salpicón
hizo fin; ¿qué viene ahora?
La morcilla. ¡Oh, gran señora,
digna de veneración!

¡Qué oronda viene y qué bella!
¡Qué través y enjundias tiene!
Paréceme, Inés, que viene
para que demos en ella.

Pues, ¡sus!, encójase y entre,
que es algo estrecho el camino.
No eches agua, Inés, al vino,
no se escandalice el vientre.

Echa de lo trasaniejo,
porque con más gusto comas;
Dios te salve, que así tomas,
como sabia, mi consejo.

Mas di: ¿no adoras y precias
la morcilla ilustre y rica?
¡Cómo la traidora pica!
Tal debe tener especias.

¡Qué llena está de piñones!
Morcilla de cortesanos,
y asada por esas manos
hechas a cebar lechones.

¡Vive Dios, que se podía
poner al lado del Rey
puerco, Inés, a toda ley,
que hinche tripa vacía!

El corazón me revienta
de placer. No sé de ti
cómo te va. Yo, por mí,
sospecho que estás contenta.

Alegre estoy, vive Dios.
Mas oye un punto sutil:
¿No pusiste allí un candil?
¿Cómo remanecen dos?

Pero son preguntas viles;
ya sé lo que puede ser:
con este negro beber
se acrecientan los candiles.

Probemos lo del pichel.
¡Alto licor celestial!
No es el aloquillo tal,
ni tiene que ver con él.

¡Qué suavidad! ¡Qué clareza!
¡Qué rancio gusto y olor!
¡Qué paladar! ¡Qué color,
todo con tanta fineza!

Mas el queso sale a plaza,
la moradilla va entrando,
y ambos vienen preguntando
por el pichel y la taza.

Prueba el queso, que es extremo:
el de Pinto no le iguala;
pues la aceituna no es mala;
bien puede bogar su remo.

Pues haz, Inés, lo que sueles:
daca de la bota llena
seis tragos. Hecha es la cena;
levántense los manteles.

Ya que, Inés, hemos cenado
tan bien y con tanto gusto,
parece que será justo
volver al cuento pasado.

Pues sabrás, Inés hermana,
que el portugués cayó enfermo…
Las once dan; yo me duermo;
quédese para mañana.

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Autor

  • Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.

    Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!

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