Así son de José Agustín Goytisolo

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By Víctor Villoria

Así son de José Agustín Goytisolo.

En este poema de José Agustín Goytisolo, incluido en Bajo tolerancia, lo más llamativo no es solo la dureza de la imagen final, sino la astucia con que el texto conduce la lectura hacia un pequeño engaño cuidadosamente preparado. Durante buena parte del poema, todo parece apuntar a “las viejas prostitutas de la Historia”: la alusión a una profesión “muy antigua”, la falta de vergüenza, la tolerancia social mezclada con desprecio, los lechos lujosos y los “sucios jergones de la concupiscencia”. Sin embargo, el poeta va retrasando el verdadero sujeto de la descripción y juega con esa espera para que la imaginación se instale en una dirección equivocada.

Ahí está una de las grandes ironías del poema: parece hablar de prostitutas, pero en realidad está hablando de poetas. La clave está en la distribución calculada de la información, porque la identificación verdadera se reserva casi hasta el desenlace, cuando aparece por fin el sintagma “los poetas”. Ese retraso no es un simple adorno estructural: obliga a releer mentalmente todo lo anterior y convierte cada rasgo en una doble imagen, de manera que lo que parecía pertenecer con naturalidad a un oficio marginal pasa de pronto a iluminar, con una mezcla de burla y compasión, la condición histórica del escritor.

El poema funciona así como una pequeña trampa verbal muy bien construida. Goytisolo dosifica los indicios para favorecer la equivocación del lector: presenta costumbres, espacios y actitudes que encajan sin dificultad con el “oficio más antiguo del mundo”, pero introduce también señales que descolocan un poco esa lectura, como el verso “unas veces cantando” o la referencia a Platón y su República. Esas pistas no corrigen del todo el malentendido, sino que lo tensan y lo enriquecen, porque mantienen abiertos dos campos semánticos —el de la prostitución y el de la poesía— hasta que el remate los hace coincidir de forma fulminante.

Cuando por fin se lee “Así son pues los poetas”, el poema provoca una sorpresa muy eficaz: no porque cambie de asunto, sino porque revela el asunto verdadero que estaba escondido a la vista de todos. Esa aparición tardía del definido, “los poetas”, reorganiza retrospectivamente el texto entero y convierte los versos anteriores en una metáfora sostenida. La ironía nace precisamente de esa distancia entre lo que parecía decirse y lo que realmente se estaba diciendo, y de la osadía con que el poeta acepta comparar su oficio con una actividad tolerada, necesaria y a la vez despreciada.

Esa maniobra tiene además un efecto muy literario: obliga a experimentar el poema dos veces, una durante la primera lectura y otra en la relectura interior que sigue al verso final. De pronto, expresiones como “han perdurado hasta ahora sin variar”, “se emperran en su oficio” o “difícilmente llegan a reunir dinero” ya no retratan solo a unas supuestas prostitutas, sino a unos creadores que viven en los márgenes del prestigio, entre la necesidad de ser escuchados y la escasa recompensa material. La sorpresa, por tanto, no es un chiste final, sino una forma de conocimiento: el lector comprende de golpe que la poesía también ha ocupado muchas veces un lugar de tolerancia, sospecha y consumo social ambiguo.

La ironía se vuelve aún más intensa porque el poema no dignifica solemnemente al poeta, sino que lo rebaja sin destruirlo. Lo muestra vanidoso, sentimental, poco previsor, inclinado a mitificar la niñez y a conservar “medallones o retratos” como quien vive de una educación sentimental algo anticuada. Pero esa burla no es cruel: tiene el matiz de quien se ríe de un gremio que conoce bien, y por eso la caricatura conserva un fondo de verdad humana. En lugar de presentar al poeta como figura sublime, José Agustín Goytisolo lo devuelve a una historia de necesidad, desgaste y dependencia.

También resulta muy significativo que la definición más hiriente quede para el último verso. Hasta entonces, el poema prepara el terreno; solo al final pronuncia la equivalencia completa: “las viejas prostitutas de la Historia”. Ese cierre tiene fuerza porque llega cuando el lector ya ha aceptado “los poetas” como clave interpretativa, de modo que la comparación cae con todo su peso y obliga a reconsiderar la dignidad, la marginalidad y el precio simbólico del arte. La sorpresa, en suma, nace de una estrategia de aplazamiento: primero se sugiere un mundo, luego se corrige la suposición inicial y finalmente se funden ambos planos en una imagen inolvidable.

Leído desde esa perspectiva, el poema brilla por su capacidad para jugar con la expectativa y convertir la equivocación en parte esencial del sentido. No se limita a decir que los poetas son como prostitutas, sino que hace que esa comparación se descubra poco a poco, casi a destiempo, para que la ironía golpee con mayor intensidad. Gracias a ese procedimiento, el texto sorprende, divierte y a la vez incomoda, porque obliga a reconocer que la sociedad ha admirado a sus poetas muchas veces con la misma ambigüedad con que tolera aquello que necesita pero prefiere no mirar de frente.

Su profesión se sabe es muy antigua
y ha perdurado hasta ahora sin variar
a través de los siglos y civilizaciones.
No conocen vergüenza ni reposo
se emperran en su oficio a pesar de las críticas
unas veces cantando
otras sufriendo el odio y la persecución
mas casi siempre bajo tolerancia.

Platón no les dio sitio en su República.

Creen en el amor

a pesar de sus muchas corrupciones y vicios

suelen mitificar bastante la niñez

y poseen medallones o retratos

que miran en silencio cuando se ponen tristes.

Ah curiosas personas que en ocasiones yacen

en lechos lujosísimos y enormes

pero que no desdeñan revolcarse

en los sucios jergones de la concupiscencia

sólo por un capricho.

Le piden a la vida más de lo que ésta ofrece.

Difícilmente llegan a reunir dinero

la previsión no es su característica

y se van marchitando poco a poco

de un modo algo ridículo

si antes no les dan muerte por quién sabe qué cosas.

Así son pues los poetas

las viejas prostitutas de la Historia.

José Agustín Goytisolo, Bajo tolerancia, 1973

Autor

  • Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.

    Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!

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