Comentario
Ojos claros serenos de Gutierre de Cetina
Unos ojos “claros, serenos” ocupan por completo esta breve composición de Gutierre de Cetina. El hablante poético los admira por su dulzura y belleza, pero su serenidad se transforma de pronto en una mirada airada que le provoca una queja apasionada. La situación es sencilla y reconocible: el amor convierte un gesto mínimo, una mirada, en el centro de una intensa experiencia emocional.
La composición es un madrigal, una forma poética breve, de asunto habitualmente amoroso, de versos heptasílabos y endecasílabos introducida en nuestra lírica por Gutierre de Cetina y generalmente ligada al canto.
El poema pertenece a la sensibilidad del Renacimiento, una época en la que la poesía amorosa heredó de Petrarca el gusto por expresar la pasión mediante contrastes. Los ojos de la dama son aquí mucho más que un rasgo físico: representan su poder sobre quien la contempla. Pueden ofrecer consuelo con un “dulce mirar”, pero también causar dolor cuando se muestran hostiles. Esa doble condición, bella y cruel, alimenta el delicado conflicto del poema.
La repetición de “ojos claros, serenos” abre y casi cierra los versos, como si el pensamiento enamorado volviera inevitablemente a su origen. También se repite el verbo “mirar”, que ordena el ritmo de la composición y convierte la mirada en una especie de diálogo silencioso. La exclamación “¡Ay, tormentos rabiosos!” introduce un cambio de intensidad: durante un instante, el canto contenido se vuelve queja abierta, antes de regresar a la petición final.
Esa musicalidad acerca el madrigal de Cetina a ciertas composiciones de Juan del Enzina, poeta y músico decisivo en la tradición lírica de finales del siglo XV y comienzos del XVI. En canciones como Más vale trocar, Enzina recurre también a una expresión directa, a la reiteración y a una estructura fácil de recordar y cantar. Sin embargo, mientras la canción de Enzina se apoya en un estribillo y en un tono más sentencioso, Cetina concentra la emoción en un breve movimiento de mirada y respuesta, propio de la delicadeza petrarquista.
El desenlace, “ya que así me miráis, miradme al menos”, encierra una paradoja amorosa, es decir, una idea que une dos extremos aparentemente incompatibles. La mirada severa causa dolor, pero aun así resulta preferible a no ser mirado. El madrigal convierte de este modo una súplica mínima en una pequeña escena dramática y musical, donde la belleza de los ojos y la herida del enamorado permanecen inseparables.
Audio: Víctor Villoria. ✉️
Ojos claros, serenos,
si de un dulce mirar sois alabados ,
¿por qué, si me miráis, miráis airados?
Si cuanto más piadosos,
más bellos parecéis a aquel que os mira,
no me miréis con ira,
porque no parezcáis menos hermosos.
¡Ay, tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos,
ya que así me miráis, miradme al menos.
Gutierre de Cetina
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Autor
Ver todas las entradasHola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente JUBILADO. Mi último destino fue la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.
Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!







