Comentario
Cuál es la causa de Francisco de Aldana.
En estos versos de Francisco de Aldana, la poesía amorosa adopta desde el primer instante una intensidad poco común, porque no se detiene en la contemplación lejana de la persona amada, sino que se adentra de lleno en la experiencia física y espiritual de la unión. El poema arranca con una pregunta que parece brotar del interior mismo del abrazo, en medio de esa “lucha de amor” en la que los cuerpos aparecen enlazados “con lenguas, brazos, pies”, y desde ahí convierte la pasión en un asunto de asombro, de conocimiento y también de límite.
El tema principal es la paradoja del amor humano: incluso cuando los amantes están completamente unidos, incluso cuando comparten el aliento y el contacto más íntimo, persiste una sensación de insuficiencia que se traduce en “llorar y suspirar de cuando en cuando”. Esa es la gran intuición del soneto: el amor aspira a una fusión absoluta, pero el ser humano, hecho de cuerpo y alma, no puede cumplir del todo ese deseo. Por eso el poema mezcla el goce con una leve tristeza, no como contradicción, sino como consecuencia natural de una pasión que quiere más de lo que la materia puede conceder.
El tono resulta intensamente sensual, pero también meditativo. La escena amorosa está descrita con una cercanía sorprendente, aunque nunca pierde su elaboración culta, muy propia del Renacimiento, donde la belleza del cuerpo y la reflexión sobre la naturaleza humana podían convivir dentro del mismo poema. Aldana no presenta aquí un amor puramente espiritual ni tampoco un erotismo reducido a lo físico: lo interesante es precisamente la tensión entre ambas dimensiones, como si el abrazo revelara al mismo tiempo la plenitud y la carencia.
Una de las claves de lectura más hermosas está en la imagen de la vid que “entre el jazmín se va enredando”. La comparación sugiere una unión natural, flexible y viva, y convierte a los amantes en formas vegetales que crecen buscando abrazarse. No es una imagen decorativa sin más: expresa que el amor tiende espontáneamente a la mezcla y al entrelazamiento, pero también que esa unión, por intensa que sea, sigue produciéndose entre dos seres distintos. La metáfora, es decir, esa sustitución de una realidad por otra para intensificar su sentido, hace visible la ternura física del encuentro sin necesidad de volverlo áspero ni explícito.
También llama la atención la insistencia en lo compartido: “ambos”, “nuestros labios”, “nuestras almas”. Esa repetición refuerza la idea de reciprocidad y aleja el poema del modelo de la dama inaccesible tan frecuente en otras tradiciones amorosas. Aquí no hay distancia entre quien ama y quien es amado, sino correspondencia plena; pero justamente por eso el poema puede plantear una cuestión más honda: por qué, aun en medio de tanto bien, queda un resto de insatisfacción. La paradoja central del soneto nace de esa convivencia entre la cercanía absoluta y la imposibilidad de una unión total.
La respuesta llega en los tercetos y transforma la escena amorosa en una reflexión casi filosófica. “Amor” aparece personificado, como una fuerza activa que ha unido las almas y que quiere fundir también los cuerpos “tan fuerte” que desaparezca toda separación. Pero esa aspiración tropieza con el “velo mortal”, expresión que presenta el cuerpo como una envoltura limitada, incapaz de dejar pasar por completo esa unión interior hacia el “dulce amado centro”. El poema sugiere así una visión del ser humano muy característica de la cultura renacentista: una criatura que participa de lo sensible y de lo espiritual, y que vive muchas veces desgarrada entre lo que desea y lo que puede alcanzar.
En ese sentido, el soneto dialoga con una corriente amorosa de raíz neoplatónica, muy influyente en la lírica culta del siglo XVI, según muestran diversos estudios académicos sobre la poesía amorosa de Aldana. Dicho de un modo sencillo, esa corriente entiende que el amor no se conforma con la belleza visible, sino que aspira a una unión más profunda, interior y casi total. Lo admirable del poema es que no expone esa idea de manera abstracta, sino encarnándola en una escena de besos, alientos y abrazos, de manera que la reflexión nace del cuerpo y no se separa nunca de él.
Leído hoy, el poema sigue sorprendiendo porque convierte una experiencia íntima en una pregunta universal sobre los límites del amor humano. Francisco de Aldana logra que la pasión aparezca a la vez como goce, anhelo y desajuste, y de esa mezcla nace buena parte de la belleza del soneto. No se recuerda solo por lo que dice sobre el abrazo amoroso, sino por la delicadeza con que muestra que, a veces, incluso la mayor cercanía deja intacta la nostalgia de una unión todavía más honda.
Audio: Víctor Villoria
¿Cuál es la causa, mi Damón, que estando
en la lucha de amor juntos trabados
con lenguas, brazos, pies y encadenados
cual vid que entre el jazmín se va enredando
y que el vital aliento ambos tomando
en nuestros labios, de chupar cansados,
en medio a tanto bien somos forzados
llorar y suspirar de cuando en cuando?»
Amor, mi Filis bella, que allá dentro
nuestras almas juntó, quiere en su fragua
los cuerpos ajuntar también tan fuerte
que no pudiendo, como esponja el agua,
pasar del alma al dulce amado centro,
llora el velo mortal su avara suerte.
Francisco de Aldana
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Autor
Ver todas las entradasHola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas, a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.
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