Comentario
Cuando éramos niños de Mario Benedetti
En “Cuando éramos niños”, Mario Benedetti condensa una experiencia que casi todos reconocen: la vida va corrigiendo la mirada, y lo que en la infancia parecía inmenso o remoto acaba revelando su verdadera escala. El poema avanza como una pequeña educación sentimental del tiempo: primero todo se agranda —“un charco era un océano”— y la muerte “no existía”; después, con los años, la percepción se vuelve más sobria, hasta llegar a esa conclusión tan limpia como desarmante: “el océano es por fin el océano / pero la muerte empieza a ser / la nuestra”.
Su tema principal es, por tanto, el descubrimiento progresivo de la realidad, pero no de una realidad abstracta, sino de la propia condición humana. Hay en estos versos una meditación sobre el paso del tiempo, sobre cómo cambian las proporciones del mundo y sobre el momento en que la conciencia acepta que la muerte ya no pertenece solo a “los otros”. Esa es una de las grandes claves de lectura: el poema no habla únicamente de edades, sino de etapas de conciencia, y por eso cada tramo biográfico modifica a la vez la imagen del mundo y la idea de la muerte.
El tono resulta especialmente atractivo porque combina claridad coloquial y hondura reflexiva, un rasgo muy característico de la poesía de Benedetti, autor vinculado a la Generación del 45. No hay solemnidad enfática ni oscuridad expresiva: el poema parece conversar consigo mismo, como si recordara en voz baja lo que costó aprender. Esa naturalidad es decisiva, porque permite que una verdad seria aparezca sin retórica excesiva, casi con la misma sencillez con la que se enumeran los cambios de edad.
Entre sus elementos simbólicos, el “océano” ocupa el centro. Antes no designa un mar real, sino una medida imaginaria: el charco, el estanque y el lago se vuelven océano porque la niñez y la juventud tienden a engrandecer lo que contemplan. Cuando al final “el océano es por fin el océano”, el verso sugiere que la madurez no consiste en perder sensibilidad, sino en ver con más exactitud. Junto a ese símbolo aparece la muerte, cuya evolución es paralela: pasa de no existir, a ser “solamente / una palabra”, luego “la muerte de los otros”, hasta convertirse en una presencia propia; esa repetición con variaciones funciona como una especie de estribillo reflexivo que va estrechando el cerco del sentido.
También llama la atención la arquitectura repetitiva del poema. Benedetti repite una misma estructura sintáctica en las distintas edades —niñez, muchachez, matrimonio, veteranía— y esa reiteración crea un ritmo reconocible, casi narrativo, que hace visible el paso del tiempo sin necesidad de explicarlo. Es un procedimiento muy eficaz: la forma misma enseña que vivir es revisar las medidas con que antes se entendía el mundo. Esa regularidad, sin embargo, desemboca en un cierre de gran fuerza emocional, porque la última variación rompe la comodidad de la serie y deja al poema suspendido en una verdad compartida.
Leído en relación con otros textos de Mario Benedetti, el poema participa de una poética muy reconocible: lenguaje cercano, reflexión moral y una capacidad notable para convertir lo cotidiano en materia de pensamiento. Además, al formar parte de Viento de exilio, libro publicado en 1981 durante una etapa marcada por la experiencia del destierro del autor, puede leerse también como una meditación donde la biografía afina la conciencia del tiempo y de la fragilidad, aunque aquí esa dimensión aparece depurada en una escena universal y no en una confesión explícita.
Lo más hermoso del poema quizá sea su manera de acercarse a una verdad difícil sin perder la ligereza verbal. No pretende deslumbrar con imágenes complicadas, sino acompañar un descubrimiento que duele un poco y, al mismo tiempo, vuelve más lúcida la mirada. Ahí reside buena parte de su eficacia: en mostrar que crecer consiste en aceptar que el mundo tiene su tamaño real y que la muerte, tarde o temprano, deja de ser una noción lejana para entrar silenciosamente en el territorio de lo propio.
Audio: Víctor Villoria. ✉️
Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía
luego cuando muchachos
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque era océano
la muerte solamente
una palabra
ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte de los otros
ahora veteranos
ya le dimos alcance a la verdad
el océano es por fin el océano
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.
Mario Benedetti, Viento de exilio, 1981
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Autor
Ver todas las entradasHola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.
Ahora soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura. ¡Disfrútala!









