Serán ceniza de José Ángel Valente

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By Víctor Villoria

Serán ceniza de José Ángel Valente

En “Serán ceniza”, José Ángel Valente convierte una experiencia de desolación en una afirmación emocionada de lo que todavía merece ser salvado. El poema avanza desde la imagen inicial del “desierto”, símbolo de sequedad interior, vacío y desamparo, hacia un descubrimiento decisivo: en medio de la conciencia de la muerte, el ser humano puede encontrar una forma de verdad en el amor, en el contacto y en la esperanza compartida.

El tono se mueve entre la gravedad meditativa y una contenida intensidad afectiva. No hay aquí un lamento retórico ni un gesto declamatorio; al contrario, la voz parece avanzar con una sobriedad muy característica de la poesía de posguerra y, en particular, de esa línea de depuración expresiva que la crítica ha destacado en Valente, donde la palabra se enfrenta a sus propios límites y trata de abrir sentido justamente desde la intemperie, desde lo que casi no puede decirse.

Una de las claves de lectura más fértiles está en el entramado simbólico. El “desierto” no es solo un paisaje: es una imagen del alma, de la historia y del pensamiento cuando se sienten incapaces de responder “contra la muerte”. La “sequedad de la piedra” refuerza esa sensación de dureza y esterilidad, mientras que la “luz remota” introduce una posibilidad mínima pero suficiente de orientación. En Valente, el lenguaje poético suele habitar esa zona incierta en la que la palabra oscila entre aparecer y desaparecer, entre decir y rozar lo indecible.

También resulta muy significativa la repetición de “no estoy solo”. Esa insistencia funciona como una especie de apoyo interior: no añade una idea nueva, pero sí le da peso emocional y la convierte en certeza conquistada. La repetición, en poesía, suele servir para intensificar un sentimiento o fijar un descubrimiento, y aquí marca el paso desde la soledad esencial hacia una compañía que confirma la vida.

El poema alcanza su centro emotivo cuando aparece “esta mano al fin que comparte mi vida”. Frente a la abstracción del pensamiento, que se reconoce incapaz de vencer a la muerte, surge la evidencia concreta del cuerpo, del contacto, de lo amado. Ese gesto de tocar, confirmar y levantar “cuanto amo” hacia el cielo da al texto una vibración casi ritual: no elimina la destrucción futura, pero sí convierte lo vivido en algo digno de ser proclamado.

El verso “y aunque sea ceniza lo proclamo: ceniza” concentra la paradoja más hermosa del poema. La “ceniza” nombra lo que queda tras la desaparición, lo consumido por el tiempo, pero al mismo tiempo se vuelve palabra de afirmación. Lo frágil, lo perecedero, incluso lo destinado a extinguirse, no pierde por ello su valor; más bien lo gana, porque ha sido vivido, amado y reconocido como esperanza.

En ese punto asoma además un diálogo literario muy sugerente con la tradición barroca, en especial con el motivo de la ceniza asociado al amor que sobrevive simbólicamente a la muerte. La crítica ha estudiado de forma concreta la relación con el Barroco y, más precisamente, con la huella quevediana en este poema de Valente, donde una palabra heredada de la tradición se reescribe en un clima existencial contemporáneo. No se trata de repetir el pasado, sino de hacerlo resonar de otro modo: la ceniza ya no promete trascendencia heroica, pero sí una humilde y firme fidelidad a lo amado.

Leído dentro de A modo de esperanza, libro inicial de 1955, el poema revela muy bien una tensión esencial en la escritura valentiana: la conciencia del vacío no desemboca en el nihilismo, sino en una búsqueda exigente de sentido a través de la palabra poética. Por eso su emoción no nace del consuelo fácil, sino de algo más hondo: la convicción de que incluso cuando todo parece reducirse a “ceniza”, queda todavía la posibilidad de nombrar, de amar y de sostener, con una voz sobria y verdadera, aquello que ha dado forma a la vida.

Cruzo un desierto y su secreta
desolación sin nombre.
El corazón
tiene la sequedad de la piedra
y los estallidos nocturnos
de su materia o de su nada.
Hay una luz remota, sin embargo,
y sé que no estoy solo;
aunque después de tanto y tanto no haya
ni un solo pensamiento
capaz contra la muerte,
no estoy solo.
Toco esta mano al fin que comparte mi vida
y en ella me confirmo
y tiento cuanto amo,
lo levanto hacia el cielo
y aunque sea ceniza lo proclamo: ceniza.
Aunque sea ceniza cuanto tengo hasta ahora,
cuanto se me ha tendido a modo de esperanza.

José Ángel Valente, A modo de esperanza, 1955

Autor

  • Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.

    Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!

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