Francisco de Luis Antonio de Villena

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By Víctor Villoria

Francisco de Luis Antonio de Villena

En “Francisco”, Luis Antonio de Villena convierte una escena familiar, aparentemente sencilla, en una meditación emocionada sobre la despedida y la muerte, un asunto muy presente en la tradición elegíaca y también en buena parte de la poesía contemporánea española vinculada, entre otros marcos, a la sensibilidad de los Novísimos, aunque aquí comparezca despojada de brillo culturalista y llevada a una intimidad casi desnuda. El poema se abre con la imagen concreta del abuelo bajo “la antigua higuera”, retratado en un atardecer de verano, y desde ahí va levantando un pequeño relato lírico en el que la vejez no aparece como ruina escandalosa, sino como una serena conciencia de final.

Una de sus claves más hermosas está en ese contraste entre la plenitud moral del personaje y su agotamiento físico. Francisco no es presentado solo como un anciano, sino como alguien “nacido en el corazón de la bondad”, “noble siempre”, “puro” y entregado a una vida de “bienhacer”; por eso su figura adquiere un relieve casi ejemplar, sin dejar de ser cercana y humana. La repetición de “Siempre” refuerza esa impresión de entereza y convierte el recuerdo en una especie de homenaje afectivo, donde la insistencia verbal funciona como subrayado emocional más que como adorno técnico.

El tono avanza desde la evocación cariñosa hasta una hondura meditativa muy contenida. No hay grandes exclamaciones trágicas; al contrario, conmueve precisamente la naturalidad con que el poema imagina que el anciano acepta la llegada de la muerte y casi la llama: “Ven, amiga”. Esa personificación —es decir, presentar una idea abstracta como si fuera un ser con presencia humana— suaviza el miedo y sitúa la muerte en una tradición literaria antigua, donde a veces comparece como visitante, como descanso o como tránsito, y aquí lo hace además con una ternura inesperada.

También resulta muy significativa la red de símbolos temporales. El “largo atardecer del verano” acompaña el final de una vida extensa, mientras que la llegada efectiva de la muerte sucede en “invierno cerrado”: el poema enlaza así las estaciones con el ciclo vital de una manera muy clara, casi intuitiva, y convierte la naturaleza en espejo del destino humano. La higuera, el horizonte, la penumbra del amanecer o el sillón de mimbre no son meros decorados, sino elementos que crean una atmósfera de lentitud, sosiego y despedida, muy cercana a esa “conciencia de finitud” que la crítica ha señalado como una constante en la poesía de Villena.

En su tramo central, el poema se vuelve casi un monólogo imaginado del abuelo, y ahí aparece una de las operaciones más intensas del texto: la voz poética entra en la intimidad de quien va a morir y traduce su callado deseo de descanso. Expresiones como “palacio del fin” o la serie “la quietud del sueño, de la nada, de la plenitud, del sosiego…” envuelven la muerte en un lenguaje solemne y apaciguado a la vez. Esa mezcla de elevación verbal y emoción directa encaja bien con una obra poética que la crítica describe como oscilante entre lo real y lo imaginario, entre la experiencia concreta y su estilización literaria.

El cierre introduce, además, un giro muy conmovedor: el poema ya no mira solo al abuelo, sino también a quien sobrevive. Cuando aparece “Bendíceme, abuelo” y luego la confesión “Estoy más solo que tú”, el texto deja de ser únicamente elegía —poema de duelo o lamentación por la muerte de alguien— para convertirse en una declaración de desamparo. Ahí se entiende que la muerte no solo se lleva a Francisco: deja detrás un mundo más inhóspito para quien lo recuerda, y por eso el poema termina resonando menos como una escena privada que como una verdad reconocible sobre la pérdida, el amor familiar y la extraña serenidad con que a veces la poesía logra mirar el final.

Tenía ya 95 años. Y una tarde, bajo la antigua higuera,
le tomaste una foto. Sin preguntar. En lo hondo, acaso no querría,
pero nunca se hubiese negado, porque parecía nacido en el corazón
de la bondad. Era mi abuelo. Su vida estaba colmada de hijos y bienhacer.

Noble siempre. Siempre puro. Siempre más allá de las dificultades.
Pero ahí, sentado en su viejo sillón de mimbre, en el largo atardecer
del verano, las manos en un recio cayado y los ojos húmedos, serenos,
tranquilos, agotados, aquel hombre que era la plenitud de la vida,
la rara honestidad del mundo, el cariño que se vierte sin ruido
ni alharacas, como natural fluencia; sabía, sentía, que sólo
le quedaba morir.
Era viejo y aunque no estaba enfermo, le sabíamos
cansado. Sus ojos azulados miraban mansos al horizonte y yo supe
que decían: Ven, amiga. ¿Qué otra cosa serás después de tantos años?
Dame tus dulces labios o tu mano que es cálida y no fría.
Llévame, te lo ruego, a ese palacio del fin, donde moramos en
la quietud del sueño, de la nada, de la plenitud, del sosiego…

Llévame y no seas dura, buena amiga, en esta hora irredenta, conmigo.
Y Ella vino unos meses después, ya era invierno cerrado,
y lo pilló durmiendo, en la penumbra silente de un amanecer
como él había querido. Bendíceme, abuelo, como yo, ahora, te bendigo.
Estoy más solo que tú, más triste, más inhóspito, desesperado, incierto

Luis Antonio de Villena, Imágenes en fuga de esplendor y tristeza, 2016

Autor

  • Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.

    Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!

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