Comentario
La chica del semáforo de Joan Margarit
En estos versos de Joan Margarit, procedentes de Estación de França, la escena parte de algo tan cotidiano como un semáforo y, sin embargo, enseguida se vuelve revelación poética: un hombre mira a una muchacha y en ese instante percibe, con una mezcla de lucidez y desgarro, la distancia inmensa que separa las edades de la vida. La anécdota es mínima, pero el poema la ensancha hasta convertirla en una meditación sobre el tiempo, el deseo y esa extraña forma de tristeza que acompaña a ciertos descubrimientos del amor, tan característica de una poesía como la de Margarit, siempre apegada a la experiencia vivida y difícil de encerrar en una etiqueta generacional fija.
El tema principal podría formularse así: el amor aparece unido a la conciencia del tiempo. No se presenta como plenitud ingenua, sino como una fuerza que llega ya cargada de pérdida futura, de ahí la intensidad de esa definición tan memorable: “el amor es esta arma cargada / de soledad y de melancolía”. La imagen remite de manera inevitable al célebre verso de Gabriel Celaya, “la poesía es un arma cargada de futuro”, pero aquí el giro resulta especialmente poderoso porque sustituye la esperanza colectiva por una verdad íntima: el arma ya no apunta hacia el porvenir histórico, sino hacia la herida personal que deja saber que todo encuentro humano está atravesado por el paso del tiempo.
El tono del poema es confidencial, sereno y a la vez profundamente melancólico. No hay grandilocuencia ni dramatismo excesivo; al contrario, la emoción se sostiene sobre una dicción clara, conversacional, muy propia de un poeta que trabajó sus versos con gran precisión constructiva y que hizo de la aparente sencillez uno de sus rasgos más reconocibles. Esa naturalidad hace que el poema parezca decirse casi en voz baja, como si asistiera a un pensamiento que se va aclarando mientras habla, y por eso conmueve tanto: porque no impone una emoción, sino que la deja aparecer poco a poco.
Una de las claves de lectura más hermosas está en el juego temporal que organiza todo el texto. El poema enlaza tres momentos: el pasado del “yo”, que “empecé a soñar en encontrarte”; el presente detenido del semáforo; y el futuro imaginado en el que ella “querrás un día dirigir tus pasos” hacia ese hombre que ahora habla. Esa superposición de tiempos crea una emoción muy particular: el amor no se vive aquí solo como presente, sino como cruce entre lo que fue, lo que está siendo y lo que nunca llegará a cumplirse del todo. El semáforo, por eso, funciona como un símbolo perfecto de pausa, de espera y de separación mínima en el espacio pero inmensa en la biografía.
También resulta muy significativa la repetición de ciertas estructuras paralelas: “Entonces no sabía, igual que tú / no has aprendido aún…” o “Tú eres… / Y yo…”. Ese paralelismo, es decir, esa construcción semejante de unos versos y otros, ayuda a enlazar dos vidas que se miran desde orillas temporales distintas. El poema hace sentir que ambos personajes están unidos por una experiencia común —el descubrimiento amoroso—, pero separados por el momento en que cada uno la vive. De ahí nace una de sus paradojas más bellas: se buscan y, al mismo tiempo, pertenecen a tiempos incompatibles.
La muchacha aparece además como una figura casi soñada: “Tú eres la muchacha que busqué / cuando aún no existías”. Esa afirmación, imposible en un sentido literal, expresa muy bien cómo opera la memoria poética: el deseo del pasado encuentra de pronto una imagen en el presente. No se trata de contar una historia amorosa concreta, sino de mostrar cómo la vida va revelando, con retraso, el sentido emocional de algunas búsquedas. En ese punto, el poema convierte una escena urbana en una pequeña elegía, es decir, en una composición atravesada por la conciencia de la pérdida, aunque lo perdido aquí no sea exactamente una persona, sino un tiempo de la vida.
Leído junto a otros textos de Joan Margarit, este poema deja ver una constante de su escritura: la presencia del dolor, de la ausencia y de una emoción contenida que nunca cae en el sentimentalismo fácil. Buena parte de su obra explora precisamente cómo la poesía puede nombrar la pérdida con claridad moral y con una intensidad sobria, sin falsear la experiencia ni adornarla en exceso. Por eso estos versos resultan tan memorables para un público amplio: porque hablan de algo muy hondo con palabras transparentes, y porque muestran que la poesía puede convertir un instante cualquiera en una verdad que parecía estar esperándonos desde siempre.
Audio: Víctor Villoria
Tienes la misma edad que yo tenía
cuando empecé a soñar en encontrarte.
Entonces no sabía, igual que tú
no has aprendido aún, que llega el día
en que el amor es esta arma cargada
de soledad y de melancolía
que está apuntándote desde mis ojos.
Tú eres la muchacha que busqué
cuando aún no existías.
Y yo el hombre hacia el cual
querrás un día dirigir tus pasos.
Pero estaré tan lejos de ti entonces
como estás tú de mí en este semáforo.
Joan Margarit, Estación de França.
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Ver todas las entradasHola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.
Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!









