Algún amanecer de Felipe Benítez Reyes

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By Víctor Villoria

Algún amanecer de Felipe Benítez Reyes

En “Algún amanecer”, Felipe Benítez Reyes contempla la desaparición de la niebla al comienzo del día y convierte ese fenómeno fugaz en una reflexión sobre el tiempo, la conciencia y la memoria. La escena nace de una mirada muy precisa: el amanecer no se presenta solo como un paisaje, sino como un instante en el que todo parece estar a punto de revelarse y, al mismo tiempo, de perderse.

El poema se abre con una expresión que se repite y organiza la contemplación: “Qué limpia exactitud la de esta niebla”. La frase encierra una paradoja, es decir, una unión de ideas que parecen contrarias. La niebla suele asociarse a lo borroso, a la confusión y a lo impreciso; sin embargo, aquí posee una “exactitud” limpia, casi perfecta. La niebla es hermosa no a pesar de su inconsistencia, sino precisamente por la delicada plenitud de su breve aparición.

Las imágenes iniciales sitúan esa aparición en un espacio de transformación. La niebla es un “carruaje etéreo” que atraviesa los campos iluminados por una aurora “nacida del cadáver de la luna”. La luna se desvanece para que llegue la luz nueva, de modo que el amanecer contiene a la vez final y comienzo. La “plata” que se convertirá en “oro al mediodía” describe la evolución de la claridad, desde el resplandor frío y tenue de las primeras horas hasta la luminosidad plena del día.

Pero la niebla no permanece. Se la llama “ala huidiza del sol”, “ilusionista frágil” y “disipada alquimia”: las tres imágenes insisten en su carácter móvil, engañosamente leve y casi milagroso. El verso aislado “ya no está” interrumpe la abundancia descriptiva con una brusquedad reveladora. Lo que acaba de ser contemplado con admiración se ha extinguido, y esa desaparición obliga a reparar en la rapidez con que cambian las cosas.

Cuando la bruma se disuelve, el mundo recupera sus perfiles: el árbol recobra “la arcadia de su sombra”, los montes delimitan el vacío, la nieve dibuja un confín y el agua vuelve a mostrarse transparente. La “Arcadia” remite a un lugar idealizado de armonía natural, frecuente en la tradición clásica y pastoril; al aplicarse a la sombra del árbol, introduce una sensación de orden sereno. Sin embargo, esa claridad llega después de haber perdido algo: la niebla, aunque ocultaba el paisaje, también le había concedido un misterio irrepetible.

En la segunda mitad, el paisaje se vuelve pensamiento. La niebla es “metáfora de nada”, fórmula que no significa que carezca de valor, sino que representa aquello que existe apenas un instante y no puede retenerse. Su condición de “verdad y sinrazón del devenir” la relaciona con el cambio continuo: todo se define, se transforma y se desvanece. El amanecer deja de ser únicamente un espectáculo natural para convertirse en una imagen de la experiencia humana.

Las comparaciones finales enlazan el desplazamiento de la niebla con el del pensamiento, el corazón y la memoria. El pensamiento recorre el día; el corazón avanza por la “honda noche”; la memoria camina “confundida y errante”, rodeada de oscuridad, aunque próxima a un “círculo de luz”. Esa luz puede entenderse como el recuerdo que logra iluminar algo del pasado, mientras que la niebla anterior expresa todo aquello que se ha perdido, deformado o borrado. La composición concluye con la imagen de un amanecer “extenuado / de ser eternamente amanecer”: una hermosa forma de nombrar el desgaste de cuanto debe renacer sin llegar nunca a fijarse del todo.

Audio: Víctor Villoria. ✉️

Qué limpia exactitud la de esta niebla,
el carruaje etéreo que en la aurora recorre
estos campos de luz recién llegada,
nacida del cadáver de la luna,
ficción de claridad sin concluir,

plata que será oro al mediodía.

Qué limpia exactitud, y qué inconstante,
qué fugaz esta niebla,
ala huidiza del sol, y tan sin rumbo:
ilusionista frágil que se esfuma,

qué disipada alquimia:
ya no está.

Y con qué precisión recobra el árbol
la arcadia de su sombra,
y con qué majestad
se disuelve en los montes el vacío,
y cómo se define
el alto confín de nieve ya tardía,

y qué claro el camino,
y el agua en su fluir qué transparente.

Por el instante breve de una lágrima,
qué limpia exactitud tuvo esa niebla,
quimera en la mañana sin jinete;
qué limpio amanecer fue su venero;

metáfora de nada,
verdad y sinrazón del devenir,
desbocada quimera,

como va el pensamiento por el día,
como va el corazón por la honda noche,

como va por sí misma la memoria,
confundida y errante,
oscura en torno a un círculo de luz,
precedida de niebla,
como un amanecer extenuado
de ser eternamente amanecer.

Felipe Benítez Reyes

Autor

  • Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente JUBILADO. Mi último destino fue la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.

    Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!

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