Comentario
El almendro de Vicente Gallego
El poema se abre en un paisaje de austeridad y milagro: en medio de “estas tierras secas”, cuando apenas nace el día, un almendro “florece” y convierte la pobreza del entorno en una súbita aparición de belleza. La escena, dicha con una serenidad muy limpia, tiene algo de revelación cotidiana: no se trata de un prodigio grandioso, sino de uno de esos instantes en que la naturaleza parece pronunciar, con extrema delicadeza, una verdad que no termina de dejarse traducir en palabras. En esa tensión entre lo visible y lo indecible se sostiene buena parte del encanto del poema, muy acorde con la veta contemplativa y espiritual que suele reconocerse en la poesía de Vicente Gallego.
El tema principal podría formularse como la emoción de asistir a una presencia misteriosa de la vida en el mundo natural. El almendro no aparece solo como un árbol, sino como un signo: florece al alba, resplandece cuando el gallo “hace añicos la noche” y despierta en la voz poética una mezcla de asombro, interrogación y temblor interior. Ese temblor final, tan importante, sugiere que la experiencia estética no se queda en la simple descripción de un paisaje, sino que toca una zona más honda del ser. Por eso el tono es a la vez íntimo, meditativo y admirado: habla desde la cercanía de quien contempla, pero también desde la humildad de quien reconoce que no posee del todo el sentido de lo que contempla.
Una de las claves de lectura más sugerentes está en la cadena de preguntas: “Le pregunto al rocío, / le pregunto al lucero, / a la aurora que viene”. La repetición es aquí un recurso expresivo muy sencillo y muy eficaz; insistir en una misma estructura da al poema un leve ritmo de letanía, como si la conciencia buscara respuesta en los elementos del amanecer. Esa repetición, que en literatura se llama paralelismo cuando varios versos repiten una construcción semejante, refuerza la sensación de búsqueda y convierte la escena en algo más que una estampa descriptiva. La naturaleza no es decorado: es interlocutora, casi una escritura sagrada cuyos signos aparecen en el rocío, el lucero, la aurora y, por supuesto, en las flores del almendro.
También resulta muy significativa la imagen del viento que “escribe” en las flores. Esa personificación —es decir, atribuir a algo natural una acción propia de lo humano— no busca adornar el poema, sino nombrar una intuición central: el mundo parece estar diciendo algo, aunque ese mensaje no pueda descifrarse del todo. El verso “Yo no sé lo que escribe / el viento en estas flores” declara precisamente esa mezcla de ignorancia y revelación. No hay explicación racional cerrada; hay, en cambio, una experiencia de sentido apenas entrevisto. De ahí que el poema recuerde, por su delicadeza y por su atención al amanecer, a cierta tradición de la poesía lírica contemporánea que vuelve a la naturaleza para escuchar en ella una verdad interior, y también a una sensibilidad próxima a la contemplación del mundo rural que en la poesía española moderna tuvo momentos muy intensos, desde el simbolismo hasta algunas vetas de la poesía meditativa posterior.
La composición avanza, además, con una hermosa economía verbal. Los versos son breves, claros, casi desnudos, y esa sencillez formal hace que cada imagen destaque con más nitidez: “al alba”, “los pétalos destellan”, “hace añicos la noche”. No hay acumulación ornamental, sino una depuración que deja espacio al resplandor de las cosas. Esa limpieza expresiva conviene mucho al poema porque lo decisivo no está en contar una historia, sino en fijar una vibración. El lector común puede entrar en él sin necesidad de tecnicismos: basta con dejarse llevar por la escena y advertir cómo, poco a poco, la floración del almendro termina convirtiéndose en una conmoción del alma.
Leído en conjunto, el poema ofrece una pequeña lección de sensibilidad poética: ante la belleza del mundo, la verdadera respuesta no siempre es entender, sino estremecerse. Por eso el final no resuelve el enigma, sino que lo preserva. Lo más valioso no es descifrar qué “escribe” el viento, sino advertir que esas flores hacen temblar a quien las contempla. Ahí reside su emoción más perdurable: en la idea de que la poesía empieza, muchas veces, cuando algo exterior toca de pronto una fibra secreta del ser y la deja vibrando en silencio.
Audio: Víctor Villoria
A Fernando Delgado
En estas tierras secas,
al alba, en su bancal,
el almendro florece.
Cuando el gallo se entona
y hace añicos la noche,
los pétalos destellan.
Le pregunto al rocío,
le pregunto al lucero,
a la aurora que viene.
Yo no sé lo que escribe
el viento en estas flores,
pero con ellas tiemblo.
Vicente Gallego, Canción del agua a solas, El junco y la libélula, 2026
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Ver todas las entradasHola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.
Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!







