Comentario
En los días de lluvia de Luis García Montero
En “En los días de lluvia”, Luis García Montero convierte una escena íntima y cotidiana en una reflexión emocionada sobre el amor, el paso del tiempo y la dificultad de habitar del todo la propia felicidad. El poema, incluido en El jardín extranjero, libro con el que obtuvo el Premio Adonáis en 1982 y que apareció en 1983, se sitúa de lleno en el clima de la poesía de la experiencia: una línea de la lírica española contemporánea que acerca el poema a la vida diaria, al lenguaje conversacional y a la memoria personal sin renunciar a la emoción ni a la elaboración literaria.
La lluvia no funciona solo como decorado, sino como uno de los grandes símbolos del texto: cae sobre las “uralitas”, envuelve la madrugada, amortigua los sonidos y crea una atmósfera de recogimiento desde la que afloran el pensamiento y la inquietud. Gracias a ese paisaje sonoro y doméstico, el poema muestra cómo lo extraordinario puede nacer de lo más humilde; de hecho, uno de sus logros está en hacer que lo aparentemente normal —una noche, unos coches lejanos, una respiración compartida— se cargue de sentido. Ahí aparece una idea muy propia de la poesía de García Montero: la vida verdadera sucede en escenarios reconocibles, y precisamente por eso la emoción resulta más cercana y más honda.
El tema principal podría formularse como la experiencia del amor cuando ya ha dejado atrás el deslumbramiento inicial y entra en una zona más compleja, donde conviven la costumbre, el deseo, la ternura y una leve amenaza de pérdida. Por eso impresiona tanto la mezcla entre cercanía y extrañeza que recorre los versos: los cuerpos aparecen unidos, pero también “más o menos extraños”; la intimidad consuela, pero al mismo tiempo asusta; la felicidad existe, aunque nunca parece del todo segura. Esa oscilación da al poema un tono contenido y meditativo, con momentos de confesión muy intensos, pero sin sentimentalismo fácil: la emoción está dicha en voz baja, como si pensara mientras escucha la lluvia.
Uno de los aspectos más sugestivos es la manera en que el poema enlaza amor y conciencia del tiempo. Expresiones como “la vida fue pasando tibiamente”, “tibiamente los años” o “hemos sido extranjeros” insisten en que amar no consiste solo en sentir, sino también en durar, recordar y aceptar las cicatrices del camino compartido. La repetición de “tibiamente” merece atención porque actúa como una clave de lectura: no habla de frialdad, sino de una temperatura moral y afectiva, de una vida que avanza sin estrépito, entre la rutina y la emoción, entre lo precario y lo valioso. Esa clase de repetición, más que adornar, va tejiendo una música interior y ayuda a fijar la mirada del poema sobre una intimidad vulnerable.
También resulta muy revelador el momento en que aparece la escritura dentro del propio poema: “Uno escribe su vida en un poema, / analiza el amor”. Ahí asoma una dimensión metaliteraria —es decir, una poesía que piensa sobre sí misma—, pero expresada con naturalidad, sin volverse abstracta. El hablante parece sospechar que escribir sirve para entender lo vivido, aunque no lo resuelva del todo; el poema no ofrece una teoría del amor, sino la escena concreta de alguien que intenta comprenderlo mientras siente miedo de “besarte al azar”. Esa mezcla de reflexión y temblor es una de las marcas más humanas del texto.
En su trasfondo literario laten autores y tradiciones que ayudan a situarlo mejor. La propia trayectoria de Luis García Montero se vincula a una poesía que recoge el legado de Jaime Gil de Biedma y de la generación del medio siglo, y que busca unir memoria, experiencia y lenguaje coloquial en una forma de narratividad lírica muy reconocible. Desde esa herencia, “En los días de lluvia” no idealiza el amor como absoluto perfecto, sino que lo presenta como una convivencia entre deseo, incertidumbre y conocimiento mutuo, algo muy lejano del arrebato romántico convencional y mucho más próximo a una verdad sentimental contemporánea.
Al final, el poema deja una sensación muy particular: la de haber asistido a un instante doméstico que, sin dejar de ser sencillo, contiene una intensa verdad emocional. La lluvia, las sábanas, la respiración, el miedo, el deseo y la memoria forman un pequeño mundo cerrado donde el amor aparece como algo a la vez real y frágil, corporal y pensativo. Ahí reside buena parte de su belleza: en mostrar que la intimidad no siempre trae calma, pero sí una forma de conocimiento que solo la poesía sabe decir con esta delicadeza.
Audio: Víctor Villoria
I
A Mari Carmen
Sabrás por la presente que empeoré de vida
Mariano Maresca
Más o menos extraña
la vida fue pasando tibiamente
por tu cuerpo y el mío.
Oigo la lluvia fría amontonarse
sobre las uralitas
y la noche me atrapa
en el sudor eterno de su tranquilidad.
Tal vez
debiera despertarte, hacerte compartir
este presentimiento
de lejana belleza
con el que me confundo apenas un instante
para volver a ti
que te abandonas
a la hermosa presencia
de tu respiración.
Pasan lentos los coches.
Oigo también
tu corazón lejano
pasar de madrugada entre la lluvia
y me asusta la sombra
de tanta intimidad.
Es tarde.
Uno escribe su vida en un poema,
analiza el amor
y se acostumbra
a seguir como está, junto a tu cuerpo
que quizá me recuerde todavía
desnudo entre las sábanas,
o las noches de lluvia nos confirman
que la vida, posiblemente hermosa,
no siempre es un asunto disponible
y que a veces resulta incluso mucha,
temible como ahora,
mientras que tengo miedo de besarte al azar.
Lo sé. Hemos sido extranjeros
hablándonos por señas demasiado cercanas,
ansiosos en las calles
de una nueva ciudad,
esperando tal vez que nos fotografíen
delante de este amor y de sus cicatrices,
eso que confundimos con nuestros sentimientos
o acaso
—en noches de locura—
con una sensación de humedad en los ojos.
Pero en pocas palabras se resumen
casi todos los días,
sus sílabas contadas en mis versos
y la felicidad.
Tibiamente los años
nos descubren
que nada existe ya sin tu sudor y el mío,
que somos todavía demasiado solemnes
cuando nos sorprendemos
temblando de pasión,
llenos de instinto mal disimulado.
Por eso, mientras llueve,
agradezco tu cuerpo entre las sábanas
y esta pasión desierta
de acariciar tus muslos,
más o menos extraños
y hermosos como un sueño
que acaba de llegar.
Luis García Montero, El jardín extranjero, 1983
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Ver todas las entradasHola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.
Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!










